Jn 1, 29-34 - DAR TESTIMONIO - 3 de enero
Jn 1, 29-34 - DAR TESTIMONIO - 3 de enero
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DAR TESTIMONIO

3 DE ENERO, EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Este es el Cordero de Dios.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 1, 29-34

Al día siguiente, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamo: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho. ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo; ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’.

Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

Palabra del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Señor Jesús: qué importante es dar testimonio de la verdad.

Juan estaba seguro de que tú eras el Hijo de Dios. No dudó en presentarte como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y al decir Cordero estaba hablando de sacrificio, de entrega, de muerte.

Era lo que Dios había establecido en la Ley de Moisés: para darle culto había que sacrificar corderos, limpios, puros, sin mancha.

Señor: yo también, como sacerdote, debo dar testimonio de ti, de la verdad, sin miedo al sacrificio. Y debo hacerlo porque has derramado tu sangre para purificar, para sanar, para salvar a todos los hombres y llevarlos a la casa del Padre. Y para eso cuentas conmigo.

Jesús ¡dame la fe que necesito para cumplir bien con esa misión!

Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: el Padre del cielo ha enviado a su único Hijo al mundo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Y yo he entregado mi cuerpo limpio, puro, sin mancha ni pecado. Pero los hombres del mundo han enviado al Hijo a la muerte, para devolverlo al Padre, herido el cuerpo, abierto el corazón y desfigurado el rostro, por el pecado de los hombres.

Esta es mi sangre, derramada para el perdón de los pecados de todos los hombres, para entregar a los hombres a Dios a su imagen y semejanza, tal como Él los creó: limpios, puros, sin mancha ni pecado. Pero la lepra del pecado ha permanecido en los hombres, porque no han creído que el Hijo de Dios sí puede sanarlos.

Que den testimonio de esto los que crean en mí, porque todo el que cree en mí y cumple mis mandamientos, ha sido sanado.

Den testimonio también del don de la fe que Dios les ha dado para creer en Él, para creer en mí, porque todo el que cree en el Hijo de Dios viene de Dios y da testimonio de la verdad.

Amigos míos: ustedes hagan lo que yo les digo».

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Madre nuestra: tu preocupación de madre alcanza a todos tus hijos, y por eso esperas que nosotros, tus hijos predilectos, demos testimonio de Jesús, para que todos lo conozcan, incluyendo a las ovejas “que no son del mismo redil”, para que toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Tú quieres a todos tus hijos, porque sabes que la sangre de Jesús nos redimió a todos, y quieres que su sacrificio sea eficaz.

Tú quieres que hagamos todo lo que Él nos diga, para cumplir así la voluntad de Dios y ver así actuar su gracia a través de nuestras manos.

Tú sigues queriendo mantenernos muy unidos en la oración, para que el Espíritu Santo se derrame en todos tus hijos, y al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos.

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ¿cómo quieres que sea el testimonio de tus sacerdotes? Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: el corazón de la Santa Iglesia, de la cual mi Hijo es cabeza, está en el Papa, quien une a los cardenales y obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, consagrados y laicos, bautizados en este cuerpo místico de Cristo en una misma fe, en un solo pueblo santo de Dios.

Y tiene el poder de atar y desatar, porque mi Hijo se lo ha dado, y todo lo que ate en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desate en la tierra quedará desatado en el cielo.

Afuera de la Iglesia hay más hijos míos, que son ovejas que no son de este mismo redil. Pero todos son mis hijos, y yo los quiero a todos.

Para eso ha entregado su vida el que ha venido al mundo, el que era, el que es y el que vendrá, para hacerlos hijos a todos en el Espíritu, para salvarlos a todos con su sangre y llevarlos a todos unidos en Él, a la casa del Padre.

Lleven, hijos, su testimonio de amor y misericordia al mundo, porque todos son hijos de Dios y todos son mis hijos.

Y todos los que crean en mi Hijo, como el Hijo de Dios todopoderoso, por la gracia de la fe serán salvados, pero por las obras obtendrán la plenitud de la vida eterna en la gloria de Dios, cuando sean juzgados.

Hagan entonces lo que Él les ha dicho, y lo que Él, con sus obras, les ha enseñado, para que su misericordia llegue a todos. La misericordia se derrama en la cruz elevada, desde el corazón abierto de Jesús, de arriba hacia abajo, de los sacerdotes a los laicos, y de abajo hacia arriba, de los laicos a los sacerdotes, uniéndolos en el círculo del amor de Dios por el Espíritu Santo.

Que sea la oración de los laicos un torrente de sangre viva para los sacerdotes, en la entrega de mi amor, por medio de una ofrenda mutua de amor, de madres e hijos unidos por el Espíritu para la gloria de Dios, y vivifique el corazón de la Iglesia, para unir a todos mis hijos, por la misericordia divina, en un solo pueblo santo de Dios.

Todo el que da testimonio de mi Hijo da testimonio de la verdad, y todo el que da testimonio de la verdad viene de Dios, para hacer su voluntad

Yo soy Santa María de la Paz. En mis brazos tengo la paz. Contemplen la paz en este Hijo mío, fruto bendito de mi vientre, y llévenlo al mundo, para que el mundo tenga paz, porque Él ha venido al mundo, pero el mundo no lo recibió.

Yo quiero que reciban a mi Hijo a través de ustedes, mis hijos sacerdotes, y a través de su palabra.

El mundo ha despreciado la luz, y, aun así, la luz, que es el Cordero de Dios, ha quitado los pecados del mundo. Solamente los que la quieran recibir serán salvados, porque solo los que creen en Él, y en que Él es el Hijo de Dios, están dispuestos a recibirlo, y aun así hay algunos que creen y no lo reciben, porque aún están atados al mundo, porque su voluntad ha preferido las tinieblas a la luz.

Hijos míos, no basta con creer, porque también los demonios creen, y tiemblan. Hay que querer.

Yo quiero que ustedes le pidan a Nuestro Señor que evite las guerras, que no permita que mis hijos perezcan. Porque miren cuántos niños inocentes pierden su vida, y miren cuánta inocencia es robada por tanta gente desalmada.

Pidan el querer y la fe de quienes tienen el poder en el mundo, y están dominados por el maligno. Que su corazón sea tocado por el dedo de Dios, y que todos mis hijos reciban a este Hijo mío que está sentado en el trono de mi regazo. Él es el Príncipe de la paz, y es todopoderoso. Por tanto, contra Él nada puede el que es el príncipe de la mentira; porque Él es la verdad.

Yo les pido a cada uno de ustedes, mis hijos predilectos, que unan sus sacrificios en el único y eterno sacrificio de mi Hijo.

Dime, hijo mío, ¿cuento contigo?».

¡Muéstrate Madre, María!