Jn 6, 51-58 - Domingo XX del Tiempo Ordinario (B)
Jn 6, 51-58 - Domingo XX del Tiempo Ordinario (B)
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CARNE Y SANGRE QUE DAN VIDA

DOMINGO DE LA SEMANA XX DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 6, 51-58

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

Palabra del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Señor Jesús: en el discurso del Pan de Vida no dudas en decir expresamente que tu Carne es comida y tu Sangre es bebida. Lo dices demasiado claro, para que no haya duda.

Y no solo eso, sino que adviertes que si no comemos tu Carne y bebemos tu Sangre no tendremos vida eterna. Es una condición para entrar al cielo y para resucitar en el último día.

Entiendo, Señor, que me estás hablando de la importancia de tener vida sobrenatural, para alcanzar la vida eterna, y para dar vida a los demás, para darte a ti a las almas.

Y pienso en mi Madre Santa María, quien te recibió a ti engendrándote en su bendito vientre, y por su entrega generosa transmitió la Vida a todo el género humano.

Nosotros, los sacerdotes, somos tus instrumentos para llevar la salvación a los hombres, sobre todo a través del sacramento de la Eucaristía. Nuestra Madre te trajo a la tierra una sola vez, pero nosotros lo hacemos diariamente, por el poder que Dios nos ha concedido.

¿Cómo puedo, Jesús, cumplir mejor con ese ministerio tan importante para tu Iglesia?

Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: es por la Eucaristía que me entrego a ustedes para unirlos conmigo, para unirme a mí con ustedes.

Es mi Carne y mi Sangre que se unen a su carne y a su sangre en mi espíritu. No hay unión más íntima que la de ser parte, ser uno mismo, una sola carne, una sola sangre, en comunión, en un solo cuerpo, en un mismo espíritu.

Es así como permanecen en mí y yo permanezco en ustedes.

Es así como yo me entrego y ustedes me reciben, en un estado total, como hombre y como Dios.

Es así como yo me entrego hasta el extremo. Así, de esta forma tan sencilla. Así soy yo. Así es el amor.

Entregarse, darse, amar. Ser recibido, para ser amado, para dar vida conmigo. Mi vida es eterna, y es en mi vida que me entrego y los hago míos, dando vida para siempre.

Es mi Madre el conducto de esta entrega.

Es mi Padre quien engendra vida en esa pequeña criatura, sencilla, pura, dispuesta.

Es mi Madre quien recibe esta vida para hacerla suya, para entregarse en esta unión y dar vida.

Es mi Madre quien me alimenta y quien me ofrece a Dios, y me entrega como Dios y como hombre, como fruto de su vientre, para alimentar, para dar vida.

Es mi Madre quien fortalece mi espíritu y mi voluntad con su compañía, con su oración, con su sacrificio, con su entrega conmigo.

Es mi Madre madre del Amor.

Son sus hijos quienes se entregan conmigo como ofrenda al Padre. Y es el Padre, por medio del Espíritu Santo, quien convierte esta ofrenda en mi Carne y en mi Sangre, en Eucaristía, en alimento de vida eterna.

Son ustedes, mis sacerdotes, instrumentos necesarios para alimentar con mi vida.

Son ustedes conductos de salvación.

Es por medio de ustedes que mi pueblo se une en sacrificio con ustedes y conmigo, para ser alimentados con el pan que ya no es pan, y el vino que ya no es vino.

Es el sacerdote quien transforma el pan en mi Carne y el vino en mi Sangre con el poder que Dios le concede.

Es el sacerdote quien necesita ser alimentado y fortalecido, para cumplir con la misión que les he encomendado, para la que yo he venido, por la que he muerto y resucitado.

Es mi Madre la que me llama cuando ya no tienen vino.

Yo pido al pueblo de Dios que acompañen a mi Madre, y los alimenten a ustedes, sus hijos predilectos, con su oración; para darles luz y esperanza; para fortalecer su espíritu y su voluntad; para que crezcan en la fe y en el amor; para que mi Madre me lleve en sus brazos hasta ustedes, cuando ya no puedan caminar; para que se alimenten de mí, y permanezcan en mí; para darles vida, para que ustedes lleven vida».

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Madre mía: tú estuviste adorando el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo al pie de la cruz, con tu alma traspasada de dolor. Adoraste a Jesús en la primera Custodia, ese leño de la cruz, en donde pendía aquella Carne y Sangre benditas, que ahora se hacen presentes en el altar, cuando se renueva el Sacrificio del Calvario en la Santa Misa.

Y yo pienso en San Juan Apóstol, quien te acompañaba en ese momento doloroso. Él nos representaba a todos tus hijos sacerdotes, y también adoraba el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Y tu presencia lo confortaba.

Madre, yo siento tu presencia a mi lado cada vez que celebro la santa Misa, pero te pido que me ayudes a saber adorar a tu Hijo también a lo largo del día, como seguramente tú lo hacías, como seguramente lo sigues haciendo.

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: acompáñenme al pie de la cruz de mi Hijo, adorando la Eucaristía, que es Cuerpo y es Sangre derramada, en el acto más puro de amor, porque nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Adorar es manifestar el amor con el pensamiento, con el cuerpo, con las obras.

Adorar la Eucaristía es reconocer a Dios como Padre, como Hijo, como Espíritu Santo, tres personas distintas, un solo Dios verdadero.

Adorar es la expresión de la fe, creyendo en Dios todopoderoso, que se ha hecho hombre.

Para padecer y sufrir las miserias de los hombres.

Para ser en todo como los hombres, menos en el pecado.

Para destruir la muerte con su muerte, y así inhabilitar al que tenía el dominio sobre la muerte, y liberar a los que estaban sometidos a la esclavitud.

Para ayudar a los que sufren, y compadecer, por su misericordia, pasando la prueba del sufrimiento.

Hijos míos, adoren el Cuerpo y la Sangre de mi Hijo; Carne y Sangre que compartió conmigo, fruto bendito de mi vientre; y Él les dará su misericordia.

Adórenlo con su cuerpo y con su sangre, a través de obras de misericordia, a través del amor de su corazón, a través de su vida en virtud y santidad.

Adórenlo con su pensamiento, con sus palabras y con su silencio.

Adórenlo ofreciendo su trabajo, sus fatigas y sus alegrías, transformando todo en dulce oración.

Adórenlo con su sonrisa y con sus lágrimas.

Adórenlo con sus quehaceres y con su descanso.

Adórenlo con su oración por todas las almas.

Adórenlo amando y sirviendo al prójimo.

Adórenlo cuidando y atendiendo a sus ovejas.

Adórenlo en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Adórenlo acompañándome y permaneciendo conmigo al pie de la cruz, adorando, orando, amando.

Toda adoración es un canto de alabanza que se une al de los santos y de los ángeles para la gloria de Dios».

¡Muéstrate Madre, María!