ELECCIÓN DE PREDILECCIÓN
EVANGELIO DE LA FIESTA DE SAN MATÍAS, APÓSTOL
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 15, 9-17
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”.
Palabra del Señor.
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: san Matías sustituyó a Judas en el colegio apostólico. Fue testigo de tu Resurrección, y tú lo escogiste para que fuera una de las columnas de tu Iglesia. A todos los Apóstoles se les pueden aplicar esas palabras tuyas de la Última Cena: “no son ustedes los que me han elegido…”, pero el caso de Matías es muy representativo. Pedro le pidió al Espíritu Santo que mostrara al que había sido elegido.
Los sacerdotes nos damos cuenta de que el título de “amigo” nos lo das a nosotros especialmente, aunque cualquier persona que hace lo que tú mandas también es tu amigo. Pero nosotros estamos configurados contigo, nos amas con amor de predilección, y los que estaban sentados a la mesa contigo en aquella Última Cena eran los primeros sacerdotes, consagrados aquella misma noche. Matías pasó a formar parte de tus amigos predilectos. Y los amigos tenemos un trato especial.
Me gusta aquella definición de la oración mental que hace Santa Teresa: «No es otra cosa sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».
Jesús, yo quiero ser un enamorado de ti, para poder amar a los demás con ese mismo amor que nos das, entregando mi vida por ellos, como tú lo hiciste.
Señor, ¿cómo podemos tener un corazón como el tuyo, para amar como tú amas?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Amigo mío: eres mi amigo porque yo te he elegido. Permanece en mi amistad con tu correspondencia a mi amor, cumpliendo mis mandamientos, haciendo siempre lo que te digo yo, uniendo tu voluntad a la mía, para hacer la voluntad de Dios. Permanece en mi amor.
Amigo te llamo yo. Los amigos se entienden, se comprenden, se respetan. Los amigos mantienen la libertad. En eso consiste la amistad: en demostrarle al otro su amor con total libertad.
El amor no obliga. El amor conquista. El amor entre dos amigos se basa en la confianza. ¿Cómo podrías decir que me amas si no confías en mí?
La amistad verdadera implica un riesgo. Yo te doy todo de mí, y me arriesgo a que tú me aceptes o me rechaces. A que me ames, o que te alejes de mí. Pero yo confío en ti.
Yo te encomiendo a mi rebaño y confío en ti. A cada oveja de mi rebaño yo la amo, pero que permanezcan conmigo depende de ti. Yo soy el camino, y tú quien les dice a dónde ir.
La amistad es una relación que se debe cuidar, procurar, alimentar, fortalecer, con la convivencia y el interés de uno en el otro. Es por eso que las ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me conocen. Por eso me siguen. Eso es lo que hace un buen pastor.
Que vuelvan a mi amistad todos aquellos que, como Judas, me han traicionado; y que muchos, como Matías, sientan que son llamados, para que haya muchas santas y nuevas vocaciones que correspondan a mi elección de predilección.
Yo quiero que ustedes, mis amigos, renueven su vocación. Que se dejen amar por mí. Que acudan a mí. Yo soy el amigo fiel que no traiciona. Si alguno se siente alejado de mí, es porque él se ha alejado. Que vuelva. Que cumpla mis mandamientos. Que se haga responsable de su ministerio. Que desee con todo su corazón tener conmigo un verdadero encuentro. Que dé su vida por sus amigos, como la di yo. Que sea su intención servirme, para darle gloria a Dios.
Sacerdote mío: te amo, y por este amor permanezco en ti, y tú permaneces en mi amor.
Ámame con mi amor, para que nunca te separes de mí.
Contempla mis manos, que han trabajado, han construido, han perdonado, han sanado, han curado, han bendecido, han consagrado, han acariciado el rostro de mi Madre, han abrazado la cruz, han cargado la cruz, han entregado misericordia.
Manos que sólo han hecho el bien, y que por el mal que han hecho los hombres han sido inmovilizadas, atadas, crucificadas, unidas a la cruz con clavos, haciéndome uno en cuerpo, fierro y madera. Pero los clavos han sido arrancados y desechados, dejando profundas heridas.
El que se una a mí, que permanezca bien unido a mí, aunque me lastime, aunque me duela, y yo lo haré parte de mí.
Que no sea como los clavos, que al unirse conmigo los limpio y los purifico con mi sangre y con mi gracia, pero son inertes, no dan fruto, y son separados de mí, porque se unen a mí, pero no pueden ser parte.
Tú has sido llamado para servir, para ser parte conmigo, un solo cuerpo, un mismo Espíritu, configurado conmigo como Cristo, para dar fruto en abundancia y unirte en mi único y eterno sacrificio, como ofrenda agradable al Padre.
No muchos permanecen conmigo, sino que son como clavos que me crucifican al unirse a mí, estando en pecado, y me sirven y se van. Y cada vez hacen una herida nueva.
Si verdaderamente me amaran, serían obedientes y cumplirían mis mandamientos, y yo los uniría a mí para que vivieran en mi amor, así como yo cumplo los mandamientos de mi Padre y vivo en su amor, y permanecerían en mi amor, como yo permanezco en su amor.
No quiero sacerdotes de medio tiempo. Quiero verdaderos sacerdotes todo el tiempo, que celebren y consagren, que impartan sacramentos, que vivan en virtud, que sean Cristos de tiempo completo, hombres divinizados en mí, unidos a mí en su vida ordinaria y en sus ministerios.
Quiero que sean como yo, hombres caminando en medio del mundo, sin ser del mundo, pero que trabajan, que son pastores, pescadores, labradores, y que transforman su vida en oración constante, para que orando mantengan el corazón dispuesto a recibir el amor, a vivir en el amor.
El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. El que no permanece en mí, no está conmigo. Y el que no está conmigo, está contra mí.
Quiero sacerdotes que estén siempre conmigo.
Quiero hacer llegar mi misericordia a ustedes, mis sacerdotes, enseñando al que no sabe, a través de una formación permanente, para que aprendan a entregarse a mí completamente.
Quiero que llegue a todos ustedes esta doctrina, para que aprendan a transformar sus obras, sus trabajos, sus ministerios, en oración continua, para que permanezcan unidos a mí siempre.
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado.
Yo te amo más que a las aves del cielo y que a los lirios del campo.
Te amo tanto, que hasta los cabellos de tu cabeza están contados.
No te preocupes por lo que has de comer o lo que has de beber, o con lo que has de vestir. Busca primero el Reino de Dios, y todo lo demás yo te lo daré.
No te preocupes del mañana, yo estoy contigo todos los días de tu vida.
Te amo tanto, que dejé la gloria de mi Padre para ir a buscarte.
Te amo tanto, que entregué por ti mi vida, hasta la muerte, para encontrarte, y una muerte de cruz.
Te amo tanto, que en mi resurrección te doy la vida.
Te amo tanto, que me quedo contigo, y me hago tuyo para hacerte mío, cada día, en la Eucaristía.
Te amo tanto, que te doy a mi Madre, como madre y como compañía.
Te amo tanto, que te doy la espada de su corazón para atravesar el tuyo, y unirlo al mío y al de ella.
Te amo tanto, que te he llamado amigo.
No hay amor más grande que el que da su vida por sus amigos. No hay amor más grande que el mío.
Yo quiero que mis pastores sean como niños, los pastores que mi Madre eligió para difundir su mensaje entre las ovejas de mi rebaño, almas puras con inocencia de niños, con la ignorancia de quien no ha adquirido sabiduría sino por experiencia, la entrega de quien sufre y es perseguido, pero insiste y ama con mi amor.
Así, deben ser mis pastores, para que sean ejemplo y conquisten, para que amen con mi amor y enamoren. Que al ver a mi Madre me encuentren y sean como yo, y me entreguen y se entreguen conmigo.
Pastor mío, elegido y ungido mío: yo te envío al mundo como el Padre ha enviado a su único Hijo, para buscar, para encontrar, para convertir, para perdonar, para traer a mí. Y te he encomendado un rebaño de ovejas para buscar, para encontrar, para convertir y perdonar, para enseñarles a ser como niños, y poderlos llevar de vuelta a casa».
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Madre mía: enciende mi corazón con el fuego del amor, que me lleve a no desear otra cosa que cumplir la voluntad de mi Señor, como hiciste tú.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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Hijo mío: yo te amo como te ama mi Hijo. No hay amor más grande. Aprende a amar así.
Amarse los unos a los otros, como los ha amado Jesús, eso no es un deseo, es un mandamiento, es un deber. Al menos tú, hijo mío, dale cumplimiento.
El pecado va en contra del cumplimiento de este mandamiento, en el que se concentran todos los mandamientos de la ley de Dios. Todos los pecados son faltas de amor al prójimo y a Dios.
Nadie puede decir que odia a su hermano y que ama a Dios. Eso es una incongruencia.
Nadie puede decir que lastima a su hermano por amor a Dios. No hay amor sin clemencia.
Nadie puede decir que la vida de un ser humano no es importante, y decir al mismo tiempo que ama a Cristo, que es la vida de todo ser humano.
Nadie puede decir que ama a la Madre de Dios, pero que no cree en el Hijo de Dios.
Hijo mío: con el pecado el amor pierde sentido. Es por eso que se alejan de Dios. Amar a Dios necesariamente debe demostrarse en el amor al prójimo.
Dime, hijo mío, ¿quién comete falta más grave: el que dice amar a Dios y cumplir sus mandamientos, pero falta a la caridad con sus hermanos, y no atiende ni procura, ni se preocupa por los más necesitados? ¿O aquel que no conoce a Dios, pero que da la vida por sus hermanos?
A veces los que están viviendo fuera del redil del Buen Pastor dan mejores ejemplos de vivir el amor, que las ovejas de dentro.
Ojalá las ovejas de dentro miren un poco hacia afuera, y vean a su alrededor, y de esos ejemplos aprendan a demostrarle a mi Hijo Jesús su amor.
Y, a veces, dentro del mismo rebaño de mi amada Iglesia, aquellos que se creen sabios, estudiados, letrados, humillan a los más pequeños, a los ignorantes, a los sencillos, a los humildes, mientras cometen los más tremendos pecados. Estoy hablando de mis sacerdotes, hijo mío.
Sufre mi corazón, pero esa es la verdad de algunos hijos míos predilectos, que tanto amo.
Manchan a la Iglesia usando su poder para enriquecerse, para adquirir más poder, para dominar al mundo, para hartarse de placer, y pierden su salud. Pero su soberbia los tiene cegados, no los deja darse cuenta.
Y son mis hijos, yo los amo. Y amo de igual manera a aquellos que ellos afectan. También son mis hijos. Y no se tratan como hermanos. ¿Dónde está la caridad en la que fue fundada la santa Iglesia?
Pues yo te digo, hijo mío, que es precisamente esa caridad la que se debe rescatar.
Recibe la bendición de tu Madre. Recibe el mismo amor que recibió Jesús cuando miró por primera vez los ojos de su Madre».
¡Muéstrate Madre, María!
