Jn 19, 25-27 - Viernes de Dolores
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VIERNES DE DOLORES

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 38

EVANGELIO DE LA MISA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

¿Y cuál hombre no llorara si a la Madre contemplara de Cristo en tanto dolor?

Del santo Evangelio según san Juan: 19, 25-27

En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

Palabra del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Señor Jesús: los sacerdotes debemos seguir el ejemplo del discípulo amado, quien fue el único de los Apóstoles que permaneció contigo al pie de la cruz.

Era uno de tus discípulos predilectos, y tuvo la valentía de dar la cara por su Señor en el momento de la contradicción, del dolor, del sufrimiento.

Pero, sobre todo, pienso en lo que principalmente te motivó a pedirle a Juan que se llevara a tu Madre a vivir con él. Pienso que, así como tu Madre te sostuvo en la cruz, estando junto a ti, te diste cuenta de que eso mismo íbamos a necesitar tus amigos, tus sacerdotes, para el ejercicio de nuestro ministerio.

Necesitamos la fe, la fortaleza, la humildad, la entrega y, sobre todo, el amor de la Madre para cumplir con nuestro deber, para poder identificarnos plenamente contigo, tomando nuestra cruz de cada día. Necesitamos la compañía de María.

Jesús, tu Madre nos recibió como hijos cuando tenía el corazón traspasado de dolor. ¿Cómo esperas que tus sacerdotes reparemos por tanto dolor?

Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: yo quiero rescatar lo bueno, la esencia del sacerdocio, la pureza de los corazones, la fe, la esperanza y la caridad, a través del amor a la cruz y a su vocación, en la fidelidad a la misión de sus ministerios, para la salvación de las almas.

Yo quiero encender sus corazones en el celo apostólico, para que, el cumplimiento de su misión culmine en actos de amor, para reparar el desamor causado a mi Sagrado Corazón y al Inmaculado Corazón de María, mi Madre, que, al estar íntima e indisolublemente unidos, comparten en plenitud el dolor, el sufrimiento, la alegría y el amor».

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Madre nuestra, Virgen Dolorosa: hoy contemplo esa espada de dolor que atraviesa tu alma, y quiero compartir tu dolor. ¿Cómo puedo aliviar el dolor de tu Inmaculado Corazón?

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo mío, sacerdote: acompáñame al pie de la cruz, y comparte el dolor de mi Inmaculado Corazón, al ver a mi Hijo crucificado.

Me causa un profundo dolor, como una daga que se clava en el pecho y atraviesa hasta la espalda, y el profundo sufrimiento de una madre junto a un hijo que está muriendo en medio de un tormento. Mientras su cuerpo permanece inmóvil, mi mirada se concentra en la suya, y en la luz de sus ojos, que me hacen saber que está ahí, está vivo, sintiendo, sufriendo, amando, entregando su cuerpo en las manos de los hombres, y abandonando su espíritu en las manos de Dios.

Acompáñame, compadece mi dolor, siente mi sufrimiento y mi angustia, vive con paciencia mi entrega, y entrégate conmigo, permaneciendo al pie de la cruz del Hijo de Dios, atormentado en la debilidad de su humanidad, soportando con la fortaleza de su divinidad.

Contempla en esta cruz a la Divina Trinidad, que transforma la cruz en un mar de misericordia.

Cruz por la que el Padre se entrega a los hombres por el Espíritu, a través del sufrimiento y la entrega del Hijo.

Cruz por la que el Hijo se abandona en la confianza, y en la esperanza de cumplir, en obediencia al Padre, la misión encomendada.

Cruz transformante que une a los hombres a Dios por filiación divina.

Cruz redentora que crucifica el pecado.

Cruz de perdón que contiene la sangre del Cordero de Dios, que se derrama en ella para quitar los pecados del mundo.

Cruz de salvación que es elevada para que el mundo crea que al que han crucificado es verdaderamente el Hijo de Dios, que habló siempre con la verdad, y que sus palabras son verdaderas, porque Él es la verdad, y en esta cruz está la prueba.

Cruz en la que pierde la vida el que es Hombre y Dios, para recuperarla de nuevo y hacer nuevas todas las cosas.

Cruz de amor en la que se manifiesta el amor trinitario de Dios, a través de su misericordia.

Cruz de compasión, por la que el Hijo sufre su propio sufrimiento, y el de la Madre, el de las mujeres y el de su amigo, que siempre lo acompañó.

Cruz de fortaleza que une con los lazos espirituales del amor.

Cruz de generosidad, en la que el Hijo entrega a la Madre para hacerla madre de todos los hombres, a través de un solo hombre que permaneció al pie de su cruz.

Cruz en la que hace hijos a todos los hombres, entregándolos a la Madre a través de un solo hombre, su amigo y discípulo amado.

Yo acompaño a mi Hijo con una entrega fiel al Padre, a través de la cruz del Hijo, amando al Hijo y a la misión del Hijo, fortaleciendo al Hijo en el cumplimiento de la voluntad de Dios, por la que Él mismo se entrega al mundo, humanizando su divinidad, para hacer física y tangible su entrega, para sufrir como hombre, amando como Dios, entregando su cuerpo y derramando su sangre, para la salvación del mundo.

Permanece tú conmigo, al pie de la cruz, para que, por esta misma cruz sientas y vivas mi sufrimiento; para que, a través de ese sufrimiento, sea purificado tu corazón; para que, a través de ti llegue mi dolor y mi sufrimiento a todos mis hijos, para su purificación, porque son los lazos espirituales la unión por la que la madre sufre y compadece al hijo, y el hijo sufre y compadece a la madre.

Lazos de amor que unen y purifican al unir los corazones. Unión por la que el amor rompe las cadenas del egoísmo, para transformarse en una entrega fiel, que solo busca el bien para el otro, compadeciendo el sufrimiento de Cristo, para santificarse en el que es el único y tres veces Santo.

Recibe mi amor y la fortaleza de Dios.

Recibe el amor de Cristo y la fortaleza de su cruz.

Siente mi dolor y contempla mi esperanza, puesta en el amor de Dios, que es Padre.

Siente el dolor de mi Hijo y contempla su esperanza, puesta en el amor del Padre, a través del amor de una Madre, que nunca abandona.

Mis amados sacerdotes: transmitan la fe, la esperanza y el amor, con la fuerza del Espíritu Santo, reunidos en torno a mí, para que yo los sostenga en la cruz, mientras el Espíritu de Dios es derramado en dones y gracias para ustedes, a través de su cruz, y por ustedes al mundo entero.

Amen la cruz, adoren la cruz, permanezcan firmes al pie de la cruz, orando y transformando su fe en obras, contando con mi compañía de Madre al pie de su cruz, sosteniéndolos en la perseverancia para cumplir su misión, en la fe, en la esperanza y en el amor.

Sientan el dolor y el sufrimiento de mi corazón, en el que llevo clavadas siete espadas, una de ellas al centro, que lo atraviesa desde el pecho hasta la espalda.

Mi corazón es doliente y sufriente por las heridas causadas al Sagrado Corazón de mi Hijo.

El dolor más grande es en el centro. Es el pecado, la infamia, el abuso, la indiferencia, la tibieza, el rechazo, la burla, la humillación, la desolación, la inmundicia, el abandono, la desvirtualización, la mundanidad, los sacrilegios y todas las barbaridades que cometen mis hijos sacerdotes.

Yo quiero que sus corazones sean encendidos en el fuego del amor de Cristo, amando la cruz.

Yo entregué mi vida a Dios a través de la cruz de Cristo, para quedarme a acompañarlo al pie de la cruz de cada uno de mis hijos.

Yo llamo a cada uno a hacer lo mismo. ¿Harían esto por mí y por mi Hijo Jesucristo?

Es en la cruz en donde se recibe la compañía de María.

Es en la cruz en donde se acepta a la Madre.

Es en la cruz en donde se recibe la gracia más grande: el perdón, la redención, el amor divino y su misericordia.

La cruz es la expresión máxima del amor de Dios por los hombres. Entrega total en la que Dios adquiere la paternidad para todos los hombres, a través de la muerte del Hijo, por el Espíritu Santo, por quienes adquiere la Madre la maternidad universal, para llevar a todos sus hijos al Padre.

Es en la cruz en donde la espada de dolor atraviesa el alma de la Madre que se dona, que se entrega con el Hijo, por voluntad propia, en las manos del Padre, asumiendo en la corredención el dolor de todos los pecados de los hombres que ofenden tanto a Dios.

Es en la cruz en donde todo es consumado para ser renovado. El hombre viejo destruido con su pecado para que el Padre sea glorificado cuando, por su Hijo, todo sea renovado.

Es en la cruz en donde el Hijo de Dios fue por sus amigos abandonado. Pero por uno que se quedó, todos en mi corazón fueron engendrados. Yo soy la Madre de Dios. Tengo mi corazón traspasado de dolor. Compadezcan conmigo para que tengan mis mismos sentimientos, que son los sentimientos de Cristo. Y en medio del dolor reciben la fuerza para acompañarme a buscar a los que se han ido.

La espada que atraviesa mi alma es la Palabra de Dios despreciada, desechada del mundo, incumplida, no valorada, mortificada, crucificada por la incredulidad de aquellos a los que mi Hijo Jesucristo vino a salvar.

El dolor más profundo en el centro de mi corazón es la incredulidad y el pecado de sus amigos, sus hermanos, sus sacerdotes, que un día fueron con Él configurados, y no han querido mantener la configuración con su Señor crucificado. Les falta valor, les falta fe, les falta amor. ¿Cómo van a recibirme si no se acercan a la cruz?

Que sea la espada de dos filos lo que los acerque a mí para que yo los lleve al encuentro con Jesús.

Que los méritos de mi perseverancia, en medio de mis dolores, consigan la compañía de María para cada sacerdote.

Y que la meditación de mis dolores en cada momento de la vida de Cristo junto a mí, sean méritos reparadores del Sagrado Corazón de Jesús».

¡Muéstrate Madre, María!