Jn 19, 25-27 - Sábado Santo
Jn 19, 25-27 - Sábado Santo
00:00
00:00

ORAR AGRADECIENDO

SÁBADO SANTO

Del himno de Laudes

La Madre piadosa estaba

junto a la cruz, y lloraba

mientras el Hijo pendía;

cuya alma triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y afligida

estaba la Madre herida,

de tantos tormentos llena,

cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara

si a la Madre contemplara

de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,

vio a Jesús en tan profundo

tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en Él que conmigo.

Y, porque a amarlo me anime

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo;

porque acompañar deseo

en la cruz, donde lo veo,

tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,

llore ya con ansias tantas

que el llanto dulce me sea;

porque su pasión y muerte

tenga en mi alma de suerte

que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y encienda

y contigo me defienda

en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance, vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén.

+++

REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Madre mía: hoy Jesús está dormido en el sepulcro. Acudimos a ti, porque te dejó como madre nuestra, sabiendo que te íbamos a necesitar mucho. Nosotros a ti.

Te acompañamos en este día de dolor, para hacer memoria.

Vienen a tu mente tantos recuerdos de Jesús, desde el anuncio del Ángel hasta su sepultura. Cada instante de la vida de tu Hijo fueron lecciones para ti, que conservabas todo en tu corazón. No podía ser de otra manera. Era el Verbo de Dios hecho hombre, carne de tu carne, sangre de tu sangre.

Maternidad única, que se ha hecho universal junto a la cruz.

Es un día de oración, de agradecimiento por la vida y muerte de Cristo, para que aprendamos a vivir su vida y a morir con Él.

Tus hijos sacerdotes estamos configurados con tu Hijo, y por eso nos amas con predilección.

Ayúdanos a cumplir muy bien con nuestra misión, sobre todo con la gran responsabilidad de seguir haciéndolo presente al renovar su sacrificio todos los días en el altar.

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ¿cómo debe ser mi agradecimiento? ¿Qué debo hacer para tener siempre los mismos sentimientos que tu Hijo? Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

+++

«Hijo mío, sacerdote: acompáñame en este día de dolor, de soledad y de oscuridad, y oremos agradeciendo a Dios, porque se ha hecho su voluntad.

Ora conmigo, agradece conmigo, comparte mi silencio y el dolor de mi corazón. Es así como me acompañas.

Mira cuánta gente ha venido, y les he pedido lo mismo: oración, oración, oración.

No todos se han quedado, no todos han entendido el verdadero sufrimiento de mi corazón y el agradecimiento que debo a Dios.

Acompáñame. Demos gracias, porque Dios se ha dignado mirar la humillación de su esclava y ha tomado mi carne para hacerse carne.

Gracias, porque me dio la gracia para decir sí, hágase en mí según tu Palabra.

Gracias, porque la Palabra se hizo en mí, y en mi vientre brilló la Luz para el mundo.

Gracias, por esta oscuridad, en la que los hombres verán brillar la luz de nuevo y para siempre. Mi corazón sufre porque mi Hijo fue rechazado por todos los hombres. José el primero. Pero él no lo sabía. Doy gracias porque Dios le hizo ver que no era yo, sino que era Él quien lo necesitaba, para cuidarme y protegerme, porque llevaba un tesoro en una vasija de barro. Y lloró amargamente su culpa, y pidió perdón, aunque él no lo sabía.

Gracias, porque el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, para traer la salvación al mundo entero.

Gracias, por el fruto de mi vientre virgen, en el que fue engendrado por obra del Espíritu Santo, para nacer en medio de la pobreza y la miseria de los hombres, para hacerse débil con los débiles, y siendo libre, hacerse esclavo, para ganar a muchos, porque Él no vino al mundo a ser servido sino a servir.

Gracias, porque fue cuidado y protegido, cuando fue perseguido desde su nacimiento.

Gracias, por su niñez, en la que lo vi dar sus primeros pasos, jugué con Él, lo cuidé como una madre a un niño, y lo vi crecer en estatura y en sabiduría.

Gracias, porque fue discípulo y fue maestro. Y, siendo discípulo, nos enseñó a cumplir la ley de Dios, atendiendo las cosas de su Padre. Y, aunque no lo entendimos, vimos que aprendió a obedecer, sometiéndose a sus padres.

Gracias, por su juventud, en la que aprendía a ser un hombre sin dejar de ser un niño.

Gracias, porque pude estar siempre junto a Él, y tantas veces compartir la mesa con Él.

Gracias, porque aprendió de su padre a trabajar y a estudiar, despertando su inteligencia, su fortaleza y su sabiduría, con la que adquiría todo el conocimiento de la ley de los hombres y de la ley de Dios, desarrollando los dones con que lo llenaba el Espíritu Santo, y que lo hacían discernir, con templanza y mansedumbre, lo que era el bien de lo que era el mal, para escoger siempre hacer el bien y amar a Dios a través de los hombres.

Gracias, porque aprendió y demostró al mundo cómo se puede vivir en santidad en medio del mundo, del trabajo y las labores, sirviendo a Dios a través del servicio a los hombres, resistiendo a todas las tentaciones, rechazando el pecado, alabando y glorificando a Dios en cada obra, en cada acto.

Gracias, por su madurez, en la que demostró su fe, su esperanza, pero sobre todo su caridad.

Gracias, porque siempre cumplió mis deseos, aun cuando no había llegado su hora.

Gracias, por someterse al bautismo de Juan, por el que el Padre revela al Hijo y la misión del Hijo.

Gracias, por sus amigos, los que dejándolo todo lo siguieron, lo acompañaron, lo amaron y lo respetaron como su maestro.

Gracias, por todos los milagros realizados, por su vida entregada en compasión, cada día sirviendo, enseñando, guiando a su pueblo, porque veía que caminaban como ovejas sin pastor.

Gracias, porque a pesar de las persecuciones, los insultos, los engaños, las trampas que le tendían los sabios e inteligentes, perseveró en su misión, acompañado de humildes y pequeños.

Gracias, porque es a ellos a quienes el Padre ha revelado al Hijo.

Gracias, porque Él sabía que Él es el Hijo de Dios, y entendió cuál era su misión, y aceptó en obediencia la causa para la que fue enviado: morir por los hombres, para salvarlos crucificando el pecado.

Gracias, porque su fe afirmó la mía.

Gracias, porque su esperanza aumentó la mía.

Gracias, porque con su amor me enseñó a entregar mi vida, unida a la suya, en un mismo sacrificio redentor, una misma misión: entregar la vida de un solo hombre para la salvación del mundo.

Gracias, porque amó tanto a sus amigos, que se entregó por ellos, amándolos hasta el extremo, confiando a ellos su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, instituyendo la Eucaristía, como memorial de su muerte, hasta que vuelva.

Gracias, porque pude acompañarlo siempre, porque, cuando no lo hacía en cuerpo, lo hacía espiritualmente, pero siempre unidos, siempre presente.

Gracias, porque pude acompañarlo en el momento más difícil de su vida, cuando todos lo rechazaron, lo insultaron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte entre los malhechores; pero aun más, cuando un amigo lo traicionó y los otros lo abandonaron.

Gracias, por su fidelidad y la mía.

Gracias, por su obediencia y la mía.

Gracias, por ese encuentro bajo el peso de la cruz, en la que le confirmaba mi presencia, mi solidaridad, mi apoyo y mi compañía.

Gracias, porque siempre se levantó de sus caídas.

Gracias, porque un hombre le ayudó a cargar su cruz, cuando Él ya no tenía fuerzas.

Gracias, porque a pesar de todo su cansancio y el dolor de su cuerpo, de la sangre perdida por tantas heridas, pero sobre todo de la corona de burla, de los desprecios, de la indiferencia, de la impiedad, de la inmundicia, de la ignominia, de la brutalidad, del odio, de los dolores de su alma, haya podido llegar hasta el final, para entregarse por amor hasta el extremo.

Gracias, porque pudo soportar el sufrimiento como Dios y como hombre.

Gracias, por su paciencia y su perseverancia en la agonía.

Gracias, por sus palabras en medio del suplicio de la cruz.

Sobre todo, gracias, por hacerme lazo de unión entre Él y los hombres, a través de la maternidad, haciéndome madre de uno para ser madre de todos.

Gracias, por darme la fuerza para resistir la pasión y muerte de mi Hijo, sabiendo que es mi Dios.

Gracias, porque pude sostenerlo al pie de su cruz, para que cumpliera hasta el final con su misión.

Gracias, porque alguien me sostuvo a mí, mientras yo lo sostenía a Él.

Gracias, por la compañía de ese discípulo amado que nunca lo abandonó, porque siempre estaba conmigo.

Gracias al Señor, por hacer su voluntad.

Gracias, por mi sufrimiento y mi dolor, que expresan el amor a Dios y la obediencia de una madre, que entrega al Hijo en sacrificio, como cordero, en lugar del hijo de Abraham, asegurando en su descendencia a ese Hijo, para la salvación del mundo entero.

Gracias, por cumplir en esta muerte hasta la última letra de la ley de los profetas, la muerte del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Gracias, porque vio Dios que todo era bueno, y en un solo y único sacrificio renovó el mundo, limpiando el mal y haciendo nuevas todas las cosas.

Gracias, porque, creándome mujer sin mancha ni pecado, me concedió ser para el mundo una nueva Eva, que no cometió pecado, pero que permaneció unida, al pie de la cruz, junto a su Hijo, quien se hizo pecado, para redimir al mundo.

Gracias, porque, en medio de este sufrimiento y dolor, me permite llorar, no solo por el Hijo que murió, sino por los que viendo no quieren ver, y oyendo no quieren oír; por los que habiendo sido ganados como hijos de Dios, vuelven a rechazarlo, a abandonarlo y a crucificarlo, para que estas lágrimas sean agradables a Dios, que es un Dios compasivo y misericordioso, para que reúna a todos mis hijos en torno a mí y derrame sobre ellos su Santo Espíritu, para que den la vida como la dio el Hijo del hombre, por amor a Dios, amando a Dios a través de los hombres.

Comparte mi dolor, mi sufrimiento y mi deseo, y permanece orando conmigo y agradeciendo a Dios la vida, la pasión y la muerte de Cristo, esperando en su resurrección, para que todos los que crean en Él tengan vida eterna.

Yo intercedo por ti, para que, por la muerte de mi Hijo, entiendas, aceptes y cumplas tu misión, renunciando a ti mismo, abrazando tu cruz y siguiendo al que, siendo Dios, se entregó a la muerte para salvar al mundo, y una muerte de cruz, y que dejó en tus manos su Cuerpo y su Sangre, para que, en el cumplimiento de tu deber, seas la luz para el mundo, y lleves la salvación a todos los rincones de la tierra.

Acompáñame. Une tus lágrimas a las mías, y oremos. Es en la oración en donde encontramos la fuerza que da la fe, la esperanza y el amor, para poder continuar la misión en la alegría de servir a Cristo, uniéndonos a su muerte, en la esperanza de su resurrección».

¡Muéstrate Madre, María!

+++