EL PAN DE VIDA ETERNA
EVANGELIO DE LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
El que coma de este pan vivirá para siempre y yo lo resucitaré el último día.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 6, 51-58
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del Cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan, vivirá para siempre”.
Palabra del Señor.
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: hoy recordamos a los fieles difuntos, y es un buen día para tener presente que tú has vencido la muerte.
Aunque el pensamiento de la muerte es para muchos una causa de aflicción, los cristianos no deberíamos tenerle miedo, porque no se trata de un final desastroso, sino del encuentro definitivo contigo, que eres el Amor.
Es comprensible que la rechacemos, por lo que la muerte puede suponer de dolor, de sufrimiento; pero nos conviene aprovechar las ocasiones como hoy, para reflexionar en esta verdad, y hacer un buen examen de conciencia, para discernir si estamos bien preparados para dar buenas cuentas a Dios al final de nuestra vida.
Hoy recordamos especialmente a los fieles difuntos, nuestros hermanos y hermanas que sufren las penas del Purgatorio, y que requieren de nuestros sufragios. Por lo mismo, nosotros, tus sacerdotes, reflexionamos sobre la importancia de tenerlos presentes todos los días en la Santa Misa, y de rezar habitualmente por las benditas ánimas.
Así mismo, conviene que revisemos si cuidamos que nuestra propia alma se purifique regularmente, aprovechando los medios que tenemos para nuestra conversión. Y, sobre todo, si nos alimentamos con devoción de tu Cuerpo y de tu Sangre, Pan de vida eterna.
Alcánzanos, Señor, la gracia de abrirnos a recibir tu misericordia, para que después de la muerte alcancemos también la resurrección en ti, para la vida eterna.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Sacerdote mío: la Eucaristía es vida.
La Eucaristía es mi Cuerpo y es mi Sangre. El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tiene vida eterna. Mi Cuerpo es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.
Yo soy pan bajado del Cielo, y el que coma de este pan vivirá para siempre. Comunión en vida, vida después de la muerte. La Eucaristía es unión con la vida. Yo soy la vida.
Al comer mi Cuerpo yo vivo en ti para que tú vivas en mí.
Unión en el misterio.
Unión de tu alma y tu cuerpo en mi Cuerpo, por el espíritu.
Unión del Cielo, de la tierra, del Purgatorio.
Unión de todas las almas en un solo Cuerpo, por un mismo espíritu, en una sola Eucaristía, en un mismo sacrificio, que unifica y da vida, porque a la vida no se puede unir lo que está muerto.
Vida unida a la vida.
Vida que resucita lo que está muerto para hacerlo vivo.
Es la Eucaristía mi Cuerpo, del cual yo soy cabeza, unido a los miembros vivos de mi Iglesia: los que peregrinan muriendo al mundo para tener vida en mí; los que se purifican después de la muerte en vida conmigo; los que dan gloria a Dios, y en esta gloria son parte de la vida eterna.
Son las almas peregrinas y las almas purgantes por las que sufre mi Corazón.
Es en el peregrinar la oportunidad de unirse conmigo para unirse con Dios.
Es en el Purgatorio en donde el oro es acrisolado para hacerlo puro, pero el oro peregrinante puede morir puro, para resucitar conmigo en la gloria de Dios.
Pero los hombres son muy necios y no salen de su ignorancia. Ignorancia que los aleja del temor de Dios, y los mantiene en el pecado y en el riesgo de la muerte.
Es la misericordia de mi Padre la que da la oportunidad de morir al pecado para vivir en mí.
Es la misericordia del Padre derramada por la muerte del Hijo del hombre la que resucita al Hijo del hombre, para darles vida a los hombres, destruyendo la muerte.
Es la unión en la Eucaristía la que los mantiene en vida en un mundo de muerte.
Es la Eucaristía unión que fortalece y alimenta, para recibir la gracia de ser atraídos a la vida después de la muerte, en santidad o en pecado venial.
Pero solo los puros verán a Dios. Purificación que abrasa como fuego, sed que quema, deseo incesante, culpa constante, arrepentimiento, penitencia hasta conseguir la indulgencia por la misericordia de Dios, que purifica y eleva al Padre para hacerlos partícipes de su gloria.
Es el Purgatorio un sufrimiento constante de mi corazón, ofrenda incompleta, que no puede ser presentada a Dios. Ofrenda que perfecciono para hacerla digna. Sufrimiento al entregarme para hacerlos parte de mi Cuerpo, para unirlos al Padre, hijos en el Hijo, unión no consumada.
Sacerdote mío: ofrécete en sacrificio para la purificación de todas las almas del Purgatorio, y así darás gloria a Dios todos los días de tu vida, por medio de la gloria de cada alma, por cada indulgencia desde mi Corazón. Esa será tu dicha, desde ahora y para siempre.
Sacerdotes del Purgatorio, animas amadas de mi corazón: sufro por no tenerlas en la gloria de mi Padre. Almas que el mundo hizo suyas. Almas que yo rescaté para hacerlas mías. ¡Penitencia! ¡Purificación! ¡Arrepentimiento! ¡Reparación! Almas que aman, que sufren, y que viven de mi amor.
Sacerdotes de mi pueblo: a quienes perdonen los pecados quedarán perdonados. A quienes no perdonen quedarán sin perdonar.
Todo lo que reparen quedará reparado, y todo lo que no reparen quedará sin reparar.
Todo sacrificio y obras de misericordia en la tierra será tomado en cuenta en el Cielo, para su santificación y para las indulgencias de las ánimas.
Es tiempo. La unión es en mi Cuerpo, y mi Cuerpo es Eucaristía. Todos los miembros se ayudan, todos los miembros se afectan. Todo causa alegría y dolor a mi corazón. Porque por mi muerte y mi resurrección han sido unidos conmigo para unirlos con Dios.
Unidad indisoluble cuando es consumada.
Unidad que se rompe por la decisión en la libertad del hombre.
Es la misericordia el lazo de unión».
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Madre mía: el día de hoy el pueblo cristiano mira de modo especial a sus difuntos, y siente la necesidad de ofrecer sufragios por sus almas. La Madre Iglesia lo recuerda en la liturgia, y concede indulgencias en favor de los fieles difuntos, para ayudarles a alcanzar pronto la gloria del Cielo.
Y yo pienso en ti, en el dolor que sentiste en el Calvario, al pie de la cruz. Te imagino abrazando las piernas inertes de tu Hijo muerto y, junto a ti, un muchacho que llora, porque en verdad lo amaba.
Imagino tus vestidos empapados de la preciosa sangre de Jesús. Aquel muchacho te abrazaba mientras otros hombres bajaban a Jesús de la cruz con mucho cuidado. Sentada en el suelo recibiste el cuerpo de tu Hijo muerto. Luego lo besaste y abrazaste como una madre arrulla a un bebé, y lo adoraste como solo se adora a Dios, y contemplaste su cuerpo destrozado y vacío, al que se le podían contar todos los huesos.
Llorabas mientras veías en ese cuerpo al templo construido por el amor de Dios durante treinta y tres años, y destruido en unas horas por las manos de los hombres, consolándote en la esperanza de la promesa de que Él mismo lo reconstruiría en tres días.
Tú veías a toda la humanidad muerta en tu hijo muerto. No era solo tu Hijo, eran todos tus hijos, la obra completa de Dios, destruida.
Luego unos hombres con gran cuidado lo envolvieron en un lienzo, y lo colocaron en el sepulcro excavado en la roca. Y aquel muchacho te acompañó y te llevó a su casa. Era Juan, el discípulo más amado de Jesús, uno de tus hijos predilectos, uno de los primeros sacerdotes.
Tu dolor se unía al dolor de los discípulos y el de las santas mujeres. Pero a ti te sostenía una esperanza firme: sabías que tu Hijo iba a resucitar al tercer día. Y ese tiempo lo pasaste rezando, ofreciendo, uniendo tu alma a la de Jesús de un modo especial, siendo corredentora.
Madre, tú eres esperanza nuestra. Hoy te pido que me ayudes a tener la seguridad del valor de los sufragios en favor de los difuntos, y también a valorar la importancia de la penitencia en esta vida, para purificar mi alma y así evitar un aplazamiento de la visión beatífica al final de mi vida.
Te pido también tu intercesión y tu protección para el Santo Padre, y para que nosotros, tus hijos sacerdotes, nos mantengamos muy unidos a él, orando por los vivos y por los muertos, para que los vivos se conviertan, crean en la presencia de Cristo resucitado y vivo en la Eucaristía, y perseveren en la fidelidad, para alcanzar la santidad; y para que los muertos se vean libres de sus pecados y resuciten en la gloria de Dios.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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«Hijos míos, sacerdotes: Jesús, siendo Dios, adquirió la naturaleza humana, haciéndose igual a los hombres, para hacer misericordiosos a los hombres con Dios, recibiendo de ellos misericordia, para que Dios derramara sobre ellos su misericordia, cumpliendo así lo que dice la Escritura: “bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
Jesús recibió misericordia cuando lo acogí en mi vientre, y en mis brazos; cuando fue alimentado de mis pechos; cuando fue vestido, aconsejado y enseñado por sus padres; cuando una mujer le dio de beber en un pozo; cuando sus amigos lo recibieron en su casa; cuando los pecadores ofrecían banquetes en su honor y lo invitaban; cuando alguien le ofreció un sitio donde reclinar su cabeza; cuando fue consolado por un ángel en el monte de los olivos; y cuando recibió sepultura entre los muertos.
Y yo fui consolada al pie de la cruz por los ángeles. Y el discípulo más amado de mi Hijo fue consolado al pie de la cruz por mí. Y él me llevó a su casa, y en mí estaba la misericordia derramada de la cruz, para entregarla al que había sido misericordioso acogiéndome en su casa.
Y fui a buscar y a reunir a los amigos de mi Hijo. Fue tremendo el encuentro, en el que, llenos de vergüenza, me pedían perdón por haberlo abandonado, mientras yo les decía que Él ya los había perdonado. Pedro fue quien parecía más afectado: no dormía, no comía, pedía perdón, y se mantenía en oración.
Fue tremendo nuestro encuentro con los diez discípulos, sobre todo con Pedro, quien entendió lo que Jesús le había dicho: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”. Parecía que sentía una enorme responsabilidad y un gran remordimiento por haber abandonado al que tanto le había confiado.
Hijos: yo les llevé esperanza y los mantuve en la fe.
Fueron horas muy duras de angustia para ellos, que soportaron con mi compañía, mientras atravesaban un profundo desierto del alma. Y permanecimos reunidos en oración, esperando en su resurrección. Yo les comunicaba toda la verdad que me había sido revelada, porque el Señor escondió estas cosas a los sabios y entendidos, y se las ha revelado a la gente sencilla.
Pero no todos me creyeron, hasta que Él mismo se presentó en medio de ellos, resucitado, glorioso y vivo. Porque si por un hombre vino el pecado al mundo, por un hombre vino la salvación.
Hijos: así como a mí me fue revelada la verdad, para meditar todas las cosas en mi corazón, se la entregué a Juan, para que la hiciera suya, y que, por medio del Espíritu Santo, la llevara a los demás, hasta a Pedro, para fortalecer su fe, para sostenerlo, para estar preparados.
Hijos míos: agradezcan conmigo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por amarnos tanto, y extender su misericordia a todas las almas del mundo, y de todos los tiempos, a través de una muestra tan grande de misericordia y de amor como lo es el Purgatorio. Casi nadie, hijos, agradece a Dios por haber pensado para las almas la oportunidad de alcanzar la eternidad, aun sin estar totalmente purificados a la hora de la muerte.
Cristo murió. El mismo Hijo de Dios, que se despojó de sí mismo para adquirir la naturaleza humana, se despojó también de sí mismo en esa naturaleza humana y divina, despojándose de su carne y de su sangre, entregándose a la muerte para descender a los infiernos a anunciar su victoria sobre la muerte, y después resucitar en la gloria que tenía con su Padre antes de que el mundo existiera, y resucitar en Él a todas las almas del mundo que acepten y quieran recibir la vida eterna, porque quieran creer y crean.
A todos se les ha dado la gracia del querer y del creer, pero no todos están dispuestos a usarla. Mi Hijo no ha abierto solo las puertas del Paraíso para todos los hombres, sino las puertas del Purgatorio. Es una oportunidad para ganar el Juicio final.
Qué bueno es Dios, que no se conforma con intentar convertir y purificar a los hombres en la tierra; abre las puertas para todos, también para los que en el último momento de su vida se den cuenta, quieran creer y crean, y para todos los que, sabiendo, no pusieron atención, se distrajeron, porque el diablo les provoca tentación, y cayeron, pero al final dentro de su corazón creyeron, se arrepintieron y pidieron perdón.
Por tanto, Cristo vence y al infierno solo van, no los que se equivocan y se arrepienten al final, sino los que lo rechazan y desprecian su cruz, su sufrimiento, su sacrificio, su pasión, su muerte y su resurrección.
Qué grande es la misericordia de Dios, que no acepta un no. Él busca que digan sí, también a los que dicen no, y para eso intercedemos los santos y los ángeles, para abrir sus ojos y sus oídos en el último momento, en el último suspiro de vida, porque ahí es donde se abre el Cielo.
El Padre está esperando a cada uno con los brazos abiertos, esa es su voluntad. Y el Purgatorio, hijos míos, también es Cielo, porque todo el que crea y acepta la gracia va al Cielo, y el Padre espera con paciencia a que limpien sus culpas, y sean dignos de vestirse de fiesta, para ser parte de la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Agradezcan el Purgatorio, que en su infinita misericordia el Padre ha concedido al Hijo en la eternidad de su único sacrificio. Y aún más, el Padre concede aún más, concede que los vivos intercedan por los muertos, para que limpien sus almas. Comunión de los santos, hijos, así de grande es la misericordia del Padre.
Y aquí estoy yo, dándoles los medios para llegar al encuentro de Dios y sumergirse en Él, siendo parte de Él y de su gloria, con los sacramentales. Hijos: mi escapulario me concede librarlos de todas las penas y llevarlos al encuentro del Padre, aun sin merecerlo, por los méritos de mi maternidad divina. Aprovechen esas gracias, hijos.
Y una cosa más. Quiero que agradezcan ese Purgatorio, que es el conocimiento de la verdad, y vivan en presencia de Dios conociendo esa verdad, y rechazando todo lo que no sea esa verdad, ofreciendo sacrificios, pidiendo perdón, adorando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Eso, hijos míos, es lo que yo les doy.
Y también un Paraíso en la tierra, porque mi Hijo me lo concedió para quien me acompañe y sea fiel en el cumplimiento de su deber; y ame tanto, que quiera unir su vida entregada y unida a la mía en el sacrificio de mi Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Eso, es lo que he conseguido para todos los que se entreguen a mí, a través de sus obras de misericordia, porque los misericordiosos recibirán misericordia.
Por tanto, ofrezcan cada minuto de su vida, y cada sacrificio, cada trabajo, cada alegría. Todo, hijos, ofrézcanlo en el altar, únanlo a la ofrenda del vino y el pan, y coman y beban de ese vino y de ese pan, que por el poder de sus manos es transubstanciado, para ser el pan vivo bajado del Cielo, por el que permanecen en el Paraíso. Hijos míos, el Paraíso es la presencia viva y constante de Cristo.
Hijos: no tengan miedo. El infierno es para los que rechazan la gracia; es para los que, después de todo, no tienen remedio, porque dicen no; pero ustedes, hijos, han dicho sí. Sus almas se purifican aquí. Tienen todo, todos los medios, toda la gracia, la presencia constante de mi Hijo, la mía, la de los santos, la de los ángeles. ¿Tienen necesidad de alguna otra cosa?
Alégrense ustedes, y alégrense los ángeles y los santos del Cielo, porque este es el triunfo de mi Inmaculado Corazón. El demonio le ha hecho la guerra y no ha podido vencerlo.
El infierno ha sido vencido. El premio de mi Hijo es el Paraíso, y su misericordia se manifiesta también a través del Purgatorio en cada uno, porque solo Dios es santo, solo Dios es digno, pero en Él todos pueden llegar a ser santos, porque Él los ha hecho dignos.
Vivan hijos, como los santos. Eso es lo que yo les pido.
Indulgencia, oración, compasión, auxilio, ayuda, misericordia de los vivos para los muertos. Eso, hijos míos, yo les pido, para que todas las almas accedan al Paraíso. Se alegra mi corazón por cada uno que conduzco al encuentro definitivo con Dios.
Los sacerdotes, hijos, sufren más que cualquier otro la purificación de su alma en el Purgatorio. Duele mi corazón, pero alégrense en la seguridad de que ellos verán a Dios. Tengan esa esperanza, hablen con ellos, pídanles que les ayuden, y recuerden que el Purgatorio también es Cielo, y tienen el poder de la oración de intercesión, y les ayudan, y los necesitan. Tengan compasión, y aprovechen esa ayuda, hijos. Es un regalo de Dios.
Bendigan a las ánimas de los sacerdotes. Ellos también merecen recibir la bendición de su Señor».
¡Muéstrate Madre, María!
