CREER PARA TENER PAZ
Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
ESPADA DE DOS FILOS II, n. 75
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).
EVANGELIO DEL DOMINGO DE LA SEMANA V DE PASCUA
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 14, 1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.
Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre”.
Palabra del Señor.
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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ... (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: te estabas despidiendo de tus discípulos y, al mismo tiempo, les dices que no pierdan la paz. Era comprensible que ellos se pusieran tristes, porque hablabas con mucha claridad, y les habías anunciado varias veces que era necesario que el Hijo del hombre fuera entregado en manos de los hombres, para morir en la cruz.
Les dijiste también que ibas a resucitar de entre los muertos, pero no resultaba fácil creer, aunque fueron testigos de la resurrección de Lázaro y otras más. Conocían tu poder, te reconocían como el Hijo de Dios, pero qué difícil resulta creer cuando aparecen las dificultades en el mundo, cuando hay contrariedades, y los hombres no entienden a Dios, no entienden tus planes.
Señor: ayúdanos a creer firmemente en ti, en reconocer que nos has dado tantas pruebas de tu amor, de tu poder, de tu misericordia, de tu cercanía. Entregaste tu vida, hasta la última gota de tu sangre, para salvarnos. Y, aun así, a veces no creemos. Danos la fe que nos falta.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Amigo mío: recibe mi paz.
Y lleva mi paz a otros, que la necesitan tanto.
Que viven con miedo, como si yo no existiera.
Que buscan la paz en el mundo. No se dan cuenta de que la verdadera paz está en mí. Pero yo no les doy la paz como la da el mundo.
Que buscan seguridades en las cosas materiales. No se dan cuenta de que la verdadera seguridad está en mí, y que la consiguen a través de recursos espirituales.
La verdadera paz está en el interior, en cada corazón en donde vivo yo.
Por eso, el que no cree en mí no tiene paz. Y yo, amigo mío, he dado mi vida por ellos y por ti.
Crean en mí, crean en mi Palabra, crean en mi poder, crean en que mi Padre ha sometido todas las cosas a mis pies.
Crean que yo he venido a buscarlos, para llevarlos a Él.
Crean que he padecido y muerto en una cruz, para disipar las tinieblas destruyendo la muerte, y llevarlos a la luz.
Crean que yo he resucitado, porque Dios, Padre todopoderoso, me ha enviado para darles vida.
Crean que subí al Cielo para ser sentado a la derecha de mi Padre, coronado con la gloria que tenía antes de que el mundo existiera.
Y me detengo aquí para que medites conmigo esto:
¿Crees que después de todo lo que hice por ti, para recuperarte, me iba a ir a disfrutar de una gloria sin ti?
¿Crees que después de haber dejado esa gloria que tenía con mi Padre, para hacerme hombre, y ser en todo igual a ti, para comprenderte, para convencerte de que creas en mí, de que vengas a mí para llevarte a mi Padre, iba a dejarte?
¿Crees que después de entregarte en los brazos de mi Madre, como verdadero hijo, iba a abandonarte, para verla sufrir por ti?
¿Crees que después de configurarte conmigo, de ordenarte sacerdote mío, iba a querer apartarte de mí?
¿Crees en mi amor por ti?
He preparado, en mi Reino, una habitación especial para ti. ¿Crees que, después de eso, no iba yo a insistir, a volver por ti, y a quedarme contigo cada día de tu vida, para que me sigas, para que vengas conmigo a tomar posesión del Reino que te he prometido?
Si tú crees, amigo mío, entonces confía en mí.
Todo, absolutamente todo lo que pasa alrededor de ti, todo está en mis manos.
Todo está en los planes de mi Padre para conquistarte.
Mi Paraíso no sería lo que he soñado sin ti.
Confía en mi amor.
Entrega tu vida por tus hermanos, a quienes amo, como te amo a ti.
Si me amas, querrás agradarme y darme lo que yo amo.
Acompaña a mi Madre. Ella también quiere darme lo que yo más amo. Tú sabes, amigo mío, qué es lo que yo más amo: las ovejas de mi rebaño.
En el altar, amigo mío, estaré esperando. Yo confío en ti. Somos uno.
Confía, aunque seas, como yo, un incomprendido del mundo.
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Madre mía: como Madre de Dios eres el mejor camino para llegar a Él, sobre todo porque, desde que fuiste asunta al Cielo, no puedes sino reflejar la belleza de Dios.
Eres toda hermosa: prepáranos un camino seguro, en el que podamos llevar la cruz de cada día, con alegría, para ser otros Cristos.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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«Hijo mío, sacerdote: contempla mi rostro.
Es el rostro de la amabilidad, más amable que todo lo amable, más bello que la belleza, más hermoso que la hermosura, más tierno que la ternura, más admirable que la admiración, más venerable que toda veneración, más dulce que la dulzura, más bondadoso que la bondad, más loable que lo loable, más honorable que toda honra.
Es el rostro de la sabiduría, del entendimiento, del consejo, de la fortaleza, de la piedad, del santo temor de Dios, de la ciencia, de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la alegría, de la paciencia, de la paz, de la longanimidad, de la bondad, de la templanza, de la mansedumbre, de la benignidad, de la fidelidad, de la modestia, de la continencia, de la clemencia, de la castidad, de la pureza inmaculada, de la inocencia, de la tolerancia, de la obediencia, del servicio, de la humildad, de la justicia, de la generosidad, de la misericordia, del perdón, de la gratuidad, de la confianza, del silencio, de la compasión, de la perseverancia, de la solidaridad, de la lealtad, de la valentía, de la diligencia, de la prudencia, de la perfección, de la gracia, de la plenitud.
Es el rostro de la maternidad de Dios hecho mujer.
Es el rostro de la Madre de Dios encinta, que refleja la divinidad, porque en su seno lleva al Verbo encarnado, que es el Hijo de Dios.
Si quieres oír de amor, escucha a Jesús.
Si quieres conocer el amor, conoce a Jesús.
Si quieres sentir amor, experimenta a Jesús.
Si quieres buscar amor, busca a Jesús.
Si quieres encontrar amor, encuentra a Jesús.
Si quieres amar y ser amado, ama a Jesús, Él te ama.
Si quieres caminar seguro, camina con Jesús, Él es el Camino.
Si quieres saber la verdad, sigue a Jesús, Él es la Verdad.
Si quieres tener vida, vive en Jesús, Él es la Vida.
Si quieres tener vida eterna, cree en Jesús, Él es el Hijo de Dios.
Si quieres descansar, ve a Jesús, su yugo es suave y su carga ligera.
Si quieres tener paz, abandónate en el plan de Dios, niégate a ti mismo y cumple su voluntad, deja todo, toma tu cruz y sigue a Jesús».
¡Muéstrate Madre, María!
