Mt 6, 1-6. 16-18 - Miércoles XI del Tiempo Ordinario
Mt 6, 1-6. 16-18 - Miércoles XI del Tiempo Ordinario
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LA INTIMIDAD DEL CORAZÓN

Hermano sacerdote:

hoy es el miércoles de la Semana XI del Tiempo Ordinario.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 6,1-6.16-18, se recogen unas palabras de Jesús hablando sobre la oración, el ayuno y la limosna, aconsejando hacer todo con rectitud de intención, y diciendo que el Padre celestial, que ve en lo secreto, recompensará.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo son nuestras disposiciones para hacer oración. Revisemos si cuidamos tener momentos de soledad para respetar nuestra intimidad con el Señor, y también si procuramos obrar siempre con rectitud de intención, haciendo todo por amor de Dios.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Cuando vayas a orar entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está ahí en lo secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Eso dice Jesús.

Y te enseña a subir al monte alto con Él, a permanecer en vela, y a remar mar adentro, para tener un dulce encuentro con Él, mirándolo y dejándolo que te mire, hablándole, y dejando que Él te hable, escuchando su voz, enriqueciendo tu alma con su Palabra, alimentando de amor tu corazón.

Respeta, sacerdote, tu intimidad con tu Señor.

Acude a Él, no lo dejes solo. Te está esperando, para poseerte, para hacerte suyo, para llenarte de su gracia y de su don, para iluminarte con la luz del Espíritu Santo, en la soledad y en la oscuridad de tu cuarto, con la puerta cerrada para que no haya para ti distracción, porque tu Señor en ti tiene puesta toda su atención.

Y tú, sacerdote, ¿procuras momentos de soledad para acudir a la oración, o solo rezas en las plazas en voz alta para llamar la atención?

¿Recurres a las ayudas y a los medios que tienes a tu alcance para conseguir una profunda y perfecta oración, o solo recitas versos y te quedas dormido?

¿Eres consciente de lo que lees, y lo ofreces desde tu corazón, sintiendo y mostrándole a tu Señor cuánto lo amas, o solo predicas discursos frente a la gente como los hipócritas diciendo palabras que no sienten?

¿Obras con rectitud de intención, haciendo todo por amor de Dios, o esperas recompensa?

¿Buscas servir a Dios, o esperas halagos y aplausos?

Persevera en tu entrega, sacerdote, buscando hacer solo la voluntad de Dios y no la de los hombres; buscando agradar solo a Dios, y no a los hombres; aceptando la recompensa de tu Señor, y no la de los hombres.

Actúa con elocuencia, sacerdote, para que seas un siervo fiel y prudente, buscando siempre hacer el bien a los demás, y no obtener un bien para ti mismo, a través de la gente.

Adora, sacerdote, a tu Señor, y aprende de Él, que permanece oculto humillando su grandeza bajo las apariencias del vino y del pan, y muéstrale al mundo tu pobreza y tu humildad, alimentándolos con la riqueza de ese don espiritual, que con el poder de tus manos convierte el pan y convierte el vino, en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

Y tú, sacerdote, ¿reconoces la dignidad del ministerio sacerdotal como un don merecido, por lo bueno que has sido, y te sientes y presumes ser elegido, abusando del poder y de la autoridad que has recibido, o has sabido humillar tu corazón, sabiendo que la dignidad del sacerdote está precisamente en haber sido elegido por ser indigno, pecador, común entre los hombres, ignorante, miserable, que nada merece, porque por sí mismo no es nadie?

Reconoce, sacerdote, la dignidad de tu Señor en tu indignidad, la grandeza de tu Señor en tu pequeñez, la misericordia de tu Señor en tu miseria, la sabiduría en tu ignorancia, la perfección de tu Señor en tus errores, en tus pecados, en tus culpas. Y descubre el rostro de tu Señor en ti, sus sentimientos en tu corazón, y sus palabras en tu boca.

Persevera en la fe, en la esperanza y en el amor, guardándote enteramente en cuerpo y alma para tu Señor, y entrégate en cada palabra, en cada oración, en cada encuentro con tu Señor, en la intimidad de tu corazón, en el silencio y en la disposición a la unión entre la criatura y su creador, y exulta de gozo al saberte amado, al saberte elegido, al saberte consagrado y configurado con el Hijo de Dios, porque la intimidad es solo de dos.