PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PARA DAR BUEN FRUTO
Hermano sacerdote:
hoy es el miércoles de la Semana XII del Tiempo Ordinario.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 7, 15-20, se recogen palabras de Jesús cuando dice a sus discípulos que todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Y termina diciendo que por sus frutos los conocerán.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo nos esforzamos para dar buen fruto, conscientes de que Dios nos ha dado la gracia y debemos manifestar con obras nuestra fe. Revisemos si estamos dando buen fruto ejerciendo bien nuestro ministerio.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Por sus frutos los conocerán» (Mt 7, 16).
Eso dice Jesús.
Te lo dice a ti, sacerdote, porque te envía para que des fruto y ese fruto permanezca, de modo que todo lo que le pidas al Padre en su nombre te lo conceda.
Y tú, sacerdote, ¿obedeces a tu Señor?
¿A donde quiera que Él te mande vas, y lo que Él te diga lo dices?
¿Escuchas a tu Señor y haces lo que Él te dice?
¿Estás dando fruto, sacerdote?
¿Tu fruto es abundante?
No eres tú quien ha elegido a tu Señor, es tu Señor quien te ha elegido a ti. Por tanto, eres de buena semilla, sacerdote, y todos tus frutos son buenos.
Muéstrale al mundo tus frutos, sacerdote, para que en ti conozcan a Cristo, porque por tus frutos te conocerán, y Cristo vive en ti, y obra en ti, y tus frutos son sus frutos.
Muéstrale al mundo tus obras, para que conozcan tu fe, y los contagies con esa fe viva, que es una llama encendida de celo apostólico, que ha nacido del amor de tu Señor, que has recibido porque le has abierto tu corazón.
Muéstrale al mundo los frutos que has cosechado con tu vocación, con tu entrega, con tu trabajo, y con tu vida ordinaria, transformada en extraordinaria, haciéndola oración.
Frutos de santidad que has alcanzado en el altar, cuando el poder que Dios te ha dado ha transformado el fruto de tu trabajo en alimento de vida y en bebida de salvación.
Frutos que has conseguido con una misa bien celebrada, con la misericordia bien administrada, con una vida totalmente entregada al cumplimiento de tu misión, en el ministerio que te ha sido encomendado, para hacer un apostolado acogido y aceptado con todo tu corazón.
Muéstrale al mundo los frutos que has cosechado y has transformado en ofrenda para tu Señor, y recoge los frutos del trabajo de los hombres, uniéndolos en un mismo y eterno sacrificio agradable a Dios: el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que siendo cordero fue crucificado por lobos, para perdonar todos los pecados del mundo.
Persevera, sacerdote, en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que se manifiesta a través de la verdad revelada, en la justa conciencia de una justa obediencia a esa verdad, que mantiene la conciencia en la tranquilidad del alma que permanece en paz, porque ha recibido los frutos y carismas que el Espíritu Santo da a quien obedece y permanece, por amor de Dios, en esa verdad.
Persevera, sacerdote, en esa lucha constante por conseguir frutos abundantes de santidad, para la gloria de Dios, en esta vida y en la eternidad.
No tengas miedo de mostrarte al mundo, sacerdote, porque por tus frutos te conocerán.
