Mt 12, 1-8 - Viernes XV del Tiempo Ordinario
Mt 12, 1-8 - Viernes XV del Tiempo Ordinario
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – MISERICORDIA Y NO SACRIFICIO

Hermano sacerdote:

Hoy es el viernes de la Semana XV del Tiempo Ordinario.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 12,1-8, se recoge la escena de cuando Jesús y sus discípulos atravesaban unos sembrados, arrancando y comiendo granos. Los fariseos reclamaron hacer eso en sábado. El Señor pide comprender el sentido de las palabras "Misericordia quiero y no sacrificios", para no condenar a quienes no tienen culpa.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cuál es nuestra actitud ante la cruz de cada día. Revisemos si la aceptamos con alegría como una entrega de vida, haciendo obras de misericordia, ejerciendo nuestro ministerio con rectitud, y cumpliendo una normas de piedad con amor y devoción.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«El Hijo del hombre también es dueño del sábado».

Eso dice Jesús.

Tu Señor es Rey del universo, y lo obedecen los cielos y la tierra. Él es el creador de todo lo visible y lo invisible, y sobre Él el maligno no tiene ningún poder, porque Él es todopoderoso.

Tu Señor ha vencido al mundo, y ha ganado para Dios un reino de sacerdotes, por un único y eterno sacrificio, con el que ha lavado con su sangre los pecados del mundo.

Tu Señor es tu dueño, sacerdote, y dueño de la ley. Pero no ha venido al mundo a abolir la ley, sino a derramar su misericordia, para darle plenitud.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, para que hagas las obras que hizo Él, y que uniéndolas a su sacrificio alcances de Dios su poder, haciendo obras mayores que las que hizo Él, porque Él está en el Padre, y Él no ha venido al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, para que renuncies a ti mismo, tomes tu cruz y lo sigas. Pero tu cruz no es de sacrificio, sino de entrega de vida; no es de clavos ni espinas, sino de misericordia.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, no para que mueras de hambre, sino para que alimentes; no para que desfallezcas de sed, sino para que des de beber; no para que castigues, sino para que perdones; no para condenar a los que no tienen culpa, sino a guiar en la verdad, y a procurar que se haga en ti, y en los demás, su voluntad.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, para continuar su misión, llevando su luz y su misericordia a todos los rincones de la tierra, a predicar su Palabra para que lo conozcan, para que el mundo crea.

Y tú, sacerdote:

¿Cómo vives tu ministerio?

¿Haciendo sacrificios para que te vea el pueblo, o impartiendo los sacramentos y ungiéndolo?

¿Cómo es tu vida de piedad?

¿Cumpliendo por obligación con tantas normas como hay, o sirviendo y enseñando con el ejemplo a rezar con devoción y con amor?

¿Te entregas totalmente en cuerpo y alma a tu Señor, o solo cumples con las reglas?

¿Te sacrificas hasta el punto del martirio, desgastando tus fuerzas y tu salud, o usas tu cuerpo y tus fuerzas para llevar a los demás la salud?

¿Llevas tu cruz de cada día con alegría, contagiando tu fe, llevando esperanza y obrando con caridad, o caminas de mal humor, mortificando a los demás, porque cada paso que das es para ti un tormento y un lamento?

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, para que vivas su Palabra todos los días, haciéndote ofrenda con Él en cada Eucaristía, uniéndote a su sacrificio, no para que mueras, sino para que tengas vida, uniendo a su pueblo en una sola ofrenda, no para sacrificarlo, sino para salvarlo.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, para que aprendas de Él, y le enseñes a su pueblo a vivir en la alegría de su Señor, a amarlo, a alabarlo, a adorarlo, a servirlo, a contemplarlo, a bendecirlo y a glorificarlo con sus obras, para que comprendan el sentido de las palabras: misericordia quiero y no sacrificio.