PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ENSEÑAR A INTERPRETAR LA PALABRA
«El que quebrante uno de estos preceptos menores, y enseñe esto a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos, pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos».
Eso dice Jesús.
Y se refiere al Evangelio.
Tu Señor es la Palabra que predicas, sacerdote.
Él es el que es, el que era, y el que ha de venir.
Él es el mismo ayer, hoy y siempre, el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.
Y tú, sacerdote, ¿quién eres para dudar de sus palabras, y de que se cumplirá hasta la última letra de la ley?
Y tú, sacerdote, ¿quién eres para cambiar el significado de la Palabra, y tergiversar la verdad?
Ni siquiera tu Señor ha venido a abolirla, sino a darle plenitud, porque Él es, y no puede contradecirse a sí mismo.
En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios, y estaba en el principio junto a Dios, y todo se hizo por ella, y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y tú, sacerdote, estás llamado de la luz a llevar la luz a los hombres. Tú tienes una gran responsabilidad de llevar al mundo la verdad, de mostrarles el camino, y de darles la vida, que tu Señor, con su sangre, ha venido a ganar.
Tú has sido llamado para enseñar, para regir y para santificar a través de la verdad, que es la Palabra. Todo ha sido escrito ya, sacerdote, y se cumplirá hasta la última letra. Eso es lo que tú debes enseñar: el todo en el todo, el Verbo hecho carne que habitó entre nosotros, nacido del vientre de una esclava que dijo: sí, hágase en mí, Señor, según tu palabra.
Por tanto, predicar el Evangelio, para ti, sacerdote, no es ningún motivo de gloria. Es más bien un deber que te incumbe. ¡Ay de ti, si no predicas el Evangelio! Sin esperar una recompensa. Antes bien esfuérzate, sacerdote, porque es una misión que se te ha confiado.
Y tú, sacerdote, ¿crees en el Evangelio?
¿Aceptas toda Palabra que está ahí escrita?
¿Predicas invocando la asistencia del Espíritu Santo, sabiendo que lo que hay en tu boca es Palabra divina?
¿Te esfuerzas por preparar tu predicación, confiado en que el Espíritu Santo te ayudará a que hables desde el fondo de tu corazón, o confías a tu inteligencia pobre y miserable tan grande misión?
Enseña, sacerdote, al pueblo de Dios, a interpretar la Palabra a través de la mirada de aquel que la escribió. No permitas que la soberbia entre a tu corazón, porque la boca habla de lo que hay en el corazón.
Enséñale al pueblo de Dios la verdad, que son palabras de amor de aquel que te creó, y que ha hecho nuevas todas las cosas. Tres personas distintas, un solo Dios verdadero, que se entrega por amor al mundo entero para recuperarlo, porque Él los amó primero.
Escucha la Palabra de tu Señor, sacerdote, y aplícala en tu vida, para que la descubras, para que la entiendas, para que la vivas, para que enseñes a los hombres cada uno de sus preceptos, y seas tú grande en el Reino de los Cielos.
