PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ESCUCHAR LA PALABRA
Hermano sacerdote:
Hoy es el domingo de la 6a. Semana del Tiempo Ordinario, Ciclo A.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo 5, 17-37, se recogen diversas enseñanzas de Jesús en el Sermón de la montaña. Comienza diciendo que no ha venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud. Habla después de la reconciliación con el hermano, de la cuestión del adulterio, del juramento, y termina diciendo que hay que decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cuidamos la escucha de la Palabra de Dios. Revisemos si lo amamos y le demostramos nuestro amor enseñando su ley y dándole cumplimiento.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Escucha Israel, el Señor, Dios nuestro, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos» (Mc 12, 29-31)
Eso dice Jesús.
Sacerdote, toma y lee.
Es leyendo la Palabra de Dios como escuchas, y es así como se abre tu corazón, para que hables con palabras de tu boca, y el pueblo de Dios te escuche, porque es así como el pueblo de Dios escucha su voz. Pero ten cuidado, sacerdote, porque la boca habla de lo que hay en el corazón.
Amor, sacerdote, eso es lo que debe haber en tu corazón, para que manifiestes el cumplimiento de la ley de tu Dios.
Amar, sacerdote, esa es la ley de tu Dios. Pero amarlo a Él primero, por sobre todas las cosas, y amar a su pueblo como Jesús lo amó. Esa, sacerdote, es la ley de Dios, y no hay ley más grande que esta.
Escucha, sacerdote, la Palabra de tu Señor, porque todo ha sido escrito ya, y se cumplirá hasta la última letra.
Escucha la Palabra del Señor y ponla en práctica.
Eso es hacer lo que Él te dice. Pero, para obrar el bien, primero debes saber qué es el bien.
El bien es tu Señor, sacerdote, y tu Señor es Cristo, a quien tú mismo representas, con quien tú te configuras, y quien tú eres en el altar y en cada momento de tu vida. Porque Cristo no se va, Él está contigo todos los días de tu vida, cada momento del día, cada momento de la noche.
Que sea tu voluntad la voluntad de Él, para que ya no seas tú sino Él quien viva en ti.
Sacerdote: Cristo no vino al mundo a abolir la ley, sino a darle profundo sentido, para que sea cumplida de acuerdo a la voluntad de su Padre, porque el espíritu es fuerte, pero la carne es débil, y los hombres acomodan las leyes a su conveniencia y distorsionan la verdad.
Cristo es la única verdad.
Reconoce, sacerdote, en su Palabra la verdad, y conoce a quien tú mismo representas.
Renuncia a ti mismo, y toma tu cruz y síguelo, porque es así como lo conoces, hombre verdadero y Dios verdadero.
Reconoce en ti, sacerdote, a ese verdadero Dios y verdadero hombre, y cumple su ley, aunque no te acomode, aunque no te convenga, aunque no la entiendas, y aunque a veces no quieras.
Obedece, sacerdote, porque a través de ti es como el Señor se manifiesta ante los hombres del mundo, para enseñarles el camino a través de su Palabra y de tu ejemplo.
Cielos y tierra pasarán, pero la Palabra de tu Señor no pasará.
Esa, sacerdote, es tu seguridad, es tu misión y es lo que tú debes procurar y dar cumplimiento.
Despierta, sacerdote, de tu mediocridad, de tu tibieza, de tu entumecimiento, de tu frialdad, de tus vicios, de tu mezquindad, de tu ingratitud, de tu somnolencia, de tu indiferencia.
Despierta a la realidad, y date cuenta de que no hay más verdad que la cruz de tu Señor, a través de la que Él mismo te ha venido a salvar, y te pide conducir a su pueblo hasta ti, para que su salvación llegue a todos los rincones del mundo.
Sacerdote: rígete en la ley de tu Señor y rige a su pueblo. Pero reacciona, sacerdote: el pueblo se rige con la ley a través del ejemplo.
Escucha, sacerdote, a tu Señor. Ámalo y demuéstrale tu amor, enseñando su ley y dándole cumplimiento.
La plenitud del cumplimiento de la ley está en el amor.
