PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CONFIAR EN DIOS
Hermano sacerdote:
hoy es el martes de la Semana XIII del Tiempo Ordinario.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 8, 23-27, se recoge la escena de cuando Jesús calmó la tempestad, increpando al viento y al mar. Él estaba dormido, y les reclamó a sus discípulos su falta de fe.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra confianza en Dios cuando llegan las dificultades. Revisemos si alimentamos nuestra fe con la oración, los sacramentos y meditando en la palabra de Dios.
Y busquemos el refugio de nuestra Madre, meditando todas las cosas en nuestro corazón.
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«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?»
Eso dice Jesús.
Y te lo dice a ti, sacerdote, y te reprende, porque Él ha manifestado su poder, y tú has visto su misericordia, y sus obras. Has sentido su amor, has escuchado su voz, has dejado todo, y lo has seguido. Pero, si tienes miedo, es porque aún no has creído.
El que tiene a Dios nada le falta, solo Dios basta.
Y tú, sacerdote, ¿a quién tienes en tu vida?
¿Quién vive en ti?
¿Quién es la causa de tu alegría? ¿O es que vives sometido al miedo, y a la amargura de la oscuridad en la que has sumergido tu alma, que no encuentra sosiego, porque tú estás ciego y no puedes ver la verdad?
Tu Señor te ha dado todo, hasta su vida, para que tú vivas. Te ha dado la fe, te ha dado la esperanza, te ha dado el amor, y te ha dado la paz, para que encuentre descanso tu alma, y Él pueda descansar en ti.
Tu Señor te ha dado la barca, para que navegues con seguridad, protegido del enemigo y de todo mal. Él te asegura que, ante la tempestad, los vientos fuertes, las olas grandes, y las tormentas, no se hundirá, porque Él mismo la ha construido sobre roca firme. Él es la piedra angular, y el mal no prevalecerá sobre ella.
Permanece dentro, sacerdote, permanece a salvo, permanece unido, en la seguridad del nido, en el silencio interior, que se logra en la profunda oración, alejado del ruido del mundo, porque es ahí en donde descansa tu Señor, que tantas veces ha querido reunir a sus hijos, como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, para cuidarlos, para protegerlos, para alimentarlos, para fortalecerlos, para enseñarlos, para hacerlos crecer en estatura, en sabiduría y en gracia, ante Dios y ante los hombres.
Confía en tu Señor, sacerdote, decide creer, quiere creer, y cree.
Tú tienes la fe que te ha sido dada, pero está mal alimentada, está frágil y debilitada. Fortalece, sacerdote, tu fe, acudiendo a los sacramentos y a la oración, y al refugio de los brazos de tu Madre, que es Madre de tu Señor.
Aprende de Él, escucha su Palabra y haz lo que Él te diga.
Obedece a tu Señor, sacerdote, y tu conciencia estará tranquila. Entonces podrás dormir como un bebé, abrigado, arrullado, protegido, confiado en el regazo de su Madre, bajo la sombra de la divina providencia de su Padre.
Confía, sacerdote, en el Dios que representas ante el mundo, y en su poder.
Cree en Él, y obedécele como le obedecen los vientos y el mar.
Permanece en su amor y en su amistad y, ante la amenaza del mundo, que es como un mar oscuro y profundo, mantén la serenidad, no tengas miedo: tu Señor está contigo todos los días, hasta el fin del mundo.
