PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SENTIMIENTOS DE BUEN PASTOR
Hermano sacerdote:
Hoy es la fiesta del Santo Cura de Ars.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 9, 35-10, 1. 6-8, se recoge la escena cuando Jesús, al ver las multitudes, dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Y dio el poder a sus discípulos para expulsar espíritus impuros y curar enfermedades.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo valoramos y agradecemos nuestro sacerdocio. Revisemos también si nos esforzamos por cumplir con amor nuestra misión, y de modo especial en el confesionario.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor».
Eso dicen las Escrituras.
Se refieren a Jesús, y se refieren a ti, sacerdote, para que tú hagas lo mismo.
Tu Señor es compasivo y misericordioso, sacerdote, y Él te ha llamado y te ha elegido, y te ha configurado con Él, Cristo Buen Pastor, porque quiere que tú tengas sus mismos sentimientos, quiere que tengas compasión, y guíes y reúnas a su pueblo en un solo rebaño y con un solo pastor.
Tu Señor te envía con una misión, que, al cumplirla, te llena de alegría.
Y tú, sacerdote, ¿valoras el sacerdocio?
¿Entiendes su valor?
¿Elevas ese valor uniendo tu ministerio en el sacrificio del altar?
¿Ayudas a tus hermanos sacerdotes y los acompañas en el camino?
¿Valoras a cada uno de los que comparten este sagrado oficio contigo?
¿Agradeces el don?
¿Promueves con tu ejemplo esta vocación?
No desprecies, sacerdote, la confianza que Dios ha puesto en ti, porque tú eres la esperanza de un pueblo infiel, devastado por el pecado, que se ha perdido entre la inmundicia por su falta de fe. Pero que, a través de ti, encuentran el camino a través de la luz de la Palabra, que renueva sus almas y les devuelve la fe.
Escucha, sacerdote, la voz de tu Pastor, y obedece esa voluntad divina que te alienta, que te anima a entregar tu vida por el Amigo que ha dado su vida por ti, para permanecer en su amor, porque nadie tiene un amor tan grande como el que da la vida por sus amigos.
Tu Señor te ha enviado a abrir los ojos y los oídos cerrados de su pueblo, y eres tú, pero es Él en ti, quien sale a su encuentro, para disipar las tinieblas con su luz, para mostrar que el Camino, la Verdad y la Vida eterna es Jesús.
Pero recuerda, sacerdote, que tu Señor ha dicho: un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa. Y el discípulo no está por encima de su Maestro. Por tanto, sacerdote, alégrate, porque, así como participas de los sufrimientos de Cristo, así también te llenarás de gozo en su gloria.
Tú eres, sacerdote, un tesoro de Dios para el mundo. Tu ministerio sacerdotal es el amor de su Sagrado Corazón. Cumple, sacerdote, con ese amor tu misión, y entrégale a tu Señor lo que le pertenece, porque el precio de su preciosa sangre lo merece.
Llénate de valor y acude al confesionario a perdonar, a aconsejar, a corregir el camino de los que vagan perdidos, y déjate encontrar como el Buen Pastor compadecido, pero también como el cordero herido que necesita compasión de su Pastor, y pide perdón, pide consejo, y sigue el camino correcto, para que lleves con seguridad al pueblo de Dios a su encuentro con su Palabra, con su alimento, con tu disposición, con tu amor, y con tu ejemplo.
