Mt 17, 1-9 - Domingo II de Cuaresma
Mt 17, 1-9 - Domingo II de Cuaresma
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ESCUCHAR Y OBEDECER

Hermano sacerdote:

Hoy es el Segundo Domingo de Cuaresma.

En el evangelio de la misa de hoy, se recoge la escena de la Transfiguración del Señor, que menciona, entre otras cosas, que se escucha la voz del Padre, desde la nube, diciendo: "Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo".

Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra obediencia a la voz del Padre, quien ciertamente nos habla. Revisemos también si acudimos con confianza a la oración, para transfigurarnos con el Señor, para que el mundo lo vea a Él a través de nosotros, sacerdotes.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco. Escúchenlo».

Eso es lo que te dice tu Dios, sacerdote.

Tú eres un siervo de Dios, y no puedes negar, sacerdote, que escuchas su voz.

El amo manda. El siervo escucha y obedece.

Escucha a tu amo, y obedécelo. Te llama desde lo más profundo de tu ser.

Es tu esencia, sacerdote, creer en Él, porque es tu Padre, y estás hecho a su imagen y semejanza. Has sido creado para servirlo.

Obedécele, y escucha a su Hijo muy amado, en quien Él ha puesto sus complacencias.

Esa es la ley que te rige como siervo, como esclavo, y que hace de ti un hombre libre, un sacerdote, un servidor por voluntad, un santo.

Tu Señor es el Hijo de Dios, en quien Él ha puesto sus complacencias.

Es Él, sacerdote, a quien debes escuchar, y hacer lo que Él te dice, porque así es como obedeces a Dios y le das gloria.

Escucha, sacerdote, a tu Señor, que te llama para que vayas con Él a lo alto del monte, a la oración, en donde Él se transfigura para ti, y se muestra tal y como es: el Hijo único de Dios, que fue enviado al mundo para hacerse hombre como tú; para vivir como tú; para ser probado en todo, como tú, menos en el pecado; para dejarlo todo, como tú, y tomar su cruz y hacerse camino, para morir por ti; y que se ha quedado en el mundo a través de ti, configurado contigo, para mostrarse al mundo tal y como es, hombre y Dios, a través de ti, sacerdote.

¿Cómo mostrarías tú al mundo el rostro de tu Señor, si tu corazón fuera transfigurado?

¿Un rostro limpio, puro, resucitado, vivo, divino?

¿O un rostro oculto, manchado, herido y desfigurado, que sufre por tu pecado?

¿Complaces, sacerdote, a tu Dios, haciendo lo que Él te dice?, ¿o te quedas dormido y no oras, y no ves su gloria?

¿Acudes, sacerdote, al llamado de tu Señor todos los días, con tu corazón contrito y humillado, para verlo tal cual es, transfigurado en el sagrario, en el altar, en la patena, en el cáliz, en la custodia, y entre tus manos, como Jesús sacramentado?

¿Obedeces, sacerdote, a tu Señor, y acudes a su llamado para alabarlo, para bendecirlo, para adorarlo, para hacerlo tuyo, y hacerte suyo, todos los días en su presencia viva, en la Eucaristía?

¿Pones, sacerdote, tu confianza en el Señor y le entregas tu vida?

¿Escuchas su Palabra, sacerdote, para hacer lo que Él te diga?, ¿o estás lleno de temor y de miedo, porque no haces lo que te dice tu Señor, porque no lo obedeces, porque no complaces a tu Dios, y permaneces sentado, resignado, y rechazas la gracia y el perdón que te ofrece tu Señor?

¿Tu rostro es el rostro del Cristo que representas?, ¿o es el rostro de la vergüenza?

Vuelve, sacerdote, al monte de la oración. Arrepiéntete y pídele perdón. Escucha su Palabra y ponla en práctica.

Entonces el mundo verá en ti transfigurado a tu Señor, porque en ti Él ha puesto sus complacencias, y el pueblo lo escucha a través de ti, sacerdote.

Obedece, sacerdote, a tu Señor. Acude a su encuentro en el monte alto de la oración, y transfigúrate con Él, para que en ti Él muestre al mundo la gloria de Dios.