Mt 17, 1-9 - Fiesta de la Transfiguración del Señor
Mt 17, 1-9 - Fiesta de la Transfiguración del Señor
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ORACIÓN, EXPIACIÓN Y ACCIÓN

Hermano sacerdote:

Hoy es la fiesta de la Transfiguración del Señor.

El día de hoy consideramos la escena del evangelio cuando Jesús subió con sus discípulos al monte para hacer oración. Estando arriba su rostro cambió de aspecto, y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. Aparecieron Moisés y Elías, y hablaron de la muerte que esperaba a Jesús. Pedro dijo que sería bueno quedarse allí. Al final se oyó la voz del Padre, pidiendo que escuchen a su Hijo.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cuál es nuestra disposición para escuchar al Señor, y así complacerlo, amándolo a Él y a los demás. Revisemos si cuidamos acudir cada día al monte alto de la oración, y si nos damos cuenta de que nosotros, sacerdotes, somos Cristo vivo, transfigurado en el altar.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Este es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas mis complacencias. Escúchenlo» (Mt 17, 5).
Eso dice el Padre de Jesús, que es también tu Padre, sacerdote.
Te lo dice a ti, y se lo dice al mundo. Se refiere a Cristo, y se refiere a ti, porque tú lo representas.
Escucha, sacerdote, la voz de tu Señor que se revela a través de la Palabra, que es su Hijo amado, al que Él ha enviado, el Verbo encarnado.
Escucha, sacerdote, a tu Señor y complácelo, haciendo lo que Él te dice, amándolo por sobre todas las cosas, y amando a los demás como Él los ha amado. Tanto, que todo les ha dado, hasta la vida de su único Hijo, para salvarlos.
Tu Señor habla fuerte y claro, sacerdote, pero, para escucharlo, debes subir al monte alto de la oración, para que, asistido por el Espíritu Santo, descubras, con gemidos inenarrables, lo que le dice a tu corazón.
Y tú, sacerdote, ¿acudes cada día al encuentro de tu Señor a través de la oración?
¿Te das el tiempo?
¿Cuál es tu prioridad: las cosas importantes, o la única cosa que es necesaria?
¿Complaces a tu Señor?
¿Entiendes su Palabra y la pones en práctica? ¿La predicas?
¿Tienes el valor de aceptar y hacer todo lo que te dice tu Señor?, ¿o tienes miedo de poner atención, porque no te acomoda lo que te dice?
¿Reconoces a Cristo como el Hijo de Dios, como el Mesías, que ha sido enviado al mundo, como el Salvador?
¿Reconoces a ese Cristo en ti, sacerdote?
Tú tienes una gran responsabilidad, sacerdote, porque a ti te ha sido revelada la verdad, no para que la guardes y te quedes sentado, ensimismado en tu comodidad, sino para que la lleves al mundo a través de la luz de la Palabra y del ejemplo, de tu fe puesta en obras.
Levántate, sacerdote, y lleva la Palabra que tú escuchas a la acción, para que enriquezcas al mundo con el tesoro que llevas en tu corazón como vasija de barro. Pero primero haz oración, en segundo lugar haz expiación, y muy en tercer lugar acción, porque de nada te sirve actuar si no has purificado tu alma después de orar, y de nada te sirve expiar tu alma si no has permitido que sea tocada con la Palabra.
Escucha, sacerdote, la Palabra de tu Señor, y hazte Palabra con Él, permaneciendo en la fidelidad a su amistad, permaneciendo en su amor, configurado con Cristo Buen Pastor, para que sean uno como el Padre y Él son uno.
Tú eres, sacerdote, la Palabra de tu Señor, cuando la escuchas, cuando la haces tuya poniéndola en práctica, y llevando la esencia del Verbo al mundo entero para que lo escuchen y, haciendo sus obras, el Padre se complazca en cada uno de los hijos de su pueblo.
Tú eres Cristo vivo, sacerdote, que se transfigura en el altar, y se muestra tal cual es: verdadero hombre y verdadero Dios, crucificado, muerto, resucitado, y expuesto para ser admirado, escuchado, alabado y adorado, en presencia viva, en Cuerpo, en Alma, en Sangre y en Divinidad, en Eucaristía.