Mt 24, 42-51 - Jueves XXI del Tiempo Ordinario
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LA MISIÓN DEL SACERDOTE

Hermano sacerdote:

hoy es el jueves de la Semana XXI del Tiempo Ordinario.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Mateo: 24, 42-51 se recogen palabras de Jesús a sus discípulos, sobre la importancia de velar y estar preparados, porque nadie sabe el día ni la hora cuando venga el Hijo del hombre.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cumplimos con nuestra misión de preparar a los hombres para cuando venga el Señor. Revisemos si cumplimos con nuestra responsabilidad de dirigir bien los actos de las almas que se nos han encomendado.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento» (Mc 13, 33).

Eso dice Jesús.

Y te lo dice a ti, sacerdote, y también te dice que tienes una gran responsabilidad.

Tú has sido llamado y elegido, y has sido enviado con una misión compartida con tu Señor: preparar a los hombres para cuando Él venga; para que tengan fe, y ese día sea de alegría y de paz, y no un día terrible.

Tu Señor te asegura que su misericordia estará presente en ese día, porque Él es la misericordia misma que quiere derramar a los hombres a través de tu ministerio sacerdotal. Es así, a través de ti, como se hace presente, resucitado y vivo, para ser Él mismo quien prepara a los hombres.

Tu Señor anuncia que va a venir por segunda vez, ya no para hacer un sacrificio, sino para recoger sus frutos. Y es a través de ti, sacerdote, que Él prepara a los hombres, ofreciendo su único y eterno sacrificio, como ofrenda agradable al Padre.

Tú eres, sacerdote, un don, un regalo, para que el hombre pueda llegar a Dios.

Y tú, sacerdote, ¿te das cuenta de la grandeza de tu misión?

¿Reconoces que tú eres Cristo vivo y resucitado, pero también signo de contradicción?

Que el rechazo, la persecución, el desprecio y la soledad no te hagan perder de vista esa gran responsabilidad, porque la indiferencia del mundo ante la grandeza de Dios destruye al sacerdote, y si el sacerdote no se alimenta de la Palabra, no la vive, y así el mismo sacerdote es el que permite esa indiferencia.

¿Eres consciente de para qué fuiste llamado?, ¿cuándo fuiste llamado?, ¿cómo fuiste llamado?

Reflexiona, sacerdote, y dale sentido a tu vida. Date cuenta de que eres responsable de los actos de las almas que se te han encomendado, y de que tienes el poder y las armas para dirigir esos actos hacia Dios. Esa es tu misión, sacerdote.

Pídele a tu Señor, que te ayude a predicar su Palabra, y que puedas cumplirla también, que la pongas por obra, para ser ejemplo, para no ser causa de tu propia destrucción.

Que tengas verdaderamente fe, esperanza y amor; que contagies, sostengas, guíes, convenzas y enseñes a su pueblo.

Que seas consciente de que tienes en ti mismo la capacidad para hacer llegar a todos los hombres las catorce obras de misericordia, pero no te das cuenta. Y esa es tu misión: llevar a todos los rincones del mundo la misericordia de tu Señor derramada en la cruz.

Que tengas fe suficiente para expulsar a todos los demonios y para construir el Reino de los Cielos en la tierra, porque esa es tu misión.

Haz oración, sacerdote, y medita todas estas cosas en tu corazón, porque cuando entiendas bien cuál es tu misión, le darás una gran satisfacción a tu Señor, porque amarás la cruz y lo dejarás todo cada día, para seguirlo, porque esa es tu misión.

Acude al auxilio de tu Madre, sacerdote, y pídele que te ayude a creer, para poder cumplir con tu misión, construyendo y preparando el Reino de los Cielos, para que, cuando su Hijo venga, no encuentre su morada como en su nacimiento, en un pesebre pobre y escondido, sino un Reino rico en fe, en esperanza y en amor, esperando al Rey que vendrá con toda su majestad y esplendor.