PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PUREZA ENGENDRA PUREZA
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
Eso dijo el Ángel del Señor.
Se lo dijo a María, anunciándole que sería la Madre del Salvador.
La pureza engendra pureza.
La pureza no puede ser engendrada si no es por la pureza.
La pureza es Dios, la pureza es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Pureza que fue enviada al mundo para ser encarnada en la pureza.
Pureza hecha creatura en el vientre inmaculado y puro de una creatura pura, creada inmaculada, sin mancha ni pecado desde su concepción, para nacer pura, sin mancha y sin pecado, y crecer para convertirse en una mujer inmaculada y pura, sin mancha ni pecado, para engendrar la pureza, digna de merecer una morada inmaculada y pura, sin pecado, sin mancha ni arruga.
El Padre, que amó tanto al mundo que envió a su único Hijo para salvarlo, prepara desde un principio una morada digna para su Hijo; morada que recibe, engendra, hace crecer, alimenta, permite nacer a la pureza, en medio de la miseria del mundo, y en medio del pecado de los hombres, para salvar a los hombres, para dignificarlos, para devolverles la pureza con la que habían sido creados en un principio.
Tu Señor te ha elegido, sacerdote, para ser purificado, para ser ofrenda, para ser dignificado, para ser divinizado, para ser puro y vivir sin mancha ni pecado.
Pero tú, sacerdote, naciste siendo un hombre pecador, miserable, indigno, que no conoció la gracia de la pureza, porque fuiste concebido con la mancha del pecado original, del que has sido purificado por la gracia, de manos de otro sacerdote, a través del Bautismo, que infunde la gracia que solo da el Espíritu Santo.
Y es así como el hombre conoce la gracia, y se convierte en una creatura pura, inmaculada, sin mancha ni arruga, sin pecado, para vivir en medio de un mundo de pecado.
Pero en donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, que acompaña a ese niño que un día escuchó un llamado y se siente indigno y pecador, y Dios lo llama para ser ejemplo de la pureza, de la belleza, de la gracia del Hijo de Dios, y dice sí, pero sigue siendo un pecador.
Tu Señor ha creado tu alma sacerdotal, para ser una morada digna, pura, inmaculada, para recibir y para configurarse con la pureza que es Dios.
Y tú, sacerdote, ¿eres consciente de que solo la pureza engendra pureza?
¿Estás siempre dispuesto a recibir la gracia que te purifica, que te dignifica y que te diviniza en Cristo?
¿Recibes la gracia para transformar tu corazón?
¿Estás dispuesto a renovar tu alma, para ser una morada digna de tu creador, a imagen y semejanza de la Mujer que te engendró en su corazón?
Acepta, sacerdote, la dignidad que te da tu Señor, y dispón tu corazón para entregarlo en los brazos de la Mujer que en su pureza engendró la pureza, para que naciera en medio de la miseria de los hombres, para atraerlos, por su misericordia, a la pureza que lo engendró: el Espíritu Creador, Espíritu de gracia, Espíritu consolador, Santo Paráclito renovador.
