Lc 1, 26-38 - La Anunciación del Señor
Lc 1, 26-38 - La Anunciación del Señor
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – MANTENER EL SÍ TODOS LOS DÍAS

«Sí».

Esa es la única respuesta que espera de ti tu Señor, sacerdote, cuando te dice: “ven y sígueme”.

Esa es la respuesta que tú le has dado, cuando Él te ha llamado y te ha preguntado si estás dispuesto a renunciar a todo, incluso a ti mismo, para tomar tu cruz y seguirlo, para ser en el mundo el mismo Cristo, que actúa en persona, para conquistar el mundo para Él.

Y tú has dicho “sí, hágase en mí según tu Palabra”.

Y tu Señor ha tomado tu “sí”, y lo ha transformado en un “ahora y para siempre”, haciéndote sacerdote configurado con Cristo para la eternidad.

Tú dijiste “sí”, sacerdote, y tu Señor se ha tomado en serio tu palabra.

Y tú, sacerdote, ¿te tomas en serio la Palabra de tu Señor?

¿Has dicho “sí” por tu propia y completa voluntad, entregando en ese “sí” tu vida?

¿Mantienes, sacerdote, ese “sí” todos los días?

¿Es completo tu “sí”, o le pones condiciones?

¿Reflejas con tu ejemplo de vida ese “sí” completo?

¿Manifiestas con tus obras tu fe, reafirmando en ese “sí” tu total entrega al servicio de Dios a través del servicio a la Santa Iglesia?

¿Es tu “sí” total, sacerdote?

Analiza tus actos y tu conciencia, y descubre tu realidad, y date cuenta, sacerdote, que sin un “sí” completo no puedes vivir en la verdad. Entonces, no eres libre.

Busca, sacerdote, tu propia libertad, abandonando tu voluntad en la voluntad de aquel que te pide que seas frío o que seas caliente, pero que no seas tibio.

“Sí”. Esa es la única respuesta a las preguntas de tu Señor. Esa es la correspondencia a su amor.

“No”, es el rechazo a la voluntad de tu Señor.

A veces sí y a veces no, es el desconcierto de tu voluntad, aprisionada por el pecado y encadenada al mundo, que desprecia la gracia de la gratuidad infinita de Dios.

Permanecer abierto a la vida a través de la misericordia de tu Señor. Eso es lo que Él te pide.

Pero, para decirle “sí”, también necesitas su gracia.

Acércate, sacerdote, a tu Señor, con un corazón contrito y humillado que Él no desprecia.

Pídele perdón, dale las gracias, y dile “ayúdame más”, para que perseveres en la humildad, en el “sí”, y en la entrega que de ti espera.

Pídele la gracia, sacerdote, para que puedas decir “sí”, por tu propia y completa voluntad, “aquí estoy Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

Acepta, sacerdote, la voluntad de tu Señor y el plan que tiene para ti, en tu misión para salvar con Él a las almas.

Obedece a esa voluntad, aunque no quieras, aunque no te guste, aunque tengas miedo, aunque te preocupes, aunque no entiendas, aunque sea absurdo.

Escúchalo y agradece que te llama a ti, y que se complace en ti cuando le dices “sí”.

Entrega, sacerdote, el timón de tu vida a tu Señor, y deja que Él sea tu Guía, tu Maestro y tu Pastor.

No juzgues sus designios ni contradigas sus deseos. Antes bien, obedece como un siervo prudente y fiel, porque eso es lo que tu amo merece.

Él, que es tres veces santo, es digno de confianza, es digno de tu amor, es digno de merecer tu abandono, tu confianza y tu obediencia, y tiene derecho de actuar en ti porque un día tú dijiste “sí”. Y ya no eres tú, sino Él quien vive en ti, y en ese “sí” te has embarcado con Él en una maravillosa aventura, diferente cada día, emocionante y a veces desconcertante, bella, a veces difícil, a veces cansada, a veces incomprensible, pero siempre en la esperanza de que esta maravillosa aventura la vives con Cristo, y no tiene fin, porque continúa en el paraíso.

Dile “sí”, sacerdote, a la vida, y vive en Cristo, porque Él es la Vida.

Dile “sí”, sacerdote, al amor, y ama con Cristo, porque Él es el Amor.

Dile “sí”, sacerdote, a la verdad, y consigue la libertad en Cristo, porque Él es la Verdad.

Dile “sí”, sacerdote, al camino que te lleva al paraíso, y camina con Cristo, porque Él es el Camino.

Pídele, sacerdote, a tu Señor, la gracia de la perseverancia en el “sí” todos los días de tu vida, y ábrele tu corazón, para que recibas la gracia y la misericordia de Dios todos los días de tu vida, para que escuches y hagas siempre lo que Él te diga.

Tú no eres digno de tu Señor, sacerdote, pero una sola palabra tuya bastará para sanarte: fiat!