PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – HONRAR EL NOMBRE DE MARÍA
Hermano sacerdote:
hoy es la fiesta del Santísimo Nombre de María.
En el evangelio propio de la fiesta de hoy, tomado de san Lucas: 1, 26-38, se recoge la escena de la Anunciación, en donde el evangelista presenta a nuestra Madre diciendo que el nombre de la virgen era María.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo honramos el santísimo Nombre de nuestra Madre. Revisemos si la veneramos con fe y devoción, si la tratamos como verdadera madre, y si acudimos con confianza a su intercesión.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«El nombre de la virgen era María» (Lc 1, 27).
Eso dicen las Escrituras.
Y también dicen que concibió por obra del Espíritu Santo y dio a luz a un hijo, a quien puso por nombre Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿crees esto?
¿Honras a la Virgen y veneras a la Madre?
¿Respetas y defiendes ese dogma de fe?
Santo es su nombre, bendita es entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de su vientre.
El ángel del Señor anunció a José que no dudara en acoger a su mujer, porque el fruto de su vientre era fruto del Espíritu Santo. Pues a ti, sacerdote, te dice que no dudes en acoger a esa misma mujer que Él ama tanto, como Madre. Y te pide que la lleves a vivir contigo a tu casa.
Y tú, sacerdote, ¿obedeces a tu Señor?
¿Acoges a su Madre como tu verdadera madre, y te comportas como verdadero hijo?
¿Te abandonas en sus brazos, sabiendo que ella te lleva por camino seguro? ¿O te domina la soberbia, y quieres probarte a ti mismo, queriendo hacer todo tú solo, y por tus propias fuerzas?
Persevera, sacerdote, en el cumplimiento de tu misión, que es ser Cristo vivo, para llevar al mundo su salvación.
Tu Señor te manda, sacerdote, que cumplas sus mandamientos, para que permanezcas en su amor, y que escuches su Palabra y la pongas en práctica, porque ese es su padre, su madre y sus hermanos.
Honrarás a tu Padre y a tu madre, ese es un mandamiento de tu Señor, sacerdote. Pues mira que Él dice: Madre, aquí tienes a tu hijo. Hijo, aquí tienes a tu Madre, su nombre es María. Santo es su nombre, y es la causa de tu alegría.
Una madre enseña, auxilia, guía, corrige, protege, cuida, alimenta, sana, viste, acompaña, es maestra, y el discípulo no está por encima de su maestro.
Tu Señor te ha dado una Madre y te ha dado una Reina, para que la sirvas, para que la acompañes, para que luches junto a ella, para que triunfes en la batalla espiritual que te atormenta, y no te deja descansar, porque la tentación acecha.
Recurre, sacerdote, a la asistencia de la omnipotencia suplicante de la Madre que nunca abandona, y del Amigo fiel que siempre perdona, y que al pronunciar su nombre toda rodilla se dobla en el Cielo, en la tierra, y en todo lugar. Su nombre es Jesús, Rey del Universo, y príncipe de la paz.
Glorifica a tu Señor, sacerdote, honrando el nombre de su Madre.
Y tú, sacerdote, ¿crees todo esto? Dichoso tú que has creído, porque se cumplirá todo cuanto tu Señor te ha dicho.
Proclama tu alma la grandeza de tu Señor, y se alegra tu espíritu en Dios tu salvador, porque ha mirado la humildad de su esclavo. Recibe la compañía de tu Madre, sacerdote. Recibe la compañía de María.
