PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PRESENCIA VIVA DEL SEÑOR
Hermano sacerdote:
Hoy es el jueves de la Octava de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Lucas: 24, 35-48, se recoge otra escena del día de la Resurrección del Señor, cuando los discípulos que regresaron de Emaús se encuentran de nuevo con los apóstoles, para contarles lo que les había sucedido. Jesús se aparece con ellos deseándoles la paz, pero se desconciertan y creen que es un fantasma. Él les dice que no teman, les enseña sus llagas, y les pide algo de comer para que se den cuenta que es el mismo que estuvo crucificado, pero con presencia viva. Luego les dice que tenían que cumplirse en Él las Escrituras, y les abre el entendimiento para que comprendan.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre si nos damos bien cuenta de que somos la presencia viva de Cristo, Dios encarnado, de quien debemos dar testimonio, a través de nuestra entrega, para llevar a los hombres el perdón de los pecados y la paz, a través de su palabra y la Sagrada Comunión. Revisemos también cómo es nuestra fidelidad al Papa, con obediencia y fomentando la unidad.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«La paz esté con ustedes».
Eso dice Jesús.
Se lo dijo a sus discípulos.
Y te lo dice a ti, sacerdote, presentándose en medio de los hombres como Dios y como hombre, en Cuerpo, en Sangre, en Alma y en Divinidad, en presencia viva, al partir el pan, en Eucaristía.
Él es la paz, y Él es el mismo ayer, hoy y siempre.
Tu Señor ha venido a traerte la paz, sacerdote, abriendo tus ojos para que lo veas, y tu entendimiento, para que creas en las Escrituras, y en que se cumplirá hasta la última letra, porque Él es la Palabra encarnada en un hombre de carne y hueso, como tú, sacerdote.
Él es el Verbo hecho carne, que habitó entre los hombres, y que fue crucificado, muerto y sepultado, y que resucitó de entre los muertos al tercer día, para que se cumpliera lo que está escrito de Él en las Escrituras, que dicen que el Mesías tenía que padecer, morir y resucitar de entre los muertos al tercer día.
Tú, eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y eres testimonio de que Él es el Mesías, el Cristo, el Hijo único de Dios, que ha venido al mundo a morir para el perdón de los pecados, porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, testigo fiel de que Él resucitó, y vive en ti, y a través de ti se entrega una y otra vez al mundo, para llevar su perdón a todos los hombres, y su paz hasta los confines de la tierra.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, que se presenta en medio de los hombres, como hombre de carne y hueso, que revela al mundo su divinidad, para que el mundo crea que Cristo es el Hijo único de Dios, que ha traído la paz al mundo a través de la redención, pero que es necesario que cada uno se acerque a pedir perdón, y reciba con tu poder la absolución, en el sacramento de la reconciliación.
Tu eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y tienes su poder en tus manos, y su palabra en tu boca, para que, al partir el pan, se abran los ojos de los hombres y lo reconozcan, y para que, al recibir el perdón y la Sagrada Comunión, la paz de Dios reine en cada corazón y sea extendida en cada casa, en cada familia, en toda la tierra.
Arrepiéntete, sacerdote, y cree en el Evangelio.
Conviértete y confirma tu fe en filiación al Papa, que es Pedro, la Roca sobre la que tu Señor construye su Iglesia, y permanece sometido a su obediencia, fortaleciendo la unidad y la fidelidad a la Santa Iglesia.
Es así, sacerdote, como llevas al mundo la paz: reconociendo en el Supremo Pastor la presencia viva de tu Señor. Él predica en su nombre a todas las naciones.
Tú, sacerdote, eres testigo de esto.
