PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – FILIACIÓN DIVINA
Hermano sacerdote:
Hoy es el sábado de la 2da. Semana de Cuaresma.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Lucas: 15, 1-3. 11-32, se recoge la parábola del hijo pródigo, en donde destaca la actitud del padre misericordioso, que perdona y recibe a su hijo, quien malgastó su herencia, y manifiesta su alegría por haberlo recuperado celebrando un banquete.
Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre nuestro sentido de filiación divina. Revisemos si amamos a nuestro Padre Dios, si lo respetamos, lo adoramos, lo obedecemos, le agradecemos, si confiamos en Él, si le pedimos perdón, y si volvemos a Él, arrepentidos, cada vez que lo abandonamos.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios, y lo somos» (1 Jn 3, 1).
Eso dicen las Escrituras.
Esa es su heredad, sacerdote, y es por su heredad que tú recibes el Paraíso prometido de tu Señor; y es por heredad que el Padre merece ser tratado como padre; y es por heredad que tú has merecido por el Hijo ser tratado como hijo, porque de verdad lo eres.
Y tú, sacerdote, ¿cómo vives la filiación divina?
¿Te reconoces como verdadero hijo y reconoces a Dios como verdadero Padre?
¿Te reconoces necesitado y miserable, y reconoces ante todo el poder y el amor de tu Padre?
¿Te reconoces pecador e indigno de merecer la heredad del Padre y reconoces su bondad y su misericordia?
¿Respetas, sacerdote, a tu Dios, como a un verdadero padre?
¿Lo amas por sobre todas las cosas y lo obedeces?
¿Lo adoras, sacerdote, y le agradeces?
¿Abres tus manos y las elevas, clamando al cielo, para pedir como un hijo pide a su padre, y recibir su providencia?
¿Confías en Él?
Entonces, sacerdote, no tienes nada de qué preocuparte.
¿Acaso no eres tú más que los lirios del campo y que las aves del cielo?
Te ha llamado sacerdote, y te ha llamado a ti primero.
Como hijo predilecto te ha mostrado un amor hasta el extremo.
No solo te ha dado a su Hijo para salvarte, sino que lo ha hecho como tú para guiarte, porque no tienes un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de tus debilidades, sino que, de manera semejante a ti, ha sido probado en todo como tú, menos en el pecado.
Tu Señor te pide que te acerques, sacerdote, para recibir su gracia y su misericordia, para que, como Él, tú también resistas a la hora de la prueba y no caigas en el pecado, para que alcances con Él su Paraíso.
Esa, sacerdote, es su heredad, porque todo lo que es de su Padre es suyo, y lo suyo es de su Padre. Y tú eres de Él, sacerdote, y Él es glorificado en ti.
No malgastes, sacerdote, los dones que tu Padre te ha dado.
Multiplícalos, ofréceselos, entrégaselos con creces, porque para eso te los ha dado. No para que los malgastes, los malogres y los despilfarres, porque los dones que te ha dado tu Señor son finitos, sacerdote, como tú: se acaban.
Busca la eternidad de tus obras, sacerdote, dando fruto, porque el fruto permanece.
Busca, sacerdote, creer en el Hijo de Dios y poner tu fe por obra, para que alcances la vida eterna, porque esa es su heredad.
Eso es lo que tu Padre que está en el cielo te quiere dar.
Pero te conoce, sacerdote, y conoce tu debilidad. Entonces te da su perdón a través de su misericordia y la gracia, para que puedas obrar tu fe y dar fruto que permanezca.
Y, si un día, sacerdote, te alejaras, te desviaras del camino y te perdieras, si desperdiciaras todos los regalos que te ha dado tu Señor y despreciaras su heredad, pídele que te lleve hasta el fondo de la amargura, hasta el desprecio, en medio del desierto de la soledad, hasta dejarte sin nada, despojándote de ti, porque para eso también te faltan fuerzas.
Entonces pídele que te llene de Él y déjate encontrar, sabiendo que Él nunca te deja de buscar.
Abre tu corazón y recibe el abrazo misericordioso de tu Padre, confiando en el amor del Hijo fiel que permanece a la derecha de su Padre y que, viendo que tú ya no tienes nada, se compadecerá de ti y compartirá contigo su Paraíso; te sentará a la mesa y Él se sentará contigo; comerás con Él y Él comerá contigo, porque esa, sacerdote, es su heredad.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve al camino correcto.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve al amor primero.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Te está esperando con los brazos abiertos.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve a la presencia de tu Señor con el corazón contrito y humillado que Él no desprecia.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve a pedir perdón setenta veces siete.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve a casa y al abrazo misericordioso de tu Padre.
Te está esperando para perdonarte, para amarte, para convertir tu corazón de piedra en corazón de carne.
¡Vuelve, sacerdote, vuelve!
Vuelve al servicio de tu Señor y cumple, sacerdote, tu misión. Y esta vez cuida, agradece, valora y protege lo que tu Padre te dio, para que se lo devuelvas con creces, como hace un verdadero hijo con su Padre, que te da la vida y que se alegra cada vez que tú regresas, porque Él siempre te espera.
Reúne a su pueblo, sacerdote, y dales lo que les corresponde: misericordia, sacerdote, misericordia, porque Cristo ha querido hacerlos hijos a todos por filiación divina. Y esa sacerdote, es la heredad del Padre, a través del Hijo, por el Espíritu Santo, para que todo el que crea en que Cristo es el único Hijo de Dios, no muera, sino que tenga vida eterna.
Esa, sacerdote, es la misericordia del Padre.
Esa, sacerdote, es su heredad.
Ese es el amor tan grande del Padre que tú debes enseñar, para que todos sean uno como el Hijo y el Padre son uno, y sean llamados hijos del Padre misericordioso, porque lo son.
