PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – DAR TESTIMONIO DE FE
Hermano sacerdote:
hoy es el jueves de la 2ª. Semana de Cuaresma
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Lucas: 16, 19-31, se recoge la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. El rico se daba espléndidos banquetes, y el pobre ansiaba comerse las migajas que caían de la mesa. Al morir los dos el rico se fue al lugar de castigo y Lázaro al seno de Abraham. Cuando el rico le pide a Abraham que les advierta a sus hermanos, le contesta que tienen a Moisés y a los profetas. Si no los escuchan no se arrepentirán, aunque resucite un muerto.
Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en esa parábola del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cuidamos nuestra responsabilidad de predicar el Evangelio. Revisemos si vivimos bien la caridad de dar a Cristo a las almas, con la palabra y con nuestro ejemplo, dando testimonio de fe.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«No ruego solo por estos, sino por los que van a creer en mí por su palabra» (Jn 17, 20).
Eso dice Jesús, sacerdote.
Y su Palabra te compromete.
¡Ay de ti, sacerdote, si no predicas el Evangelio!, porque de ti depende la salvación de los demás.
Y, ¿cómo van a creer si no hay quien les enseñe la verdad?
Y, ¿cómo van a conocer la verdad si no hay nadie que les predique la Palabra?
Y, ¿cómo van a creer que Jesús es el Hijo de Dios y que ha venido a salvarlos, si nadie se los dice?
Tú eres, sacerdote, el profeta, el que lleva la buena nueva, el que corrige, el que perdona, el que enseña.
El pueblo de Dios nada puede sin ti, sacerdote, porque sin Cristo nada se puede; y sin ti, sacerdote, no hay Cristo que los guíe, que los conduzca, que les enseñe, que les dé ejemplo y que les haga creer que Cristo ha venido al mundo a morir por ellos para salvarlos.
La caridad es darle al otro lo que necesita, y no hay caridad más grande, sacerdote, que dar a Cristo, que es todo lo que los hombres necesitan.
Él te ha llamado a ti y te ha elegido a ti, y ha rogado por ti para que creas en Él, para que seas configurado con Él, para que salves a las almas por Él, para que, por Cristo, con Él y en Él, todos sean uno, para que, así como Él es en el Padre y el Padre es en Él, todos sean uno en ellos, para que el mundo crea que el Padre ha enviado al Hijo y todos se salven.
Predica, sacerdote, el Evangelio.
Predícalo con tu palabra y con tu ejemplo, siguiendo una sola doctrina y un solo Magisterio, y lleva al mundo tus obras de fe con esperanza y con caridad, para que des ejemplo de una fe viva, como vivo es tu Señor en la Eucaristía, porque una fe sin obras, sacerdote, es una fe muerta.
Vive con la alegría de la esperanza y practica la caridad.
Tres grandes virtudes, sacerdote, es lo que tú debes practicar y enseñar; pero de las tres, sacerdote, la caridad es la más grande, porque puedes tenerlo todo, sacerdote, pero si no tienes caridad nada eres y nada te aprovecha.
Caridad para el prójimo a través de tus obras. Eso es lo que te pide tu Señor, sacerdote.
Misericordia quiere y no sacrificios.
Lleva al mundo tu testimonio de fe, sacerdote, a través de tus obras de misericordia, impartiendo los sacramentos, que son fuente de vida y de esperanza, con caridad.
Entonces el mundo creerá que tú has sido enviado por Cristo, así como el Padre lo ha enviado a Él, y entonces creerán en Él y lo seguirán, imitando tus obras, haciendo lo que tú les dices, siguiendo tus consejos, y creerán en Él, porque creen en ti, sacerdote.
Porque si ellos no creen en ti, que eres profeta, y en la ley que Dios les exige a través de ti, entonces no creerán en Él, porque no creerán, ni aunque resucite un muerto; y si no creen que hay resurrección de los muertos, entonces tampoco creerán que Jesucristo ha resucitado, y si Cristo no resucitó, vana es tu predicación y vana es tu fe, sacerdote.
Pero tú sabes, sacerdote, que Cristo resucitó y está vivo.
Cristo vive en ti, sacerdote, y a través de ti vive en cada uno.
Tu Señor te envía a regir, enseñar y gobernar al mundo, para que el mundo por ti crea, sacerdote, para que todo el que crea en que Cristo es el Hijo único de Dios, se salve.
