PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – RECIBIR Y PRACTICAR LA PALABRA
Hermano sacerdote:
hoy es la fiesta de la Presentación del Señor.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Lucas: 2, 22-40, se recoge la escena cuando María y José llevaron al Niño al Templo para presentarlo al Señor. Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo que sus ojos vieron al Salvador, luz que alumbra a las naciones. Luego dijo a María que ese niño ha sido puesto como signo que provocará contradicción. La profetisa Ana hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre nuestra disposición para recibir la luz de Cristo a través de su palabra, ponerla en práctica y transmitirla a todo el mundo. Revisemos también si nos contradecimos a nosotros mismos cuando no cumplimos con nuestro deber.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en la oscuridad, sino que tiene la luz de la vida» (Juan 8, 12).
Eso dice Jesús, esa es su Palabra.
En el principio era la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y por ella se hizo la vida. Y la vida era la luz de los hombres, y la Palabra era la luz, y la luz vino al mundo para iluminar la oscuridad de los hombres.
Pero los hombres no la recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz.
Pero la luz se quedó entre los hombres a través de ti, sacerdote.
Tú eres la luz del mundo, sacerdote, que iluminas al mundo con la Palabra de tu Señor.
Predica la Palabra, sacerdote, para que enciendas la luz en los corazones de los hombres.
Pero primero, sacerdote, recíbela tú, para que seas encendido en el fuego del amor de Cristo, para que su Palabra atraviese tu corazón, como espada de dos filos, para que, a través de ti, llegue la luz de la Palabra a todos los rincones del mundo.
Haz tuya la Palabra, sacerdote, porque es el mismo Dios el que llega hasta tus entrañas y enciende la llama ardiente de tu corazón, para que tu luz nunca se apague.
Sacerdote: escucha la Palabra del Señor y ponla en práctica, aplicándola a tu vida en cada acto, en cada obra. Cada Palabra y cada letra, porque hasta la última letra será cumplida.
Haz tuya la Palabra, sacerdote, para que ilumine tu vida, porque nadie puede dar lo que no tiene.
Contradicción, sacerdote, contradicción, así es la Palabra del Señor, que está puesta para ruina y resurgimiento de muchos, para que queden al descubierto los pensamientos de muchos corazones, para que sean convertidos cuando sean iluminados sus caminos, y endereces, sacerdote, los senderos del Señor.
No camines sacerdote en la oscuridad, sino en la luz, para que brillen tus pasos, dejando huella para los miembros de tu rebaño, que caminan siguiendo a su Pastor.
No permitas, sacerdote, que se pierdan: guíalas. Mira que están perdidas, mira que sin tu luz caminan como ovejas sin pastor.
Sacerdote: eres tú signo de contradicción, pero a veces no eres el mismo signo de contradicción de Cristo, sino que te contradices a ti mismo; cuando no haces lo que predicas y cuando haces lo que prohíbes; y cuando hablas con la verdad, pero con tus obras mientes.
Eres contradicción para tu vocación cuando te resignas y no cumples tu misión, cuando te comportas como un rico y no vives la pobreza, cuando excedes tu cuerpo, entregado a las pasiones del mundo, y no respetas la sotana con que vistes; cuando tu boca no dice buenas palabras ni habla palabras de amor, porque la boca siempre habla de lo que está lleno el corazón.
Eres contradicción para la Santa Iglesia cuando criticas el Magisterio y te burlas del ministerio; cuando desobedeces al Espíritu Santo, que te dirige a través del consejo de otro que, como tú, vive la Palabra, pero no la contradice.
Sacerdote: eres contradicción para el mundo cuando no obedeces al que representa al mismo Dios en la tierra, que es la roca en la que se construye la Santa Iglesia: el Papa.
Sacerdote: te contradices a ti mismo cuando predicas, pero tú mismo no escuchas la Palabra. Y más te contradices cuando te dices humilde, pero no te humillas a ti mismo ante el confesionario, reconociéndote pecador y pidiendo perdón, para convertirte en un signo de contradicción igual a tu Señor, que abra corazones y que santifique almas, que convenza la razón de los hombres, para que entreguen su vida a la voluntad de aquel que es la luz y que vendrá de nuevo al mundo, esperando que, por ti, el mundo la reciba.
Sacerdote: tú eres la luz del mundo en la que el Señor confía y en la que se gloría.
Sacerdote: recibe la luz de tu Señor, para que lleves al mundo la vida, que es la luz de los hombres.
