Lc 2, 36-40 - 30 de Diciembre - Día VI de la Octava de Navidad
Lc 2, 36-40 - 30 de Diciembre - Día VI de la Octava de Navidad
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CON EL ARMA DEL AMOR

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Hermano sacerdote:

hoy es el día 30 de diciembre, VI día dentro de la Octava de Navidad

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Lucas: 2, 36-40, se recoge la segunda parte de la escena de la presentación del Señor en el Templo. La profetisa Ana no se apartaba del templo sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ella habló del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en esa escena del santo evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra lucha para vencer, con las armas del amor, en las batallas contra nuestras debilidades y fragilidades.

 Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Eso dice Jesús.

El arma con la que se vence es el amor.

Es así como vence Jesús, con amor. Él es el amor. Y es con Él, sacerdote, la única manera de ganar todas las batallas.

Confía, sacerdote, en el amor. Recibe, sacerdote, al amor. Y ama.

Es así como destruyes toda tentación, todo conflicto, toda dificultad, en cualquier situación.

Es así como Cristo actúa, resolviendo, reconciliando, sanando, salvando.

Es así, uniendo con amor, la única manera, porque Él es el único mediador.

Sacerdote: cualquier momento y cualquier pretexto es bueno para actuar manifestando el amor de Dios, porque todos los días son días del Señor, y el Señor es bondad y es misericordia.

Él justifica al hombre a través del amor, para unirlo al Padre en filiación divina, para darle su heredad, que solo el amor puede ganar.

Sacerdote: tu Señor, siendo un gigante, se ha hecho pequeño, por amor, porque tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo que, siendo Dios, se hizo hombre, para salvar a los hombres, haciéndose como ellos, pequeño, salvándolos en lo ordinario, en lo pequeño, por amor, muriendo como un miserable, el más pequeño entre los pequeños, en una cruz, en medio del dolor, atado de manos y pies, coronado de burla, totalmente entregado en las manos de los hombres, como cordero, para perdonarles todos sus pecados.

Y desde esa humillante inmolación de su pequeña humanidad, ha vencido todas las batallas en un único y eterno sacrificio, por amor.

Y siendo pequeño, ha vencido al gigante de la muerte, para demostrar que el más pequeño es el más grande en el Reino de los Cielos, y tiene todo el poder, porque en Él se contiene todo el poder del amor.

Y amando hasta el extremo se quedó entre los hombres, para alimentarlos, para fortalecerlos, para enseñarles el camino de la salvación.

El camino es el amor.

Sacerdote: ¿estás dispuesto a convertir en amor tu ira, tu dolor, tu impotencia, tu frustración?

¿Estás dispuesto a transformar en amor tu deseo, tu ilusión, tu pasión, tu valentía y tu cobardía?

¿También tu alegría y tu sufrimiento, tu anhelo y tu esperanza, tu fe y tu confianza, tu debilidad y tu fragilidad?

Pero para amar, hay que recibir. Porque amar es dar, y nadie puede dar lo que no tiene.

Recibe, sacerdote, al amor, porque a ti se te ha concedido la capacidad de amar, de recibir, de entregar, de corresponder a la gracia que, a ti, sacerdote, se te da, por tu estado sagrado.

Tú, sacerdote, tienes la capacidad de tener un amor tan grande como el que tiene Él, Cristo, porque Él vive en ti, está vivo, Él es el amor, solo tienes que abrirle tu corazón.

Ábrete, sacerdote, a recibir la gracia y la misericordia de Dios, y entonces, conocerás el amor.

El amor es don, y por ese don, harás milagros.

El primer milagro, sacerdote, es la conversión de tu corazón. Convierte con ese amor tu corazón de piedra en corazón de carne, para que se mueva, para que actúe, para que se entregue, para que venza al mundo ganando todas sus batallas.

Sacerdote, tú eres pequeño, aunque a veces te sientas grande.

¿Estás dispuesto, sacerdote, a volver a ser como niño, para tener los mismos sentimientos de Cristo?

¿Obedeces en todo momento, primero a Dios, antes que a los hombres?

Ese es el poder que tú tienes, sacerdote. El poder de discernir la voluntad de Dios, por el Espíritu Santo que se te ha dado, y que te muestra la verdad con amor.

¿Reconoces, sacerdote, que la obediencia a la voluntad de Dios, por amor de Dios, gana para ti todas las batallas?

Misericordia, sacerdote, misericordia, ese es el amor de Dios manifestado a través de ti a los hombres. Ese es el triunfo del Señor.