Jn 1, 1-18 - 31 de Diciembre - Día VII de la Octava de Navidad
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL DESEO DE JESÚS

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Hermano sacerdote:

hoy es el día 31 de diciembre, VII día dentro de la Octava de Navidad.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan 1, 1-18, se recoge el Prólogo del cuarto Evangelio

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en este último día del año, que es buen momento para formular deseos para el año que comienza, en qué tanto nos damos cuenta de que somos nosotros mismos, sacerdotes, el deseo más ardiente del Corazón de Jesús.

Acudamos a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo debe ser nuestra vida, para que podamos responder eficazmente a los deseos de Jesús.

Meditemos, como nuestra Madre, todas esas cosas en nuestro corazón.

«Dejen que los niños se acerquen a mí» (Mc 10, 14).

Ese es el deseo de Jesús.

Porque de los niños es el Reino de los Cielos.

Sacerdote, que seas tú como niño.

Ese es el deseo de Jesús.

Para que otros al ver tu alegría, tu sonrisa y tu inocencia, quieran ser como tú y se hagan como niños, y tú los lleves a Jesús.

El deseo de Jesús es la fe de sus amigos, para que crean en Él, porque todo el que crea en Él no morirá, sino que tendrá vida eterna.

Ese es su deseo.

El deseo de Jesús es tu alegría, porque es así como expresas que Él vive en ti.

El deseo de Jesús es tu esperanza, alimentada en la confianza de Aquel que te ama, que te acompaña y que nunca te abandona, porque Él vive en ti.

El deseo de Jesús, eres tú, sacerdote, porque desde antes de nacer Él ya te conocía y te llamó por tu nombre.

El deseo de Jesús es tu fidelidad a la amistad de Aquel que es tu amo y tu Señor, pero que no te ha llamado siervo, sino que te ha llamado amigo, porque todas las cosas que ha oído de su Padre te las ha dado a conocer.

El deseo de Jesús es tu caridad, para que ames a tus hermanos como Él te vino a enseñar, porque es así como tú le demuestras tu amor, tu entrega y tu fidelidad.

El deseo de Jesús es que nunca estés solo, porque te ha dado a su Madre para que la lleves a vivir contigo, y ella siempre te acompañe.

El deseo de Jesús es que te muestres Hijo, para que dejes que ella se muestre Madre.

El deseo de Jesús, eres tú, sacerdote.

Él quiere que tú te salves.

Él quiere la conversión de tu corazón de piedra en un corazón de carne.

Él quiere que lo recibas, porque su deseo es que lo dejes amarte.

Él te ama. Y su deseo más grande es que tú también lo ames.

El deseo de Jesús es que reúnas a su rebaño en un solo rebaño y con un solo Pastor, para que todos se salven.

Pero, sacerdote, ¿de qué te sirve salvar al mundo entero, si no te salvas a ti mismo?

¿Qué alegría vas a darle a Jesús si no cumples sus deseos?

El deseo de Jesús es que le abras la puerta, para que cenes con Él y Él contigo.

El deseo de Jesús es que escuches su voz, porque está a la puerta y llama.

El deseo de Jesús es que comprendas cuánto te ama.

Ha venido primero por ti, porque te ama.

Te ha llamado primero a ti, porque te ama.

Te ha elegido primero a ti, sacerdote, porque te ama con locura divina. Tanto, que es a ti a quien configura para mostrase al mundo a través de ti.

Eres tú, sacerdote, el deseo más ardiente del corazón de Jesús.

¿Cuál es tu deseo más grande?

Reflexiona, sacerdote, en la profundidad de tu corazón y descubre cuál es para ti tu mayor deseo.

Y cuando encuentres que tu deseo más grande es Jesús, entenderás que, para cumplir tu deseo, debes cumplir primero los deseos de Jesús, cumpliendo primero su mayor deseo, que eres tú.