Jn 2, 13-22 - Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CUIDAR Y MANTENER DIGNO EL TEMPLO

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Hermano sacerdote:

hoy es la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 2, 13-22, se recoge la escena de la expulsión de los mercaderes del Templo. Jesús les reclama que convirtieron en un mercado la casa de su Padre. Los judíos le piden una señal para demostrar que tiene autoridad para actuar así, y el Señor les responde que destruyan el templo y en tres días lo reconstruirá. Él hablaba del templo de su cuerpo.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cuidamos que la morada de Jesús, que es nuestro cuerpo, se mantenga digno. Revisemos si nos reconciliamos con Cristo cuando destruimos su templo por el pecado, agradeciendo al Señor que quiera vivir dentro de nosotros, y defendiendo con celo apostólico lo sagrado.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

«Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré».

Eso dijo Jesús.

Y eso hizo Jesús, porque Él siempre cumple sus promesas.

Y tú, sacerdote, ¿cumples tus promesas?

¿Haces lo que dices, por más difícil que parezca?

¿Crees en la Palabra de tu Señor, y en que se cumplirá hasta la última letra?

¿Permites que esa Palabra se cumpla en ti?

¿Eres dócil a las mociones del Espíritu, y lo dejas obrar en ti, y a través de ti?

¿Mantienes tu morada digna y dispuesta para que Dios viva en ti?

¿Cuidas y proteges esa morada con tu vida, y la defiendes hasta de ti mismo, de tus miserias, y de la debilidad de tu carne, porque el celo de la casa de tu Padre te devora?

Tú eres un templo de Dios, sacerdote. No eres tú, sino es Cristo quien vive en ti. Por tanto, reconoce tu riqueza, sacerdote, en medio de tu miseria, y pídele a Dios la gracia de agradecer este don inmerecido y la misericordia que ha tenido contigo por haberte elegido para llevar un tesoro en una vasija de barro.

Tu Señor, siendo Dios, se hizo hombre, y ha padecido y ha muerto por ti, sacerdote, y ha resucitado al tercer día para darte vida, para que vivas en Él como Él vive en ti, para que creas en Él y en su Palabra, para que, haciendo lo que Él dice, hagas sus obras y aun mayores.

Tu Señor ha hecho nuevas todas las cosas, sacerdote. Su sacrificio es único y eterno, y renueva y reconstruye constantemente el templo que tú destruyes con tu pecado, cuando te acercas a Él con el corazón contrito y humillado, y pidiendo perdón vuelves a la reconciliación con aquel que tanto te ha amado que no se ha ido, sino que se ha quedado a vivir en ti, contigo, a pesar de haberlo crucificado, de haberlo abandonado, porque caíste cuando fuiste tentado.

Tú eres el templo de Dios, sacerdote, y Dios no se muda, nunca abandona, no te deja solo, es paciente y todo te perdona.

Tu Señor ha renunciado a todo por ti, ha dejado la gloria que tenía con su Padre antes de que el mundo existiera, para vivir en ti, para hacer de ti su morada, un templo vivo en el que habita su Santo Espíritu, que te une a Él, y es a Él a quien perteneces.

Cuida, respeta, protege, defiende y custodia tu cuerpo, sacerdote, con el celo apostólico de quien cuida lo sagrado para que no sea profanado, porque tú, sacerdote, ya no te perteneces, tu cuerpo es el cuerpo de Cristo, y el que lo ofende es a Él a quien ofende; el que lo maltrata, es a Él a quien maltrata; el que lo pone en ocasión de pecado y comete pecado, es a Él a quien crucifica. Pero quien mantiene digno el templo, lo santifica, y quien en él construye las obras de Dios, lo glorifica.