PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ALIMENTO DE VIDA
Hermano sacerdote:
Hoy es el viernes de la Octava de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 21, 1-14, se recoge la escena de una de las apariciones de Jesús resucitado, cuando desde la orilla del lago de Tiberíades les dice a sus discípulos que echen la red a la derecha de la barca. Ellos lo hicieron y las redes se llenaron de 153 pescados. Reconocieron a Jesús, quien los invitó a almorzar.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre si nuestro trabajo sacerdotal se apoya en la confianza en la providencia divina, fruto de nuestra oración, y si lo unimos, como ofrenda, al sacrificio del altar.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Muchachos, ¿tienen algo de comer?»
Eso preguntó Jesús a sus discípulos.
Y eso mismo te pregunta a ti, sacerdote.
Y te envía a echar las redes al mar, para que consigas el alimento con tu trabajo y el sudor de tu frente.
Y tú, sacerdote, ¿has pescado algo?
¿Escuchas la Palabra de tu Señor y lo obedeces?, ¿o echas las redes al mar y pretendes pescar con tus propias fuerzas?
¿Confías en la providencia de un Padre misericordioso y amoroso, que te da todo, hasta su heredad, por filiación divina?
¿Pides al Padre con humildad y con la insistencia de un hijo?
Confía, sacerdote, porque ¿qué padre hay que, si su hijo le pide un pez, le dé una piedra?
Y disponte a recibir, uniendo tu voluntad y tu trabajo, a la voluntad y la providencia de tu Padre, para que ofrezcas el fruto de tu trabajo a tu Señor, y Él lo una a su sacrificio redentor, y sea una sola ofrenda agradable a Dios.
Transforma, sacerdote, la ofrenda, en alimento de vida y en bebida de salvación. Tú tienes el poder en tus manos, de transformar tu trabajo y el trabajo de los hombres, en el Cuerpo y en la Sangre de tu Señor, en el único y eterno sacrificio, que renuevas todos los días en cada celebración.
Participa, sacerdote, de la mesa de tu Señor. Mira que está a la puerta y llama. Si tú le abres la puerta, Él entrará y cenará contigo y tú con Él.
Escucha, sacerdote, las palabras de tu Señor, y echa las redes al mar, para que puedas pescar, y lleves en tu ofrenda muchas almas al altar, para que sean transformadas en acción de gracias, en don, en comunión, en alimento, en sacrificio, en ofrenda, en sacramento, en Eucaristía.
Permanece atento, despierto, en vela, porque tu Señor viene a tu encuentro en todo momento, para que lo reconozcas cuando escuches su voz, cuando parta para ti el pan, cuando coma contigo, compartiendo todo con alegría, como lo hacen los amigos.
Realiza tu trabajo, sacerdote, buscando la perfección, practicando con virtud tu ministerio, pero dedicando siempre un tiempo para la oración, porque muchas cosas son importantes, pero solo una es necesaria: escuchar a tu Señor.
Acude, sacerdote, con prontitud, cuando tu Señor te llama, pero procura nunca ir con las manos vacías. Llévale al altar tu ofrenda de cada día, fruto de tu trabajo y de tu sacrificio, pero siempre con alegría, para unirla a la cruz de tu Señor, para que sea transformada en la vida de su resurrección.
Pero recuerda, sacerdote, que tu Señor ha dicho: “misericordia quiero y no sacrificios”.
Dale de comer al hambriento, y dale de beber al sediento.
Y reconoce que ese alimento y esa bebida es tu Señor, y lánzate a su encuentro.
¡Reconócelo! ¡Tu Señor está vivo!
¡Atrévete! ¡Échate al mar!
Deja las redes y síguelo.
