Jn 21, 20-25 - Sábado VII de Pascua
Jn 21, 20-25 - Sábado VII de Pascua
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 PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SEGUIR EL LLAMADO 

Hermano sacerdote:

hoy es el sábado de la 7a. Semana de Pascua.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 21, 20-25, se recoge la escena en la orilla del mar de Tiberíades, en donde Pedro le pregunta a Jesús qué va a pasar con el discípulo amado. El Señor responde: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra respuesta al Señor cuando nos dice "sígueme". Revisemos si nos damos cuenta de que seguirlo implica dejar todo y vivir en la virtud de imitarlo. Y hagamos examen sobre cómo es nuestro recurso al Espíritu Santo para pedirle sus dones y luces para servir y cumplir la voluntad de Dios.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Sígueme».

Eso dijo Jesús.

Y te lo dijo a ti, sacerdote, de manera particular, porque esa entrega es individual, y es la respuesta de la intimidad de tu alma, dispuesta a seguir a tu Señor, para hacer su voluntad.

Tu Señor te dice: “sígueme”. Y espera de ti una respuesta concreta, acompañada de pasos decididos detrás de Él, siguiendo sus huellas en el camino.

“Sígueme”. Eso es lo que tu Señor te pide todos los días, sacerdote, porque desde antes de nacer Él ya te conocía, y te tenía consagrado para Él.

“Sígueme”. El llamado es fuerte y claro, como la primera vez. Escúchalo, sacerdote, y deja todo: casa, hermanos, padre, madre, tierras…, sin importarte, porque recibirás el ciento por uno en esta vida, y en la otra la vida eterna.

Tu Señor te ha llamado, sacerdote, y tú has dicho sí. Has acudido al llamado y has perseverado con la ayuda del Espíritu Santo, que te ha sido enviado para que puedas seguir sus pasos, con Espíritu de Fortaleza, Espíritu de Sabiduría, Espíritu de Entendimiento, Espíritu de Consejo, Espíritu de Ciencia, Espíritu de Piedad, Espíritu de Temor de Dios, Espíritu de Verdad, que te revela el amor de Dios, inquietando tu alma, llenándola y desbordándola.

“Sígueme”. Eso te dice tu Señor, sacerdote, y es un gran compromiso y una gran responsabilidad, porque tu respuesta proviene solo de ti, de tu amor, de tu humildad y de tu generosidad, para entregar tu vida para servir a Dios, a través del servicio a los demás.

Seguir a Jesús, sacerdote, ese es el llamado.

Seguir a Jesús es seguir al Amado.

Seguir a Jesús es seguir al Crucificado.

Seguir a Jesús es configurarse con el Resucitado.

Seguir a Jesús es encontrar el Camino, la Verdad y la Vida.

Por lo tanto, seguir a Jesús es caminar con alegría, permaneciendo en Él, para hacer sus obras y aún mayores, todos los días de tu vida.

Y tú, sacerdote, ¿lo sigues?

¿Haces lo que te dice?

¿Entiendes tu llamado como un llamado de amor de predilección, o lo atiendes por obligación?

Tú eres, sacerdote, la voz de tu Señor, sus manos y sus pies.

Pídele, sacerdote, al Espíritu Santo, que ilumine tu vida con la luz de Cristo vivo, para iluminar al mundo entero.

Pídele, sacerdote, al Espíritu Santo, que venga a ti, que habite en ti, que permanezca, para que, con sus frutos y sus carismas, sirvas bien a la Santa Iglesia, siguiendo los pasos de tu Señor.

Permanece dispuesto, sacerdote, a escuchar las palabras de tu Señor, y a ponerlas en práctica, para que puedas seguirlo, para que puedas servirlo, para que puedas transmitirlo con la gracia del Espíritu Santo, que te enseña y te recuerda todas las cosas.

Acepta la voluntad de Dios para ti, y para los demás, pidiéndole al Espíritu Santo, que te ayude a discernir esa voluntad, para poderla cumplir.

Pídele a tu Señor que sea Él quien dirija tus pasos, para que sepas guiar a los que te siguen, y no se pierdan, sino que en ti encuentren el camino.

Ten el valor de dejarlo todo, y acude a la oración, sacerdote. Y en el silencio interior, descubre la voz de tu Señor que te llama, y ¡síguelo!