PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ALIMENTAR CON LA EUCARISTÍA
Hermano sacerdote:
Hoy es el viernes de la 2da. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 6, 1-15, se recoge la escena de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesús pone a prueba la fe de Felipe, y Andrés menciona que un muchacho trae cinco panes y dos pescados. El Señor realiza el milagro multiplicando ese alimento, y pide recoger las sobras, llenando doce canastos.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra obediencia de la fe. Revisemos si damos testimonio al pueblo de Dios con nuestra fe, predicando y viviendo la Palabra de Dios, y saciando su hambre con el alimento de vida.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«El que les comunica el Espíritu y obra milagros entre ustedes, ¿lo hace por virtud de las obras de la ley, o por obediencia a la fe?» (Gal 3, 5)
Eso dicen las Escrituras, y es Palabra de Dios que te cuestiona a ti, sacerdote, como discípulo, como apóstol, como pastor, como ministro, como siervo, como amigo, como hijo de Dios.
Y tú, sacerdote, ¿qué respondes?
¿Sigues el ejemplo de tu Maestro y lo obedeces?
¿Vives de la fe?
¿Confías en tu Señor y en su poder?
¿Haces sus obras?
¿Das testimonio de tu fe?
¿Realizas los milagros de tu Señor con el poder de tus manos, y le das a su pueblo de comer?
Tu Señor es quien obra en ti, sacerdote, pero, tú eres quien predica su Palabra para que crean en Él.
Míralos, y ten compasión, porque caminan como ovejas sin pastor.
Aliméntalos con el Cuerpo y la Sangre de tu Señor, y luego llena doce canastos con tu testimonio de fe, para que pase de generación en generación, y todos crean que la Eucaristía es un milagro patente. Es el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, y su presencia viva, real y substancial que da vida.
Por tanto, sacerdote, el pueblo de Dios depende de tu fe, de tus palabras y de tus obras. Ten compasión y dale de comer, y luego recoge las sobras, porque el que no recoge desparrama.
Reserva, sacerdote, con devoción y con verdadera adoración, el Santísimo Sacramento, y protégelo con tu vida, porque en Él está la vida, que es el centro de la fe; porque si tú no crees que tu Señor ha resucitado, vana es tu fe.
Pon en obra tu fe, sacerdote, y practica lo que predicas, ejerciendo tu ministerio santamente, amando al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Confía en el poder que Él te ha dado para darle vida al mundo, y entonces harás milagros, para que el mundo vea y crea que tú eres un verdadero profeta, enviado por Dios; cuando no te vean a ti, sino al Cristo que vive en ti, y que se hacen uno, al ofrecerte con Él en un único y eterno sacrificio: el Santo Sacramento del altar, que siendo tan solo un pan, se convierte en alimento de vida, y se multiplica, y contiene en sí todo un Dios en cada partícula, para darse como alimento, para saciar a su pueblo, reuniéndolos en un solo rebaño y con un solo Pastor.
Tú eres, sacerdote, testimonio de fe.
Tú eres el primero que debe de creer, para que el mundo crea, para que confirmes su fe, y no mueran, sino que tengan vida eterna.
Dales, sacerdote, de comer, el Sacramento de tu fe, para que sacies su hambre y su sed, y anuncies con ellos la muerte de tu Señor, y proclamen su resurrección, hasta que vuelva.
Obedece, sacerdote, a la fe, como tu Señor.
