Jn 8, 1-11 - Lunes V de Cuaresma
Jn 8, 1-11 - Lunes V de Cuaresma
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CONFESAR Y CONFESARSE

Hermano sacerdote:

hoy es el lunes de la 5a. Semana de Cuaresma.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 8, 1-11, se recoge el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio. Le dicen a Jesús que Moisés manda en la ley apedrearla. El Señor responde que el que esté sin pecado le tire la primera piedra. Los acusadores se fueron y Jesús le dijo a la mujer que Él no la condena, que se vaya y no vuelva a pecar.

Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo administramos la misericordia. Revisemos si nosotros mismos nos arrepentimos y pedimos perdón, y también si condenamos o tenemos compasión y perdonamos.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra».

Eso dice Jesús.

Y tú, sacerdote, ¿te atreves a arrojar la primera piedra?

¿O te humillas ante tu Señor con el corazón contrito, dispuesto a recibir su perdón por su misericordia?

¿Perdonas, sacerdote, al pecador?, ¿o lo juzgas y lo despides lleno de vergüenza y cargando con su pecado?

¿Juzgas y condenas?, ¿o te llenas de compasión y perdonas?

¿Eres paciente, y corriges y aconsejas, para que no pequen más?

¿Eres misericordioso, sacerdote?

Tu Señor te ha dicho que los misericordiosos recibirán misericordia.

Sé misericordioso, pero también acércate a recibir la misericordia, porque tú también la necesitas, sacerdote.

Acércate, sacerdote, al confesionario, que tiene dos lados: el del confesor y el del pecador.

Haz conciencia, sacerdote, y reconoce de qué lado deberías ponerte hoy.

Arrepiéntete, sacerdote, y cree en el Evangelio, y practica la Palabra de tu Señor, perdonando al que se equivoca, y pidiendo perdón, cuando reconozcas que el que tú confiesas no es el único pecador.

Misericordia quiero, y no sacrificios. Eso es lo que te pide tu Señor, sacerdote.

Haz conciencia y reconoce cuántas veces has perdonado.

Tu Señor te dice: setenta veces siete.

Y, ¿cuántas veces has pedido perdón? ¿Cuántos han sido tus pecados? ¿Mereces, sacerdote, su perdón?

Arrepiéntete por tantas veces que no has perdonado, que has juzgado, que has acusado, o que, por tu comodidad, has negado la confesión.

Arrepiéntete y pide perdón, sacerdote, porque tu Señor te ha dicho que los pecados que tú perdones quedarán perdonados, pero los pecados que no perdones quedarán sin perdonar.

Y de eso también te pedirán cuentas.

Tú tienes, sacerdote, la misericordia de Dios en tu poder.

¡Adminístrala bien!

¡Misericordia, sacerdote, misericordia!

Eso es lo que te pide el pueblo de Dios.

Es tu Señor, sacerdote, quien ha merecido el perdón, entregando su vida por cada pecador.

 Pero eres tú, sacerdote, el medio para hacer llegar la misericordia de la cruz de tu Señor a cada pecador.

Por tanto, sacerdote, de ti depende su salvación.

Tu Señor ha confiado en ti, sacerdote, su misericordia y su perdón, humillándote en la cruz con Él, para que, reconociéndote pecador, no quieras hacer justicia, porque no te corresponde, sino que, configurado con el Amor, lleves su misericordia y su perdón a todos los rincones del mundo, para llevar a todas las almas a Dios.

Porque esa, sacerdote, es tu misión.

Participa, sacerdote, de la cruz de tu Señor, en el sacramento de la reconciliación, construyendo con alegría el Reino de los cielos en la tierra, porque hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos.

Que seas tú, sacerdote, primero, la alegría del cielo.