PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LLEVAR LA LUZ DE CRISTO
Hermano sacerdote:
hoy es el miércoles de la 4a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 12, 44-50, se recogen unas palabras de Jesús, cuando dice que el que lo ve y cree en Él, ve y cree en el que lo ha enviado; Él vino al mundo como luz; no vino a condenar al mundo sino a salvarlo; Él no habla por su cuenta, sino que el Padre lo envió y Jesús dice lo que le manda.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cumplimos con nuestra misión de hacer que los hombres reciban la luz del Señor. Revisemos si nosotros mismos recibimos esa luz, que es el amor del Señor y la compañía de su Madre, como madre nuestra.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
+++
«Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas».
Eso dice Jesús.
Y hace brillar la luz para el mundo, desde el vientre de su Madre.
El ángel anunció a María, y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.
He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre los hombres.
En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
Tu Señor te ha enviado, sacerdote, para que los hombres lo reciban, porque todo el que lo reciba, recibe por heredad la filiación divina.
Tu Señor te ha enviado, sacerdote, a llevar la luz a todos los rincones del mundo, para disipar las tinieblas, para darles vida, porque Él hace nuevas todas las cosas.
Tu Señor es la luz del mundo, y la vida de los hombres, y ha sido enviado al mundo para nacer como hombre, de vientre virgen de mujer, para darle vida eterna a todos los que crean en Él.
Tu Señor ha dado su vida por ti, sacerdote, nadie se la ha quitado. Él la ha entregado por su propia voluntad.
Nadie tiene un amor más grande, que el que da la vida por sus amigos.
Tu Señor ha dado su vida por ti, para darte vida, y también te ha dado a su Madre.
Te ha llamado amigo, y te ha hecho hermano. Tanto así te ama, sacerdote, que ha querido compartir contigo la gloria de su Padre, y la compañía de su Madre.
Recibe, sacerdote, el amor de tu Señor, para que te ilumine, para que te encienda con su luz, y su luz, a través de ti, brille para el mundo.
Pero recuerda que una lámpara no se enciende para ponerla debajo de la cama, sino para ponerla sobre el candelero, para que otros vean la luz, reciban la luz, y sean iluminados con la luz que disipa las tinieblas.
Escucha y acepta las palabras de tu Señor, y ponlas en práctica, sacerdote.
Cree en Él, y déjate transformar como Él, en verdadero hijo que nace como fruto bendito del vientre de su Madre.
Compórtate como buen hijo, y honra a la Madre, porque Cristo vive en ti, y Él exige la compañía de su Madre, compañera fiel desde que fue engendrado, hasta que fue crucificado, que nunca lo abandonó, ni siquiera cuando fue sepultado, porque en ella estaba la esperanza de ver brillar la luz en su Hijo resucitado.
Y en el sepulcro brilló la luz para el mundo.
Y la luz es la vida de los hombres.
Consagra tu corazón, sacerdote, a la Madre de tu Señor, para que la reconozcas como verdadera Madre, y te reconozcas a ti mismo, como verdadero hijo, que quiere ser acompañado y protegido, que quiere ser guiado y auxiliado, para perseverar en el camino.
Déjate conducir con humildad y docilidad por la Madre, que te lleva por camino seguro, y el camino es de cruz y es de luz, porque ella siempre te lleva a Jesús.
Pero te sostiene, te protege, te ayuda, te acompaña, te consuela, te abraza, y consigue para ti la gracia y la perseverancia.
Tu Señor te pide, sacerdote, que tengas sus mismos sentimientos.
Muéstrate tal y como eres: hijo, como Él, para que ella se muestre tal cual es: Madre.
