PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LLEVAR AL MUNDO LA ALEGRÍA
Hermano sacerdote:
hoy es el martes de la 6a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 16, 5-11, se recogen palabras de despedida de Jesús a sus discípulos, cuando les dice que se va al Padre y no le preguntan a dónde va. Les dice que les conviene que Él se vaya, para que venga el Consolador, quien establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre qué tenemos en nuestro interior que pueda producir tristeza. Revisemos, en su caso, qué medios ponemos para reconciliarnos con el Señor. Y también si fortalecemos nuestra fe en la oración, acudiendo al Espíritu Santo, y seguros de que Jesús ha vencido al mundo.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«El príncipe de este mundo ya está condenado».
Eso dice Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿crees en sus palabras?
Y si crees, entonces, ¿por qué tienes la cara triste?
¿Es acaso tu rostro la expresión de los sentimientos de tu corazón?
Tu Señor te pide, sacerdote, que desnudes tu alma, y expongas al mundo tu corazón.
Y tú, ¿tendrás el valor?
Tu Señor te pide que tengas sus mismos sentimientos.
Y tú, sacerdote, ¿qué tienes en tu interior?
Rema mar adentro, y descúbrelo tú primero. No sea que quedes avergonzado frente al mundo entero.
Acude a tu Señor frente al sagrario, y ábrele tu corazón. Y luego, con el corazón contrito y humillado, acércate al confesionario, y pídele perdón.
Vuelve a la oración, sacerdote, y descubre la fidelidad de tu Señor, y la necesidad que tú tienes de su amistad. Reconcíliate, sacerdote, y recibe su paz, dejándote llenar por el Espíritu Santo que Él prometió enviar, y que vive en ti, sacerdote. Déjalo actuar.
Rechaza la tentación del miedo y de la duda, que acosan y perturban tu corazón, y en cambio, encuentra la alegría del amor de tu Señor, que tiene para ti.
Solo tienes que dejarte amar por Él, y abrir tu corazón, con la disposición de recibir.
Muéstrale al mundo la alegría de creer en tu Señor, y en que sus palabras se cumplirán hasta la última letra.
Porque si tú crees, sacerdote, en Él, creerás entonces que ya todo está consumado en Él, por su único y eterno sacrificio, en el que todo pecado fue crucificado.
Entonces, creerás que tu Señor ha vencido al mundo, y ha destruido la muerte con su vida, para darte vida en su resurrección.
Entonces, creerás que el príncipe de este mundo, rey de la mentira y del mal, no tiene ningún poder sobre tu Señor.
Entonces creerás, que, si tú estás configurado con tu Señor, el maligno no puede tener sobre ti ningún poder.
Entonces, debes darte cuenta, sacerdote, que lo único que te falta es fe.
Señor, yo creo, pero aumenta mi fe.
Repítelo, sacerdote, y repítelo muchas veces. Pero no como quien dice palabrerías, sino como quien tiene necesidad, y sabe, que, si pide, Dios lo va a escuchar.
Pídele al Espíritu Santo, que es el Consolador, que te vacíe de ti, y que llene y desborde de Él tu corazón, porque Él es el Espíritu de amor, y al que tiene amor, nada le falta.
Pídele humildad para recibir, y generosidad para entregar todo lo que Él te quiere dar.
Entonces, lleno de Él, camina con valor, siguiendo a tu Señor, para que lleves su luz y su paz al mundo, sabiendo que no todos te escucharán, y algunos te perseguirán, porque tú, sacerdote, no eres del mundo.
Lleva al mundo la alegría que no es de este mundo, y enséñalos a mirar como tú, con visión sobrenatural, viviendo con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo.
Escucha, sacerdote, las palabras de tu Señor, y cree, porque el que cree no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado.
Pide perdón, sacerdote, y alégrate, y lleva al cielo la alegría de un pecador que se convierte.
