PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LLENARSE DEL ESPÍRITU SANTO
Hermano sacerdote:
hoy es la solemnidad de Pentecostés.
En la liturgia de la Palabra de esta fiesta se recoge la escena de la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, así como palabras de Jesús en la Última Cena, cuando promete a sus discípulos que enviará al Espíritu de verdad, que les enseñará todas las cosas; o también del día de la Resurrección, cuando les entrega al Espíritu Santo, y el poder de perdonar los pecados.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en esas palabras de Jesús, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra lucha personal para dejar actuar al Espíritu Santo en nosotros, y a favor de los demás a través de nuestro ministerio, especialmente en la predicación y en el sacramento de la reconciliación.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar» (Jn 20, 22-23).
Eso dijo Jesús. Y se lo dijo a sus discípulos.
Y te lo dijo a ti, cuando te ordenó sacerdote.
Y así como el Padre lo envió a Él, te envía Él a ti.
Es grande tu misión, sacerdote, porque te hace responsable de la manifestación del misterio de la redención de tu Señor, que revela en ti su grandeza, por el sacramento de la penitencia y la reconciliación.
Tu Señor ha venido a traerte la paz, sacerdote, y te envía a llevarla a los demás. Pero no te envía solo, te envía con el Espíritu Santo que te ha sido dado, y que brota de tu corazón como río de agua viva, porque tú has creído.
Recibe, sacerdote, al Espíritu Santo, y permítele que haga su morada en ti. Y, con docilidad, abandónate a sus inspiraciones, y déjalo actuar, para que sea Él quien obre en ti, quien hable a través de ti, y quien transforme los corazones, llegando con efusión a todas las almas que escuchan tu predicación.
¡Espíritu Santo, ven, lléname de ti, y desbórdame de tu amor!
Invócalo, sacerdote, invócalo, y dile: ¡Espíritu Santo, ven!, y pídele que te llene y te desborde de Sabiduría, para que puedas participar en el plan de Dios según su voluntad.
Pídele que te llene y te desborde de Entendimiento, para saber transmitir el conocimiento divino a través de las verdades que te han sido reveladas de Dios.
Pídele que te llene y te desborde de Ciencia, para saber discernir en cualquier circunstancia, lo que está bien de lo que está mal, según el conocimiento de Dios y lo que te revela en la intimidad.
Pídele que te llene y te desborde de Piedad, para buscar hacer siempre su voluntad.
Pídele que te llene y te desborde de Fortaleza, para que tengas el valor de enfrentar cualquier dificultad, y mantenerte fiel a su amistad, a su amor y a su ley.
Pídele que te llene y te desborde del Santo Temor de Dios, para evitar todo lo que te aparte de Él, haciendo su voluntad para agradarle en todo.
Abre tu corazón, sacerdote, y disponte a recibir los dones del Espíritu Santo que acabas de pedir, porque Dios no duda en consentir a quien pide en nombre de su Hijo, desde un corazón con rectitud de intención.
Agradece, sacerdote, el favor de tu Señor, que te envía para que des fruto, y ese fruto permanezca.
Recuerda, sacerdote, que en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Recíbelo, y pon al servicio de los demás los dones que Él te da, bautizando al pueblo de Dios, en un mismo Espíritu, para que formen un solo cuerpo del cual Cristo es cabeza.
Recibe, sacerdote, la paz de tu Señor, y llénate de alegría, porque tu Señor te envía a recoger con Él.
Ofrécele a tu Señor los frutos de los dones recibidos como ofrenda unida en el único y eterno sacrificio redentor, para que seas partícipe de esa redención, y entrégale tu Amor, tu Alegría, tu Paz, tu Paciencia, tu Longanimidad, tu Benignidad, tu Bondad, tu Mansedumbre, tu Fidelidad, tu Modestia, tu Continencia, y tu Castidad. Y pídele que te dé el carisma de tu vocación al sacerdocio ministerial.
Permanece reunido en oración con la Madre de tu Señor, invocando al Espíritu Santo, para que sea para ti y para el mundo, un nuevo y eterno Pentecostés.
