Jn 1, 29-34 - Domingo II del Tiempo Ordinario (A)
Jn 1, 29-34 - Domingo II del Tiempo Ordinario (A)
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 PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – TESTIMONIO DE LA VERDAD

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Hermano sacerdote:

hoy es el domingo II del Tiempo Ordinario (ciclo A).

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 1, 29-34, se recoge la escena cuando san Juan Bautista exclamó, al ver a Jesús "Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo". Dijo que él había venido a bautizar con agua para dar a conocer a Jesús, quien recibió el Espíritu Santo en su bautizo, y de quien da testimonio que es el Hijo de Dios.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre si nos damos cuenta de que somos la revelación de Cristo vivo, quien nos ha llamado para bautizar con el Espíritu Santo, como Él; y para alimentar al pueblo de Dios con el pan y la palabra, para que abran sus oídos y escuchen al Hijo de Dios. Revisemos también si pedimos ayuda a santa María para dar un buen testimonio de Jesús.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón. 

«Yo doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Eso dice Juan, el Bautista.

Y también dice que él no lo conocía, pero que el que lo envió a bautizar con agua se lo ha revelado, y que viene detrás de él a bautizar, no con agua, sino con el Espíritu Santo.

Y él ha dado testimonio de todo esto, para que, el que tenga oídos oiga, y el que tenga fe crea.

Dichosos los que creen sin haber visto.

Dichosos los que no lo conocían, pero que les ha sido revelado, y tienen ojos y ven, y tienen oídos y escuchan, y tienen voz y proclaman la Palabra del Señor, que les ha sido manifestada a través del Verbo que se ha hecho carne y habita entre los hombres.

Dichosos los que tienen fe, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, porque ellos verán a Dios, porque serán salvados, y recibirán por heredad lo que el Hijo de Dios ha venido a ganar para ellos: su heredad.

Juan Bautista ha dicho bien, porque a pesar de tener un encuentro con el Hijo de Dios desde el seno de su madre, a pesar de ser su primo, de ser familia, de ser cercano, a pesar de tener ojos y verlo, él no lo conocía, porque el Hijo de Dios no se había revelado sino hasta que llegara su hora, y su hora había llegado.

Y es el Espíritu Santo quien lo ha manifestado, para que todos los hombres crean, para que la salvación de Dios llegue a través de su luz a todos los rincones del mundo.

Sacerdote: tú tampoco lo conocías, pero te han bautizado, y el Espíritu Santo te lo ha manifestado.

Él te ha llamado, y tú no eres digno de desatarle la correa de sus sandalias. Pero Él, en su bondad, te ha elegido, no para ser como Juan, que bautizaba con agua, sino para ser Cristo, y bautizar a todos los hombres del mundo con el Espíritu Santo, como Él.

El Hijo de Dios se revela a través de ti, sacerdote, para que pidas perdón por todos aquellos que no saben lo que hacen, para que les lleves de beber, porque tienen sed, para que les des de comer el alimento de vida, el pan bajado del cielo, que sacia su hambre, y el que come de este alimento, y bebe de esta bebida, nunca más tenga hambre, y nunca más tenga sed, para que lleves la Palabra de Dios y abras sus oídos, para que lo escuchen y lo conozcan, para que a través de ti aquel que te ha llamado les diga: “Este es mi Hijo amado, en quien pongo mis complacencias, escúchenlo”.

Pero si tú sacerdote, cierras tus oídos, y cierras tus ojos, si no quieres ver y no quieres oír, ¿cómo verás al Hijo de Dios manifestado en ti? Y si cierras tu boca, ¿cómo darás testimonio de lo que has visto y de lo que has oído?

Porque tú sacerdote sí sabes lo que haces, y no te envía solo. Mira: ahí tienes a tu Madre.

Agradece, sacerdote, que tus ojos han sido abiertos, que tienes oídos y que tienes voz.

Pide, sacerdote, la ayuda de tu Madre, para que des un buen testimonio del Hijo de Dios, que es a ti a quien ha llamado.

Es por ti que se ha manifestado.

Son tus manos las que hacen sus obras.

Es tu voz quien predica su Palabra.

Y es por ti que los que no lo conocen lo conocerán.

Y es por ti que los que no creen en Él creerán.

Y es por ti que los que no saben lo que hacen lo sabrán.

Porque tú, igual que Juan, no conocías la verdad.

Pero a ti, al igual que Juan, la verdad se te ha revelado.

Y es a ti, al igual que Juan, que Dios te pide dar testimonio de esa verdad, que es la única verdad, porque el Hijo de Dios está vivo, vive en ti y a través de ti. Esa es la verdad.

El Espíritu Santo que está con Él está contigo, en una sola y Santísima Trinidad, en la cual participas, porque tú eres la Segunda Persona de la Trinidad.

Sacerdote: tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Verbo hecho carne, que habita entre los hombres, para manifestar la verdad, para revelar el amor de Dios a los hombres que tanto amó al mundo que envió a su único Hijo para salvarlos.

Y es a través de ti, sacerdote, que Cristo, que está sentado a la derecha de su Padre, se revela como la única verdad, para llevar a través de tu boca y su Palabra la luz, para la salvación a todos los rincones del mundo, no con agua, sino con el Espíritu Santo.

Sacerdote: tú eres la revelación de Cristo vivo, y esa es la verdad que tú debes, con tu ejemplo y tu vida, revelar al mundo entero, para que todos los hombres se salven.