PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CREER PRIMERO
Hermano sacerdote:
Hoy es el martes de la 3a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 6, 30-35, se recogen palabras de Jesús, cuando comienza el discurso del Pan de vida, en la sinagoga de Cafarnaun. La gente le pregunta a Jesús cuáles son sus obras, y Él contesta diciendo que su Padre es quien les da el pan del cielo, y que Él es el Pan de la vida, y quien cree en Él no tendrá sed.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra fe y nuestra voluntad de creer. Revisemos, de modo especial, sobre nuestra fe en la celebración eucarística: si somos conscientes de que en la misa el cielo se abre y el Padre nos envía el pan vivo bajado del cielo, y con nuestro testimonio saciamos la sed y el hambre del pueblo de Dios.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed».
Eso dice Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿permaneces en Él? ¿Crees en Él?
¿Y crees en que tú eres el mismo Cristo, el mismo pan vivo, que sacias el hambre y la sed del que por ti va a Él y por ti cree en Él?
Cree, sacerdote, porque tu Señor te ha dado el don, la gracia y la voluntad para creer.
Acude, sacerdote, a tu Señor, porque Él te ha dado el poder para bajar el pan vivo del cielo, para que estés con Él, en presencia viva, en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad, en Eucaristía.
Cree, sacerdote. Tú eres con Él ese mismo pan.
Entrégate, sacerdote, con toda tu voluntad, en el mismo y único sacrificio en el altar, cuando pronuncias las palabras y demuestras al mundo tu fe con tus obras, cuando arde tu corazón en el encuentro con tu Señor, y se hacen uno, y parece pan, pero ya no es pan, y parece vino, pero ya no es vino. Eres tú, sacerdote. Es Cristo. Un solo cuerpo y un mismo espíritu.
Cree, sacerdote, porque el pueblo te está viendo, y le gusta tu entrega, y le gusta tu devoción, y le gusta tu fe, y le gusta la perfección con la que realizas los ritos de la celebración. Y contagias tu fe, y fortaleces su fe, cuando ellos ven, por tus actos, que tú verdaderamente crees.
Tú no te ves, sacerdote, pero el pueblo sí te ve. Y el pueblo tiene fe, y es a Cristo en el altar a quien ve.
Adora, sacerdote, a Dios Padre, unido a Dios Hijo, iluminado por el Espíritu Santo, ofreciéndote y uniendo a su pueblo con tu Señor en una sola ofrenda, mientras el cielo está abierto y el Padre te escucha y recibe, y derrama su gracia.
Cree, sacerdote, porque eso es lo que pasa en la Santa Misa, en el memorial de la muerte y la resurrección de tu Señor, que celebras no en el tiempo de los hombres, sino en la eternidad de Dios, y te haces parte, y reúnes al pueblo santo en un solo rebaño y con un solo Pastor.
Cree, sacerdote, que el cielo se abre, y los ángeles y los santos ven bajar a tu Señor, que es el pan vivo bajado del cielo, y en ti, sacerdote, se hace patente su resurrección.
Cree, sacerdote, y no decepciones al pueblo de Dios que ha concurrido, y está reunido en torno a ti, porque tienen hambre, porque tienen sed, y tú tienes el poder en tus manos para calmar su hambre, para saciar su sed.
Pero no eres tú, sino Dios Padre, quien les da el verdadero pan del cielo.
Tu Señor te ha llamado, y te ha enviado al mundo para que crean en Él, pero tú, sacerdote, debes creer primero.
Cree, sacerdote, y deja que te vean, y que vean tus obras, para que ellos también crean.
Dales de comer y dales de beber. Sacia su hambre y su sed. Entonces ellos dirán: “sacerdote, danos siempre de ese pan”.
