Jn 6, 35-40 - Miércoles III de Pascua
Jn 6, 35-40 - Miércoles III de Pascua
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – VIVIR LA MISA

Hermano sacerdote:

hoy es el miércoles de la 3a. Semana de Pascua.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 6, 35-40, se recoge una parte del discurso de Jesús donde se presenta como el pan de vida, donde dice que todo el que vaya a Él no lo echará fuera; Él bajo del cielo para hacer la voluntad del Padre, que es que no se pierda nadie, sino que resucite en el último día.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre si creemos verdaderamente en la presencia viva del Señor en la Eucaristía, si partimos el pan con fe, si comulgamos reverentemente, si acudimos a la confesión para disponer bien nuestra alma, si vivimos la misa participando activamente...

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).

Eso dice Jesús.

Y esa es tu esperanza, sacerdote.

Y tú eres la esperanza para el mundo, porque eres tú quien hace bajar el pan vivo del cielo y les das de comer verdadera comida, y les das de beber verdadera bebida, para que el que coma el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenga vida.

Y tú sacerdote, ¿tienes vida en ti? ¿O caminas por el mundo como muerto en vida?

¿Te alimentas, sacerdote, con el verdadero alimento de vida, y bebes la verdadera bebida de salvación? ¿O comes y bebes tu propia condena?

Examina tu conciencia, sacerdote. Sé honesto contigo mismo y descubre si verdaderamente crees en la presencia viva de tu Señor en la Eucaristía.

Examina tu conciencia, y descubre: ¿partes el pan con fe?

Examina tu conciencia, sacerdote y descubre en tu corazón si está lleno o te falta amor.

¿Cómo es tu conciencia, sacerdote?

¿Es tranquila y sientes paz al examinar lo que haces con tu vida? ¿O te perturba, porque la vergüenza del pecado te domina?

Arrepiéntete sacerdote, y cree. Pídele a tu Señor que aumente tu fe.

Aléjate de la vida de mentira que te conduce a la muerte, y acércate al trono de la gracia, que te da la vida aun después de la muerte.

Reconcíliate, sacerdote, con tu Señor, a través del sacramento de la confesión, y luego confiesa tu fe en el ambón, en la sede, y en el altar, pronunciando el nombre de Jesús, para que toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en los abismos, y en todo lugar.

Cree, sacerdote, en el poder de tus manos, que ofrecen pan y vino a Dios, fruto del trabajo de los hombres, y que, por la bendita transubstanciación, se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de tu Señor; y luego come y bebe, para que permanezcas en Él, y Él en ti, para que vivas por Él y digas “Ya no soy yo, sino es Cristo quien vive en mi”.

Vive la Misa, sacerdote, porque es real lo que ocurre allí. Participa activamente, y entrégate completamente en el sacrificio único, pero incruento, de tu Señor, en el que conmemoras su vida, su pasión, su muerte y su resurrección, por la que se queda en presencia viva, en Cuerpo, en Sangre, en divinidad, y es Eucaristía.

Cree, sacerdote, que tú y tu Señor son uno, como el Padre y Él son uno.

Entrega tu vida con Él en una sola ofrenda, y muere con Él en un mismo y único sacrificio.

Resucita configurado con Él, en un solo cuerpo y un mismo espíritu, y entrégate con Él para alimentar y dar de beber a su pueblo, para que tengan vida, y Él los resucite el último día.