PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PROFETA DE LAS NACIONES
Hermano sacerdote:
hoy es el Martes Santo
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 13,21-33. 36-38, se recoge la escena cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos y les anunció que uno de ellos lo iba a entregar. Luego señaló al traidor mojando el pan y dándoselo a Judas. Después Pedro le dice al Señor que dará su vida por Él, y Jesús le anuncia que ese mismo día lo negará tres veces. La primera lectura de la misa es de Isaías, cuando dice que Dios lo llamó desde el vientre de su madre, y transmite palabras del Señor, que dice: "te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra".
Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra fidelidad al Señor. Revisemos si tomamos conciencia de la realidad de nuestra llamada, y si correspondemos generosamente a lo que Dios espera de nosotros.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue a todos los rincones del mundo» (Is 49, 6).
Eso dice el Señor.
Eso te dice a ti, sacerdote, y te llama, y te elige, para que seas su siervo. Y te convierte en luz, y te envía a iluminar con su luz la oscuridad del mundo, y a disipar las tinieblas, para que el Sol reine en cada corazón, y crean en Él, y se conviertan, y alcancen con tu luz la vida eterna.
Tú eres sacerdote para siempre. Desde antes de nacer, tu Señor ya te conocía. Te llamó por tu nombre y te constituyó profeta de las naciones.
Tú eres el siervo del Señor. Él te ha invitado, y tú has aceptado, por tu propia voluntad, ser su esclavo.
Tú eres el discípulo más amado, porque aquí estás, sacerdote, no lo has abandonado.
Tú eres un hombre fiel, que reconoce en su carne su debilidad, y la corrosión del pecado, y se arrepiente, y pide perdón, y corrige, y rectifica, luchando por permanecer en la fidelidad a aquel a quien ha entregado su vida, y a quien pertenece.
Tú eres la miseria engendrada en el corazón de la Madre de Dios, para perfeccionarte con su misericordia, para enseñarte a ser en todo como Él, y entregarte con Él, en el único y eterno sacrificio que es agradable al Padre, para que, a través de tu entrega, el mundo crea y se salve.
Tu Señor no se equivoca, es perfecto, es todopoderoso, es un hombre y Dios resucitado y glorioso, que te conoce y que te ha amado primero. Por eso te ha llamado y, aunque tú lo hayas negado, Él te ha perdonado y te ha confirmado en la fe, y te ha enviado a confirmar a tus hermanos.
Él te ha convertido en un siervo fiel y prudente, para hacerte luz de las naciones, para enviarte al mundo entre la gente, poniendo en ti su confianza, para que en ti Él sea glorificado y Dios sea glorificado en Él.
Por eso, sacerdote, te convierte en luz, como Él, y no te llama siervo, te llama amigo, para que nunca lo traiciones.
Tu Señor ya fue una vez traicionado y entregado por el único que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura. Pero ha sido negado y traicionado muchas veces, cuando lo han dejado solo, cuando lo han abandonado. También tú, sacerdote.
Pero tu Señor tiene el poder de perdonar y de olvidar, porque Él hace nuevas todas las cosas.
Regresa, sacerdote, a su amistad, y persevera en la fidelidad a la amistad del Amigo que te conoce, que te ama, que te llama, porque quiere compartir todo contigo.
Tú eres sacerdote para siempre. Quiere decir, que eres un siervo del Señor siempre, también cuando lo traicionas, también cuando lo abandonas y te alejas de su amistad. Y dejas de llamarte amigo, pero sigues siendo esclavo del Señor, porque en eso Él te ha convertido cuando te ha llamado, te ha elegido, y tú has aceptado por tu propia voluntad y en completa libertad.
Reflexiona, sacerdote, y toma conciencia de tu estado. Reconoce si vives en la amistad con tu Señor, o lo has negado, lo has traicionado, o lo has entregado. Y con toda humildad, y con toda honestidad, reconócete frente a Él: ¿eres tan solo un siervo, o eres un amigo?
