PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO
Hermano sacerdote:
hoy es el lunes de la 6a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 15, 26-16, 4, se recogen palabras de Jesús durante la Última Cena, cuando les anuncia a sus discípulos que ellos, y el Espíritu Santo, enviado por el Padre, darán testimonio de Él. Les anuncia también que serán expulsados de las sinagogas, y que los que les den muerte creerán dar culto a Dios.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra confianza en la fortaleza del Espíritu Santo ante nuestra fragilidad. Revisemos si fortalecemos nuestra disposición, con la formación permanente, para recibir la ayuda de Dios para poder cumplir con nuestra misión.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece».
Eso dice Jesús.
Te prepara, y te advierte, sacerdote, porque te ama. Y Él sabe que el discípulo no es más que su maestro. Por eso no te abandona.
Tu Señor sabe la fragilidad y la miseria de tu persona.
Él entiende la debilidad que te aprisiona, y te dice que la verdad te hará libre.
Tu Señor te envía al Consolador, al Espíritu Santo Paráclito, que es el Espíritu de la verdad, para que fortalezca tu corazón. Y te avisa, sacerdote, para que lo recibas, porque Él te enseñará y te recordará todas las cosas, pero también te dará los dones y gracias que necesitas para que no tropiece tu fe y desfallezcas.
Tu Señor te conoce bien, sacerdote, porque tú no tienes un Sumo Sacerdote que no te comprenda y no se compadezca de ti, porque Él se ha hecho hombre para ser en todo igual a ti, menos en el pecado.
Porque Él ha soportado las calumnias, las injurias, el desprecio, los golpes, las blasfemias, la tortura, y hasta el martirio de ser crucificado.
Porque siendo un hombre, también es el Hijo de Dios, y pidió ser bautizado por las manos de un hombre, no con agua, sino con el Espíritu Santo, que descendió del cielo en forma de paloma, cuando el cielo se abrió y se escuchó la voz del Padre, diciendo: “este es mi Hijo amado en quien pongo mis complacencias”.
Y si el Padre envió al Hijo a su Espíritu Santo; y el Hijo, que, siendo Dios, estuvo dispuesto a recibir el don, con cuánta más razón debes estar dispuesto tú, sacerdote, que siendo tan solo un hombre, representas al Hijo de Dios.
Tu Señor te ha dicho: “yo te ayudo”. Acepta, sacerdote, la ayuda de Dios, porque Él sabe lo que te conviene, y también sabe que tú solo no puedes.
Acércate, sacerdote, a la presencia de tu Señor, con el corazón contrito y humillado, y agradece, y pide perdón, y pídele su ayuda para abrir tu corazón a recibir su gracia y su misericordia infinita, aceptando con toda humildad, tu necesidad de ser llenado por el Espíritu Santo.
Pídele, sacerdote, que fortalezca tu fe, que aumente tu esperanza, pero, sobre todo, que inflame tu amor, para que puedas seguirlo, haciendo sus obras y aún mayores, entregando tu voluntad a la voluntad de Dios.
No trates de entender, sacerdote, la maldad, la injuria, la impiedad, la indiferencia, la persecución, el odio, la equivocación, de un corazón frustrado, porque no ha conocido a tu Señor. Antes bien, sacerdote, pide perdón por él, y recurre al poder de la oración que convierte un corazón de piedra en corazón de carne.
Cree, sacerdote, en las palabras de tu Señor, y en que se cumplirá hasta la última letra. Prepárate, aliméntate, y fortalécete, recibiendo una formación permanente que te disponga a la docilidad para recibir al Espíritu Santo, y dejarlo actuar en ti.
Ama, sacerdote, a tu Señor, y no tropezarás, porque tendrás contigo al Espíritu Santo que Él da a los que lo aman.
Y si no encontraras el camino, sacerdote, recurre como un hijo a la Madre de tu Señor, que es camino seguro, porque el Espíritu Santo está con ella, para llevar a sus hijos al encuentro con el Hijo de Dios.
