PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PERMANECER EN LA BATALLA
Hermano sacerdote:
hoy es el lunes de la 7a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 16, 29-33, se recoge la respuesta de Jesús cuando sus discípulos le dicen que ellos creen que ha venido de Dios. El Señor les anuncia que lo van a dejar solo y que van a tener tribulaciones; pero les pide valor, porque Él ha vencido al mundo.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre nuestra disposición para recibir los dones del Espíritu Santo, para hacer llegar la gracia de Dios al mundo con nuestro ministerio. Revisemos también si defendemos con valentía a la santa Iglesia ante los ataques de sus enemigos.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo».
Eso dice Jesús.
Y te lo dice porque te comprende, sacerdote.
Y ante la incertidumbre de tus miserias, te llena de la seguridad de su victoria.
Tu Señor confía en ti, sacerdote, y pone en tus manos su triunfo sobre el mundo, a través de su misericordia.
Tú eres, sacerdote, el portador de la salvación y de la paz de tu Señor.
Tú eres, sacerdote, el receptor de los tesoros que ha ganado tu Señor con su victoria.
Y te ha hecho su administrador para compartirlos con su pueblo.
Tú eres, sacerdote, por tanto, un instrumento fidelísimo de Dios, para que llegue su gracia al mundo, a través de los sacramentos.
El Espíritu Santo, Paráclito, Consolador, es el Dador y el Santificador.
¡Recíbelo!, para que puedas entregar al mundo los tesoros de tu Señor con sabiduría, con inteligencia, con consejo, con fortaleza, con ciencia, con piedad, y con santo temor de Dios.
¡Recíbelo!, para que te llene de Él, y puedas dar lo que a cada uno conviene, en su momento.
¡Recíbelo!, para que con sus dones obtengas frutos en ti mismo, y tengas el valor, aun en medio de la tribulación, sabiendo que tu Señor, que está contigo, ha luchado tus batallas, y ha vencido.
Recibe al Espíritu Santo, sacerdote, para que permanezcas en el amor de tu Señor, como Él permanece en ti.
Abandónate a su voluntad con docilidad, para que Él pueda actuar a través de ti.
Pídele que su luz te ilumine, para que disipe toda tiniebla que haya en ti, y obedece la voz en tu interior, que, ante la dificultad, te ayuda a discernir.
Deja que la luz ilumine tu conciencia, y luego actúa con prudencia.
Eso es lo que hace un buen administrador, que sabe que nada es suyo, que todo es de su Señor, y que un día le rendirá cuentas.
Fortalece tu fe, sacerdote, haciendo las obras de tu Señor, y aún mayores, porque es así como tú das testimonio de su misericordia.
Tú eres, sacerdote, un guerrero incansable del ejército del Rey, que ha vencido al mundo, y le ha sido dado todo el poder, y con ese poder te envía a llevar su Palabra al mundo, para que todos crean en Él.
Permanece en la batalla, sacerdote, con valor, junto a tu Rey, soportando con paciencia los ataques, las persecuciones, los insultos, los golpes, la injusticia y la inclemencia del enemigo a la Santa Iglesia.
Y defiéndela, sacerdote, con valentía, sabiendo que, a través de ti, tu Señor la mantiene protegida, y el mal no prevalecerá sobre ella.
Confía, sacerdote, en la victoria de tu Rey, y sigue caminando, seguro de tu poder, que te asegura que toda dificultad es pasajera, porque la victoria de tu Señor es eterna.
Y si un día desertaras, sacerdote, y abandonaras a tu Señor, pide asistencia al Espíritu Santo, para que te muestre el camino de la misericordia y la paz, confiando en que tu Señor ha vencido, y que en ese triunfo tú, sacerdote, estás incluido.
Tú eres, sacerdote, portador de la misericordia y de la paz de tu Señor, partícipe de su vida, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, y de su triunfo en la batalla de cada alma, para alcanzarles la salvación.
