Jn 19, 25-27 - Sabado Santo
Jn 19, 25-27 - Sabado Santo
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ACOMPAÑAR A LA MADRE

Hermano sacerdote:

hoy es el Sábado Santo.

El día de hoy no hay celebraciones litúrgicas. Sólo acompañamos a la Virgen Santísima en su dolor.

Al finalizar esta jornada pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para examinar nuestra conciencia sobre cómo agradecemos al Señor lo que hizo por nosotros. Y revisemos también si permanecemos con nuestra Madre, meditando todas esas cosas en nuestro corazón.

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«Perseveren en la oración, velando en ella con acciones de gracias» (Col 4, 2).
Eso dice la Escritura.
Tu Señor ha muerto, sacerdote.
Ha sido traicionado, entregado, apresado, juzgado, despreciado, abucheado, burlado, golpeado, abofeteado, escupido, humillado, azotado, flagelado, cuestionado, expuesto, maltratado, torturado, clavado en una cruz, asumiendo la culpa de tus pecados levantado de la tierra, y ha derramado su sangre hasta la última gota, y ha muerto por ti, porque te ama.
Y tú, sacerdote, ¿agradeces a tu Señor todo lo que ha hecho por ti? ¿Cómo agradeces?
¿Correspondes? ¿Cómo correspondes?
¿Eres el que se ha quedado al pie de la cruz recibiendo a su Madre y llevándola a tu casa a vivir contigo?
¿O eres el que lo ha abandonado y lo ha dejado solo?
¿Has recibido, sacerdote, el regalo más preciado que Él te ha dejado? ¿o también la has abandonado?
Acompaña a la Madre, para que permanezcas con el Hijo.
Cuando sientas que estás solo, porque también Él se ha ido.
Cuando tengas miedo.
Cuando estés cansado.
Cuando en medio de la tribulación estés atormentado.
Cuando el sueño te venza y te quedes dormido, y estén al acecho la tentación y el peligro.
Cuando se acaben tus fuerzas y la duda te asalte.
Cuando se debilite tu fe, y la esperanza te falte.
Cuando el amor no llene tu corazón porque le has cerrado la puerta.
Cuando tu humanidad te traicione y la tristeza inunde tu alma.
Acude a la Madre, sacerdote, y acompáñala, porque ella también te necesita, porque su misión no ha terminado, antes bien, apenas ha comenzado.
Su misión es sostenerte,
Ser tu auxilio y tu refugio.
Ser tu salud y tu consuelo.
Ser tu guía y la puerta del Cielo.
Interceder por ti, para que recibas las gracias que no sabes pedir.
Ser el faro que te guía cuando navegas en la oscuridad del mar profundo de tu soledad, mientras consigue para ti que Dios aumente tu fe, tu esperanza, pero sobre todo tu caridad.
Y tú, sacerdote, ¿estás dispuesto a ser acogido como verdadero hijo en un corazón de Madre?
Acude a la Madre como un verdadero hijo, porque lo eres. Y ella te llevará al encuentro del Hijo, que es el que es, el que era y el que ha de venir.
Agradece, sacerdote, su compañía y su ayuda, para permanecer en vela y en oración, esperando a tu Señor hasta que vuelva.
Tu Señor ha muerto, sacerdote, pero te queda la fe, la esperanza y el amor en su Palabra, que asegura su resurrección.
Agradece, sacerdote, y c
orresponde al amor de tu Señor, que te ha amado hasta el extremo como Dios y como hombre.
Honra su vida, honrando su muerte, procurando sus mismos sentimientos, amando lo que Él amó, amando como Él amó, haciendo tuyo todo lo suyo.
Permanece con la Madre, y haz tuyo su dolor ante el sepulcro frío, como el corazón de piedra de los hombres, en el que ha sido puesto y está dormido el Hijo de Dios.