PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – RECIBIR AL ENVIADO
Hermano sacerdote:
hoy es el jueves de la 4a. Semana de Pascua.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Juan: 13, 16-20, se recogen unas palabras de Jesús, después de lavarles los pies a sus discípulos. Les dice que el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado mayor que quien lo envía. Y termina diciendo: "el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado".
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cuáles son las disposiciones de nuestra entrega -generosidad, docilidad, humildad-, para poder ser bien recibidos. Revisemos si cuidamos nuestra oración para escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, conscientes de que es Cristo quien vive en nosotros, y es alimento de su pueblo, que lo recibe de nuestras manos.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«El que recibe al que yo envío, me recibe a mí. Y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado».
Eso dice Jesús.
Y es a ti a quien ha enviado, sacerdote.
Y tú, ¿te aseguras de que te reciban, para que reciban a tu Señor?
¿Cómo te entregas para ser recibido?
¿A quién te entregas? ¿Cómo eres recibido?
Entrégate, sacerdote, con generosidad, sabiendo que no eres tú, sino Cristo, que vive en ti, quien se entrega y da su vida por su propia voluntad, al servicio de los hombres, para conquistarlos, para iluminarlos con su luz, para salvarlos.
Tú eres, sacerdote, un instrumento sagrado. Déjate usar con docilidad, entregando tu voluntad a aquel que te ha enviado.
Permanece dispuesto con toda humildad, y con el corazón abierto, a ser recibido, porque quien te recibe a ti, recibe la verdad.
Y tú, sacerdote, ¿reconoces en ti mismo a esa verdad?
¿Eres camino y puerta?, ¿o caminas en soledad?
¿Confirmas al pueblo de Dios en la fe, en la esperanza y en el amor, uniéndolos contigo en el único sacrificio agradable al Padre, por el que Él mismo se entrega, y es recibido a través del Cuerpo y la Sangre de Cristo?
Tú has sido llamado y has sido elegido como siervo, y tú tienes un Amo y Señor, pero el siervo no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envió.
Por tanto, sacerdote, bástale al discípulo llegar a ser como su maestro, para hacer sus obras y aun mayores, porque tu Señor te ha dicho que todo lo que pidas en su nombre, Él te lo concederá.
Fortalece tu entrega, sacerdote, escuchando la Palabra de Dios, y poniéndola en práctica, porque eso es lo que te pide tu Señor, y también te pide que no tengas miedo, porque Él está contigo todos los días de tu vida.
Recurre, sacerdote, al recurso de la oración, para que escuches y conozcas a tu Señor, para que lo veas en cada Palabra, y creas que Él es el Hijo de Dios, y vive en ti, y hace las obras del Padre por ti, mientras te alegras de tus padecimientos por los hombres, y completas en tu carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en beneficio de su cuerpo, que es la Santa Iglesia.
Tu Señor te ha llamado “amigo”, sacerdote, pero nunca olvides que sigues siendo siervo, porque tú te has humillado ante Él, y te has postrado, declarándote su esclavo.
Tu Señor te conoce, sacerdote. Él te ha elegido, y te ha llamado por tu nombre, y tú lo has seguido para dar tu vida por Él, para la salvación de los hombres.
Adora, sacerdote, a tu Señor sacramentado, en el sagrario y en el altar, contemplándolo y elevándolo entre tus manos, para que lo vean, para que crean en Él, para que lo reciban en la Eucaristía, y se alimenten de Él, para que tengan vida en abundancia.
Asegúrate, sacerdote, de alimentar a tu pueblo, para que todos alcancen la gracia y sean dignos de recibir, a través de ti, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
