Mc 12, 18-27 - Miércoles IX del Tiempo Ordinario
Mc 12, 18-27 - Miércoles IX del Tiempo Ordinario
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CREER EN LA PALABRA VIVA

Hermano sacerdote:

hoy es el miércoles de la 9ª. Semana del Tiempo Ordinario.

En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Marcos: 12, 18-27, se recoge la escena cuando se acercan a Jesús unos saduceos y le plantean el caso de una mujer que se casó con siete hermanos. Le preguntan de cuál de ellos será esposa la mujer cuando llegue la resurrección. El Señor les aclara que en la vida futura no se casarán ni podrán ya morir, y termina diciendo que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.

Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra fe en la resurrección de los muertos. Revisemos si creemos firmemente en la palabra viva de Dios y si la ponemos en práctica, para mostrar al mundo que vivimos en la resurrección.

Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.

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«Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos».

Eso dice Jesús.

Y tú, sacerdote, ¿crees en la resurrección de los muertos?

¿Vives en la resurrección de tu Señor?

¿Sientes el alma viva?

¿Luchas por permanecer unido al cuerpo de Cristo, participando de su vida, de su pasión, de su muerte, y de su resurrección?

Tu Señor es la vida, y con su vida ha destruido la muerte, para darte a ti vida para siempre.

Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, que se manifiesta a través de la Palabra, porque su Palabra está viva.

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y descubre los sentimientos y los pensamientos del corazón.

La Palabra de Dios desnuda el alma, limpia, purifica, manifestando el poder de Dios, para que crean en su Hijo, y se salven.

Tu Señor ha dicho: todo el que cree tiene vida eterna. Yo soy la resurrección, el que cree en mí, aunque muera vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.

Y tú, sacerdote, ¿crees esto?

Tú eres, sacerdote, un tesoro vivo de Dios, pero el oro se acrisola por el fuego.

Alégrate, sacerdote, resiste, y persevera, para que tu fe sea hallada digna de alabanza, gloria y honor.

Demuéstrale al mundo, sacerdote, cuánto amas a tu Señor, amándolo a Él por sobre todas las cosas, y amándolos a ellos como Él los amó.

Demuéstrale al mundo, sacerdote, que no fuiste tú, sino que fue tu Señor quien te eligió, porque Él te amó primero.

Demuéstrale al mundo, que tú dejaste casa, padre, madre, esposa, hijos, tierras, para servir a Dios, como los ángeles en el cielo.

Rechaza, sacerdote, cualquier apego que te aleja de la entrega total a tu Señor, y abandónate en la confianza de aquel que te eligió y te confió el ministerio sagrado, para llevar al mundo la revelación de los misterios de Dios.

Pídele a tu Señor que te llene de alegría, que se manifieste en tu vida, y te desborde de su amor.

Cree, sacerdote en la Palabra de tu Señor, y hazla vida, poniéndola en práctica todos los días. Es así, sacerdote, como mueres al mundo, crucificado con tu Señor, y vives en su resurrección.

Ve, sacerdote, a la oración. Rema mar adentro y descubre a tu Señor, y ¡alégrate!, ¡Cristo está vivo! Abandónate en Él, humilla tu corazón, y déjate configurar con Él, para que sean uno tú y Él, como el Padre y Él son uno, y puedas exultar de gozo ante el mundo, diciendo: ya no soy yo, sino es Cristo quien vive en mí.

Tu Señor es la vida, y tú, sacerdote, has sido llamado y has sido elegido para llevar la vida al mundo, para que todos los hombres se salven y vivan, porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.