PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CORREGIR POR AMOR
Hermano sacerdote:
Hoy es el miércoles de la 4a. Semana del Tiempo Ordinario.
En el evangelio de la misa de hoy, tomado de san Marcos 6, 1-6, se recoge la escena cuando Jesús fue un sábado a la sinagoga de Nazareth, donde sus paisanos se asombraron de sus enseñanzas. El Señor dijo que todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa. Y no hizo allí milagros por su incredulidad.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre nuestra actitud ante las llamadas de Cristo para corregirnos, y nuestra correspondencia para transmitir la palabra de Dios con nuestra vida, corrigiendo también a los que se equivocan.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Yo a los que amo los reprendo y los corrijo» (Apoc 3, 19).
Eso dice Jesús.
Eso te dice tu Señor, porque te ama, sacerdote.
Porque te ha dado oídos para que escuches su voz, y Él está a la puerta y llama.
Ábrele la puerta y déjalo entrar, para que cene contigo y tú con Él, porque el Señor te conoce, te corrige y te aconseja, mientras te sienta con Él a su mesa.
Sacerdote: Él comparte contigo el sufrimiento de tus errores, y te busca y te corrige como un padre hace a un hijo, porque te ama.
Arrepiéntete, acércate a su Palabra, para que lo escuches, porque Él te llama.
Sacerdote: no tengas miedo de abrirle las puertas a Cristo, porque tu vergüenza y tu indignidad son la llave que cierra tus puertas y bloquea tu entrega a su amistad, que se manifiesta en tu infidelidad.
Sacerdote: el Señor tu Dios está a la puerta y llama. Él siempre te espera.
No esperes tú, sacerdote, a recibir la reprensión en el último día de tu vida, cuando Él te pida cuentas y tú solo le entregues deudas. No seas injusto, sacerdote, Él ya pagó por ti con su vida. Corresponde tú cuando Él te reprima y te corrija. Endereza los caminos del Señor.
Sacerdote: Jesús te pide que ames a Dios por sobre todas las cosas, y que ames a los tuyos como Él los amó. Y Él a los que ama los reprende y los corrige. Esa, sacerdote, también es tu misión, aunque seas repudiado, burlado, desterrado, perseguido, injuriado, calumniado, juzgado, escupido, abofeteado, apedreado, maltratado o maldecido, porque nadie es profeta en su propia tierra.
Sacerdote: alégrate cuando te sucedan esas cosas por dejarlo todo y cargar tu cruz, siguiendo a Jesús, porque nadie es profeta en su tierra. Aun así, sacerdote, endereza los caminos del Señor y haz el bien, pero predica sacerdote con el ejemplo y déjate corregir por tu Señor.
Corresponde con tu obediencia, arrepintiéndote y pidiendo perdón, agradeciendo el amor que te demuestra tu Señor, y no desprecies, sacerdote, ninguna de sus palabras; escúchalas y ponlas en práctica, no sea que un día Él venga y te diga “amigo mío, yo vivía en tu casa pero me desterraste, me repudiaste, me apedreaste, me abofeteaste, me escupiste, me maltrataste y me crucificaste, porque tú eras mío, pero nadie es profeta en su propia tierra”.
Sacerdote: no hagas con tu Dios lo que otros hacen contigo; antes bien, haz con ellos el bien que tu Dios hace contigo, porque no te llama siervo, te llama amigo. Pero eres su siervo, para eso has sido elegido: para servir a tu Señor, para ir cuando Él te mande, y llevar su Palabra a través de tu voz, y llevar su misericordia a través de tus obras, porque Él ha dicho que tú, sacerdote, harás sus obras y aun mayores, y Él obra milagros, y Él expulsa demonios, y Él multiplica el pan para alimentar a su pueblo, pero depende de la voluntad de los hombres que quieran recibir su misericordia.
Esa también es tu misión, sacerdote: abrir los corazones de los hombres, para que acepten el amor de su Señor.
Corrige a tu pueblo, sacerdote, y cambia sus corazones de piedra por corazones de carne, para que se humillen y pidan perdón, porque para todos ellos ha sido crucificado y muerto tu Señor, que ha conseguido para su pueblo la salvación.
No te quedes sentado, no te resignes, no desperdicies el talento y el don.
Recibe la gracia y la misericordia a través de la corrección, con la humildad de pedir perdón y seguir los pasos de tu Maestro, corrigiendo a los tuyos y concediéndoles su perdón.
Sacerdote: a ti te llaman Padre. Ten valor y sigue los pasos de tu Maestro, y corrige, sacerdote, a tus hijos, y confírmalos en la fe. Entonces verán milagros aun en su propia casa.
Ama sacerdote a tu tierra, a los de tu casa y a tu rebaño.
