PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ALIMENTAR HASTA SACIAR
Hermano sacerdote:
El evangelio de hoy es del día 8 de enero o martes después de Epifanía.
Está tomado de san Marcos: 6, 34-44, y se recoge la escena del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos le dicen a Jesús que despida a la gente, y el Señor les pide a ellos que les den de comer. Sólo había cinco panes y dos pescados, y Jesús los bendice, los parte y se los da a los discípulos para que los distribuyan a la muchedumbre. Comieron hasta saciarse y sobraron doce canastos.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo cumplimos nuestro deber de pastores, saciando el hambre del pueblo con el alimento que sacia y nunca se acaba. Revisemos si tenemos los mismos sentimientos de Jesús, junto con la fe y confianza en poder cumplir con nuestra misión, sabiendo que Dios nos dará los medios.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Denles ustedes de comer».
Eso dijo Jesús.
Se lo dijo a sus discípulos, y te lo dice a ti, sacerdote, porque su pueblo tiene hambre, y te envía a alimentarlos hasta saciarlos.
Tu Señor es el alimento de vida. El único alimento que salva y que sacia, que perdona y que da gracia, que es eterno y nunca se acaba.
Tú eres, sacerdote, el instrumento para compartir el alimento. Pero tu Señor quiere también la generosidad de su pueblo, y te pide que recojas con Él el fruto del trabajo de los hombres, y lo transformes en ofrenda, para que con Él y contigo sean uno, como el Padre y Él son uno, transubstanciando la ofrenda en su Carne y en su Sangre.
Tu Señor ha querido necesitar de ti, sacerdote, para hacerse presente, para alimentar a la gente, para guiarlos y para salvarlos, porque son como ovejas, que sin pastor se pierden.
Tu Señor te pide que llames a las ovejas de su rebaño, que las reúnas y no las disperses, que las mantengas unidas y las alimentes. No le digas que sólo eres un muchacho, porque a donde quiera que Él te envíe irás, y lo que quiera que tú digas dirás, porque Él ya sabe que eres sólo un muchacho, pero Él te ha dado cinco panes y dos peces.
Tu Señor te envía, sacerdote, y te dice: no tengas miedo, que contigo estoy para salvarte. Mira que ha puesto sus palabras en tu boca, y no podrás equivocarte.
Tu Señor te da autoridad sobre las gentes y sobre los reinos, para destruir y derrocar, para reconstruir y para plantar. Él es velador de su propia Palabra para cumplirla, y te convierte en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce frente a toda la tierra, porque te harán la guerra, pero no podrán contigo, pues contigo está tu Señor para salvarte.
Y tú, sacerdote, ¿crees esto?
¿Le das a tu Señor todo lo que tienes, y abandonas tu voluntad en su voluntad, para que haga contigo lo que Él quiere?
¿Confías en el poder de tu Señor y en sus milagros?
¿Aceptas que Él ponga ese poder entre tus manos?
¿Tienes el corazón dispuesto para acoger a su pueblo?
¿Mantienes reunido a su rebaño, o caminan como ovejas sin pastor, porque tú te has ido, porque te has cansado y lo has abandonado?
¿Los alimentas?, ¿o tienen hambre?
¿Tienen un pastor valiente?, ¿o tan solo ven en ti un muchacho cobarde?
Reflexiona, sacerdote, en la compasión de tu Señor, y pídele que te dé sus mismos sentimientos, que te llene de valor para asistir las necesidades de su pueblo, y entrégate en sus manos para ser usado como instrumento de amor, al ser configurado con Cristo Buen Pastor, y el medio para que Él haga llegar su misericordia a su pueblo.
Dispón tu corazón, sacerdote, y participa con tu Señor en su sacrificio redentor, que es un diario milagro en el altar, para alimentar, para salvar, para compartir y multiplicar la gracia obtenida por tu ofrenda, que se derrama sobre el mundo entero, y aun así sobra, porque Dios no se deja ganar en generosidad.
