PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – NO TENER MIEDO
Hermano sacerdote:
El evangelio de hoy es del día 9 de enero o miércoles después de Epifanía.
Está tomado de san Marcos 6, 45-52, y se recoge la escena cuando los discípulos iban en la barca navegando trabajosamente porque el viento era contrario. Jesús camina sobre las aguas, y los discípulos piensan que es un fantasma. Él les dice: “soy yo, no teman”.
Al finalizar esta jornada, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, para que la palabra de Dios, que es como una espada de dos filos, penetre en nuestro corazón y nos mueva a la conversión.
Vamos a reflexionar en ese pasaje del santo Evangelio, acudiendo a la Virgen Santísima, para examinar nuestra conciencia sobre cómo es nuestra responsabilidad para cuidar a la santa Iglesia, que es nuestra esposa, ante las tormentas, vientos fuertes y tiempos difíciles. Revisemos si tenemos miedo ante eso o acudimos al santo temor de Dios. Examinemos nuestra conciencia también sobre cómo transmitimos a los demás la tranquilidad y paz de la Barca que es la Iglesia, asegurando la presencia viva de Jesús Eucaristía, y siendo fieles a su Magisterio.
Meditemos, como nuestra Madre, todas las cosas en nuestro corazón.
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«Soy yo, no teman».
Eso dice Jesús.
Y te recuerda que es Él, y no tú, quien sostiene a la Iglesia, sacerdote, y el Hades no prevalecerá sobre ella, porque el demonio no tiene sobre tu Señor ningún poder.
Tu Señor te da la paz y la calma en medio de la oscuridad, de la tormenta, de los vientos fuertes y de los tiempos difíciles. Te sostiene y cuida a tu esposa, la Santa Iglesia, y te pide que lo ayudes.
La Iglesia te necesita, sacerdote.
Necesita tu fe, tu esperanza, pero sobre todo tu amor, para que la sirvas, para que la cuides, para que la protejas, para que la proveas, para que en ella reúnas al pueblo santo de Dios en un solo rebaño y con un solo Pastor.
La Iglesia es madre. Y tú, sacerdote, estás desposado con ella, y te hace padre de los hijos de la Santa Iglesia, para que los enseñes, para que los gobiernes, para que los alimentes con la Palabra y con la Santa Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre de tu Señor.
Tu Señor te dice: “no temas, yo soy”. Y tú, sacerdote, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué le temes? ¿De qué te angustias?
Confía y abandónate a la voluntad de tu Señor, no con miedo, sino con santo temor de Dios, para que temas, no a los fantasmas, sino al Cuerpo y a la Sangre de tu Señor, con temor divino, por el que busques agradar y servir a su Divina Majestad.
Permanece, sacerdote, en la seguridad de la Barca, que es la Santa Iglesia, y dale a tus hijos la tranquilidad de que navegas hacia puerto seguro, porque tu Señor es y está presente en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad, en presencia viva, en la Eucaristía.
Tú eres, sacerdote, quien representa a la divinidad de tu Señor, en cuerpo, en sangre, y en alma, en presencia viva, para darle a su pueblo seguridad, tranquilidad, calma y paz, a través de la fe y de los sacramentos.
Permanece atento, sacerdote. No te quedes dormido, para que no dejes de brillar, para que ilumines el camino en medio de la oscuridad del mundo, para que en ti vean a tu Señor que viene a su encuentro, que les lleva auxilio en medio del sufrimiento, del miedo, de la angustia, de la tempestad, de los vientos fuertes.
Confía, sacerdote, en tu Señor, y en la Iglesia, escuchando y obedeciendo la Palabra de Dios, respetando su ley, su doctrina y su Magisterio, entregando tu vida, practicando bien tu ministerio, buscando siempre a tu Señor cuando tengas miedo, cuando te sientas cansado, cuando te sientas débil, cuando te sorprendan las olas fuertes, y hagan tambalear tu fe.
Y cuando la soledad te invada y hayas perdido el rumbo, y no sepas regresar, mira la estrella, mira a María, y deja que ella sea tu guía, porque ella siempre te lleva a Jesús.
Nunca pierdas la esperanza, sacerdote. Deja todo, y abraza tu cruz con la alegría de saber que después de la noche hay un nuevo día. Pero aun, en medio de la oscuridad y de la tempestad, permaneces seguro dentro de la Barca.
Y recurre a la oración para llamar a tu Señor, y a la consagración al Inmaculado Corazón de su Madre, y al rezo del Santo Rosario, para que veas la luz en medio de la oscuridad, y creas.
Es Cristo que pasa, caminando sobre las aguas del mar de su misericordia, sobre el que flota la Barca de la salvación.
Tú eres, sacerdote, quien la lleva a puerto seguro.
Tú eres, sacerdote, la luz del mundo.
