Dedicación Basílica de Letrán


 

Dedicación de la Basílica de Letrán[1]

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DEL MISAL MENSUAL

DE TEMPLOS A TEMPLOS

Ez 47,1-2. 8-9. 12; 1 Co 3,9-11. 16-17; Jn 2,13-22

El profeta Ezequiel nos comparte una visión prometedora. La casa de oración se convertirá en la fuente de vida que irrigará colinas y desiertos, propagando el verdor, las frutas y alimentos por doquier. El pasaje se ubica en el contexto del regreso del destierro, es la afirmación clara de que Dios fuente de bendición volverá acompañar a su pueblo. Sin embargo, esa bendición no estará exenta de responsabilidades. Tal como lo señalan tanto el Evangelio de Juan como la Carta a los corintios, es necesario reportar frutos. El Señor Jesús visita el templo de Jerusalén y descubre la degradación presente en la abundancia de rituales, carentes de actitudes éticas. El gesto profético simboliza la destrucción de ese desorden. Ese montón de piedras no cumple su función, no sirve para vincular a los creyentes entre sí y con Dios. Habrá que construir un templo espiritual, edificado con fidelidad y justicia, con misericordia y amor fraterno. De ese templo habla san Pablo en su Carta.

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Ap 21, 2

Vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia, que va a desposarse con su prometido.

Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

Señor, tú que con piedras vivas y escogidas preparas una morada eterna para tu divinidad, derrama con abundancia sobre tu Iglesia la gracia que le has otorgado, para que tu pueblo fiel avance sin cesar en la construcción de la Jerusalén celestial. Por nuestro Señor Jesucristo...

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Vi salir agua del templo: era un agua que daba vida y fertilidad.

Del libro del profeta Ezequiel: 47, 1-2. 8-9. 12

En aquellos tiempos, un hombre me llevó a la entrada del templo. Por debajo del umbral manaba agua hacia el oriente, pues el templo miraba hacia el oriente, y el agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.

Luego me hizo salir por el pórtico del norte y dar la vuelta hasta el pórtico que mira hacia el oriente, y el agua corría por el lado derecho.

Aquel hombre me dijo: “Estas aguas van hacia la región oriental; bajarán hasta el Arabá, entrarán en el mar de aguas saladas y lo sanearán. Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá; habrá peces en abundancia, porque los lugares a donde lleguen estas aguas quedarán saneados y por dondequiera que el torrente pase, prosperará la vida. En ambas márgenes del torrente crecerán árboles frutales de toda especie, de follaje perenne e inagotables frutos. Darán frutos nuevos cada mes, porque los riegan las aguas que manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas, de medicina”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9.

R/. Un río alegra a la ciudad de Dios.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, quien en todo peligro nos socorre. Por eso no tememos, aunque tiemble, y aunque al fondo del mar caigan los montes. R/.

Un río alegra a la ciudad de Dios, su morada el Altísimo hace santa. Teniendo a Dios, Jerusalén no teme, porque Dios la protege desde el alba. R/.

Con nosotros está Dios, el Señor; es el Dios de Israel nuestra defensa. Vengan a ver las cosas sorprendentes que ha hecho el Señor sobre la tierra. R/.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes son el templo de Dios.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 3, 9-11. 16-17

Hermanos: Ustedes son la casa que Dios edifica. Yo, por mi parte, correspondiendo al don que Dios me ha concedido, como un buen arquitecto, he puesto los cimientos; pero es otro quien construye sobre ellos. Que cada uno se fije cómo va construyendo. Desde luego el único cimiento válido es Jesucristo y nadie puede poner otro distinto.

¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO 2 Cro 7, 16

R/. Aleluya, aleluya.

He elegido y santificado este lugar, dice el Señor, para que siempre habite ahí mi nombre. R/.

EVANGELIO

Jesús hablaba del templo de su cuerpo.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 2, 13-22

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”.

Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe, Señor, los dones que te presentamos y concédenos que podamos obtener en este lugar el fruto de tus sacramentos y el cumplimiento de nuestros deseos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO

En verdades justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque en toda casa consagrada a la oración te has dignado quedarte con nosotros para hacernos, tú mismo, templos del Espíritu Santo, que brillen, sostenidos por tu gracia, con el esplendor de una vida santa.

Y porque con tu acción constante, santificas a la Iglesia, esposa de Cristo, simbolizada por estos edificios materiales, a fin de que, llena de gozo por la multitud de sus hijos, sea presentada a ti en la gloria del cielo.

Por eso, con todos los ángeles y los santos, te alabamos proclamando sin cesar: Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. 1 P 2, 5

Ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor Dios, que has querido darnos en tu Iglesia un signo visible de la Jerusalén del cielo, concédenos que, mediante la participación en este sacramento, nos transformes en templo de tu gracia y nos concedas entrar en la morada de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede utilizarse la fórmula de bendición solemne

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

Ustedes son el templo de Dios (1 Co 3, 9-11. 16-17)

2ª. lectura

La imagen del templo de Dios (vv. 16-17), utilizada con frecuencia por San Pablo (cfr 6,19-20; 2 Co 6,16), manifiesta la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia. En efecto, «por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular» (León XIII, Divinum illud munus, n. 10). Es consolador y estimulante saber que «las Personas divinas inhabitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relación con ellas por el conocimiento y el amor (cfr Summa theologiae 1,43,3), aunque de un modo completamente íntimo y singular, absolutamente sobrenatural» (Pío XII, Mystici Corporis).

La presencia de la Trinidad en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas: Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 57).

A continuación, con dos citas bíblicas (Jb 5,13; Sal 94,11) queda rubricada la verdad de que los planteamientos exclusivamente humanos desembocan en el fracaso más rotundo. El cristiano, en cambio, que sólo pertenece a Cristo (v. 23) es dueño de todo: «Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre» (San Juan de la Cruz, Oración del alma enamorada).

Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré (Juan 2, 13-25)

Evangelio

San Juan presenta el ministerio de Jesús jalonado por las fiestas judías. Aquí, los acontecimientos se sitúan en relación a la Pascua. En ese contexto, la «purificación del Templo» tiene un sentido más profundo que el que aparece en los otros evangelios: Jesús no sólo manifiesta ser el Mesías (cfr Mt 21,12-13), sino que Él es el nuevo y definitivo Templo de Dios entre los hombres.

Cuando Jesús compara el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, revela la verdad más profunda sobre sí mismo: la Encarnación, es decir, que Él es el Verbo de Dios que puso su morada entre nosotros (cfr 1,14). El evangelista deja constancia, sin embargo, de que sólo a la luz de los acontecimientos de la última Pascua (v. 22) nos es posible comprender esa verdad.

En las palabras pronunciadas por Jesús (v. 19) no hay nada despectivo hacia el Templo, como pretenderían después los falsos testigos (Mt 26,61; Mc 14,58) y los que se burlaron de él mientras agonizaba en la cruz (Mt 27,40; Mc 15,29; cfr Hch 6,14). El signo del que les habla será su propia resurrección al tercer día (cfr Mt 16,4: «la señal de Jonás»). Para indicar la grandeza del milagro de su resurrección, Jesús recurre al lenguaje metafórico. Es como si dijera: «¿Veis este Templo? Pues bien, imaginadlo destruido. ¿No sería un gran milagro reconstruirlo en tres días? Esto haré yo como señal. Porque vosotros destruiréis mi Cuerpo, que es el Templo verdadero, y yo lo volveré a levantar al tercer día». La declaración de que Jesús es el Templo de Dios quedó entonces encubierta para todos. Judíos y discípulos pensaron que el Señor hablaba de volver a edificar el Templo que Herodes el Grande había empezado a construir en el 19-20 a.C. Sólo más tarde los discípulos entendieron el verdadero sentido de las palabras de Jesús (v. 22).

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SAN AGUSTÍN (www.iveargentina.org)

La dedicación, es decir, nuestra propia santificación.

1. La fiesta que nos congrega es la dedicación de esta casa de oración. Esta es, en efecto, la casa de nuestras oraciones, pues la casa de Dios somos nosotros mismos. Si nosotros somos la casa de Dios, somos edificados en este mundo para ser dedicados al fin del mundo. Todo edificio, mejor, toda edificación, requiere trabajo; la dedicación pide alegría. Lo que acontecía aquí cuando se levantaba este edificio, sucede ahora cuando se congregan los fieles en Cristo. El creer equivale, en cierto modo, a arrancar las vigas y piedras de los bosques y montes; el ser catequizados, bautizados y formados se equipara a la tarea detallado, pulido y ajustamiento por las manos de los carpinteros y artesanos. Sin embargo, no edifican la casa de Dios más que cuando se ajustan unos a otros mediante la caridad. Si estas vigas y estas piedras no se unen entre sí dentro de un cierto orden, si no se combinan pacíficamente, si en cierto modo no se amasen estrechándose entre sí, nadie entraría aquí. Además, cuando veis que las piedras y las vigas se ajustan bien en algún edificio, entras tranquilo sin temer que se caiga. Así, pues, queriendo Cristo el Señor entrar y habitar en nosotros, como si estuviera edificándonos, decía: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Os doy, dijo, un mandamiento nuevo. Erais viejos, aún no me construíais esta casa, yacíais entre vuestras ruinas. Por tanto, para libraros de la vetustez de vuestra ruina amaos los unos a los otros. Considere, pues, vuestra caridad que, como fue predicho y prometido, esta casa está aún en construcción en todo el orbe de la tierra. Cuando se edificaba el templo después de la cautividad, se decía, según indica otro salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. Las palabras: un cántico nuevo, equivalen a las otras del Señor: un mandamiento nuevo. ¿Qué tiene de peculiar el cántico nuevo sino un nuevo amor? Cantar es propio del que ama. La voz de este cantor es el fervor del santo amor.

2. Amemos, amemos gratuitamente, pues amamos a Dios, mejor que el cual nada podemos encontrar. Amémosle a él por él mismo y amémonos a nosotros en él, pero por él. Ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo o porque ya está o para que esté en él. Este es el verdadero amor. Si nuestro amor tiene otras motivaciones, más que amor, es odio. Quien ama la maldad, ¿qué odia? ¿Tal vez a su vecino o a su vecina?

Espántese: odia a su alma. Amar la maldad y odiar el alma son la misma cosa. Por tanto, lo contrario es; odio a la maldad y amor al alma se identifican. Quienes amáis al Señor, odiad el mal. Dios es bueno, malo lo que amas, y te amas a ti mismo, que eres malo. ¿Cómo puedes amar a Dios, si aún amas lo que odia Dios? Has escuchado que Dios nos amó; y es verdad que nos amó; y, si miramos cómo éramos cuando nos amó, enrojeceremos de vergüenza. Pero, si eso no se da, se debe a que, al amarnos como éramos, nos hizo distintos de cómo éramos. Nos avergüenza el recordar nuestro pasado y nos llena de gozo lo que esperamos para el futuro. ¿Por qué, pues, avergonzarnos de lo que fuimos y no más bien confiar en que en esperanza hemos sido salvados? Además, hemos oído: Acercaos a él, y seréis iluminados y vuestros rostros no se ruborizarán. Si se va la luz, caes otra vez en la confusión. Acercaos a él y seréis iluminados. Él es luz, y nosotros, sin él, tinieblas. Si te alejas de la luz, permanecerás en las tinieblas; pero, si te acercas a ella, darás luz; pero no tuya, pues fuisteis en otro tiempo tinieblas, dice el Apóstol a los fieles que antes fueron infieles: Fuisteis en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Si, pues, sois luz en el Señor, sin el Señor sois tinieblas. Por tanto, si sois luz en el Señor y tinieblas sin él, acercaos a él y seréis iluminados.

3. Prestad atención al salmo de la dedicación que acabamos de cantar, al edificio que se levanta de sus ruinas. Rasgaste mi saco: esto pertenece a las ruinas. ¿Qué corresponde al edificio?

Y me ceñiste de alegría. El grito de la dedicación: A fin de que mi gloria te cante y no sienta pena. ¿Quién habla? Reconocedlo por sus palabras. Si trato de exponerlo, es cosa oscura. Por tanto, repetiré sus palabras, para que al instante reconozcáis al que habla y lo améis. ¿Quién pudo decir: Señor, libraste mi alma del infierno? ¿Qué alma ha sido librada ya del infierno sino aquella de quien se dijo en otro lugar: No dejarás mi alma en el infierno? Se trata de la dedicación y se canta a la liberación; se entona con júbilo el cántico de dedicación de la casa y se dice, le exaltaré, Señor, porque me recibiste y no alegraste a mis enemigos por causa mía. Mirad a los enemigos judíos, que pensaban haber dado ellos muerte a Cristo, haberle vencido como a un enemigo y haberlo hecho perecer como a un hombre mortal y semejante a los demás. Resucitó al tercer día, y éste es su grito: Te exaltaré, Señor, porque me has recibido. Fijaos en el Apóstol, que dice: Por lo cual, Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre. Y no alegraste a mis enemigos por causa mía. Ellos, ciertamente, se regocijaron de la muerte de Cristo; pero, una vez resucitado, ascendido y anunciado, algunos se arrepintieron. Al ser predicado y anunciado por la constancia de los apóstoles, algunos se arrepentían y se convertían, mientras otros se endurecían y confundían; ninguno, en cambio, se regocijaba de su muerte. Ahora, cuando las iglesias se encuentran llenas, ¿hemos de pensar que los judíos encuentran gozo en ello? Se edifican, se dedican, se llenan las iglesias, ¿cómo pueden regocijarse ellos? No sólo no se regocijan, sino hasta se sienten confundidos y se cumple el grito de alegría: Te exaltaré, Señor, porque me has recibido y no alegraste a mis enemigos por causa mía. No los regocijaste a costa mía; si me dan crédito a mí, los regocijarás en mí.

4. Para no perdernos en muchas palabras, vengamos a lo que antes hemos cantado. ¿Cómo dice Cristo: Rompiste mi saco y me ceñiste de alegría? Su saco era la semejanza de la carne de pecado. No te parezca vil porque diga: mi saco; dentro de él estaba tu precio. Rompiste mi saco. Hemos venido a parar a este saco. Rompiste mi saco. Fue roto en la pasión. ¿Cómo, pues, dice a Dios Padre: Rompiste mi saco? ¿Quieres saber por qué dice a Dios Padre: Rompiste mi saco? Porque no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos. Lo hizo por medio de los judíos, sin que ellos fueran conscientes, para redimir a los que lo sabían y confundir a los que lo negaban. Ellos ignoran, en efecto, el bien que con su mal obrar nos causaron a nosotros. El saco fue colgado, y el impío pareció llenarse de alegría. El perseguidor rompió el saco con la lanza, y el redentor derramó nuestro precio. Cante Cristo, el redentor; gima Judas, el vendedor, y ruborícese el judío, comprador. Judas hizo una venta y el judío una compra: hicieron un mal negocio, ambos sufrieron pérdidas, y se perdieron a sí mismos tanto el vendedor como el comprador. Quisisteis comprar;¡cuánto mejor os hubiera sido ser rescatados! Judas vendió, el judío compró; ¡desdichado contrato! Ni el primero tiene el precio ni el segundo a Cristo. A uno le dijo: «¿Dónde está lo que recibiste?»; y al otro: «¿Dónde está lo que compraste?» A aquél le dijo: «Tu venta fue un engaño a ti mismo.» Salta de gozo, cristiano; tú saliste vencedor en el contrato entre tus enemigos. Tú adquiriste lo que uno vendió y el otro compró.

5. Diga, pues, nuestra cabeza; diga nuestra cabeza muerta y dedicada por su cuerpo; diga y oigámosle: Rompiste mi saco y me ceñiste de alegría; es decir, rompiste mi mortalidad y me ceñiste de inmortalidad e incorrupción. Vara que mi gloria te cante a ti y no me sienta triste. ¿Qué significa no me sienta triste? Que el perseguidor no arroje su lanza contra mí para que me sienta triste: Pues Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre él, pues lo que ha muerto, ha muerto una vez al pecado; más lo que vive, vive para Dios. De idéntica manera, dice, considerémonos nosotros muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor. En él, por tanto, cantamos; en él hemos sido dedicados. Adonde nos precedió la cabeza, esperamos seguirle también los miembros. En efecto, estamos salvados en esperanza; más la esperanza que se ve no es esperanza, pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Por tanto, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos, por la paciencia somos edificados. Quizá encontremos allí también nuestra voz si nos fijamos bien, si miramos con esmero, si aplicamos una mirada atenta, y no como suelen hacer los ciegos amantes de los cuerpos; si, pues, aplicamos el ojo espiritual, nos encontraremos a nosotros mismos en las palabras de nuestro Señor Jesucristo. No en vano dijo el Apóstol: Sabiendo que nuestro hombre viejo ha sido crucificado juntamente con él para anular al cuerpo de pecado y para que ya nunca más sirvamos al pecado. Reconoce allí tu voz: Vara que mi gloria te cante a ti y no me sienta triste. Ahora, mientras pujamos por la carga de este cuerpo mortal, nunca faltan motivos de tristeza. Si el corazón no se siente triste y compungido, ¿por qué se le golpea? Más cuando llegue también la dedicación de nuestro cuerpo, precedida en el ejemplo del Señor, entonces no nos sentiremos tristes. La lanza que lo atravesó fue un símbolo de la tristeza que nos procura el pecado. Finalmente, está escrito: El pecado tuvo comienzo en la mujer, y por ella mueren todos; recordad de qué miembro fue creada y ved dónde hirió la lanza al Señor. Recordad, repito, vuestra primera creación; como dije, no en vano nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con él, para anular al cuerpo de pecado y para que ya nunca más sirvamos al pecado. Eva, pues, de quien tomó comienzo el pecado, fue formada del costado del varón. Cuando eso aconteció, él yacía durmiendo; Cristo pendía muerto cuando lo otro sucedió. Sueño y muerte son parientes; lo mismo un costado y otro costado: el Señor fue herido en el lugar de los pecados. Pero de un costado fue creada Eva, que, pecando, nos llevó a la muerte, y del otro fue hecha la Iglesia, que, engendrándonos, nos dio la vida.

Sermones (5º) (t. XXV), Sobre los mártires, Sermón 336, 1-5, BAC Madrid 1984, 757-64

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SAN JUAN PABLO II – Homilía del 9 de noviembre de 1980

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Permitid, queridos hermanos y hermanas, que este domingo en que la Iglesia celebra el correspondiente aniversario de la Dedicación de la Basílica Lateranense, exprese yo, junto con vosotros, la más profunda veneración a nuestro Dios y Señor, que habita en este venerable templo.

¡Dios habita en el interior de su Iglesia!

Cuando el templo fue erigido en este lugar —y sucedió por vez primera en tiempos del Emperador Constantino —, fue dedicado a Dios solo. En efecto, se edifican las iglesias para dedicarlas a Dios, como para darle a Él solo su particular propiedad y su habitación en medio de nosotros, que somos su pueblo. Y de nuestros antepasados en la fe recibimos la certeza de la verdad revelada, según la cual Dios quiere habitar en medio de nosotros. Quiere estar con nosotros. ¿De qué otra cosa, si no de esto, es testimonio la historia de los Patriarcas y de Moisés?

Y, ¿qué otra cosa testimonia, sobre todo Cristo Señor y Salvador nuestro que, de modo especial, es desde el principio, Patrono de la Iglesia en Letrán?

Sí, hace poco hemos escuchado sus palabras pronunciadas ante los habitantes de Jerusalén y ante los peregrinos que habían llegado para visitar el templo de Salomón: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19). Cristo había subido al templo de Jerusalén junto con los demás y —como hemos escuchado— había echado fuera a la gente que vendía bueyes, ovejas, palomas y a los cambistas sentados allí. Y entonces, ante la reacción tan dura del Maestro de Nazaret, ante las palabras que había pronunciado en esa ocasión: “no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación”, le fue hecha esta pregunta: “¿Qué señal das para obrar así? “ (Jn 2, 16. 18).

La respuesta de Cristo suscitó una sensación de recelo: “Cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?” (Jn 2, 20).

Solamente los más cercanos a Cristo eran conscientes de que en lo que había dicho se había manifestado su “celo” filial por la casa del Padre, un celo que lo devoraba (cf. Jn 2, 14). Y ellos, los discípulos, entendieron después, cuando Cristo resucitó, que echando entonces a los comerciantes del templo de Jerusalén, pensaba sobre todo en el “templo de su cuerpo” (Jn 2, 21).

Así, pues, en el día en que celebramos el recuerdo anual de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que es madre de todas las Iglesias, deseamos expresar la máxima veneración a esta “morada de Dios con nosotros” (cf. Ap 21, 3), profesando que ella representa al mismo Cristo crucificado y resucitado. Cristo, nuestra Pascua; porque por Él, en Él y con Él tenemos acceso al Padre en el Espíritu Santo; por Él, en Él y con Él, Dios mismo, en el misterio inescrutable de su Vida Trinitaria, se acerca a nosotros para estar con nosotros, para habitar en medio de nosotros.

De este modo, yo. Obispo de Roma, deseo hoy expresar mi veneración al misterio de este templo al que estoy unido desde hace dos años, y deseo expresar esa veneración juntamente con vosotros, que sois una parte peculiar de la Iglesia de Roma. Sois, en efecto, la parroquia lateranense. ¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Es una gran distinción, verdaderamente singular, la vuestra! Ella os impone el deber de captar, ante todo, de modo especialmente perspicaz, el misterio del templo de Dios, que la liturgia de hoy pone tan magníficamente de relieve, y os permite también vivirlo después con la necesaria coherencia.

¿Qué os diré, queridos fieles de la parroquia de San Juan de Letrán? Permitidme seguir a San Pablo y proponeros una frase suya, sacada de la liturgia de hoy: “Vosotros sois arada de Dios, edificación de Dios” (1 Cor 3, 9).

Dos comparaciones, cada una de las cuales habla en modo muy expresivo de cada uno de vosotros y, al mismo tiempo, de toda vuestra comunidad.

Sois la “arada de Dios”, que debe su buena cosecha sobre todo al agua del bautismo. Aquí, junto a la Basílica, se encuentra una fuente bautismal muy antigua. Y aquí, con el agua de la fuente bautismal lateranense, muchos de vosotros han nacido a la vida divina en la gracia de hijos adoptivos, viniendo a formar parte de esta comunidad parroquial. ¡Cuán elogiosamente el Salmo responsorial de hoy exalta las “corrientes del río” que “alegran la ciudad de Dios” (Sal 45 [46] 5)! Y el Profeta Ezequiel evoca la imagen de los árboles que crecen a la orilla del torrente y gracias a ello producen frutos. He aquí sus palabras: “En las riberas del río, al uno y al otro lado, se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán y cuyo fruto no faltará. Todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario, y serán comestibles, y sus hojas, medicinales” (Ez 47, 12).

Así también vosotros, queridos hermanos y hermanas, crecéis en virtud de la gracia del bautismo y producís frutos de buenas obras, frutos que deben durar para la vida eterna, si permanecéis fieles a esa gracia del bautismo.

Está después otra comparación: vosotros sois la edificación de Dios”. Tal imagen expresa la misma verdad respecto a nuestro vínculo orgánico con Cristo, como “fundamento” de toda la vida espiritual: “Cuanto al fundamento, nadie puede poner otro, sino el que está puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3, 11).

Así escribe el Apóstol Pablo en la primera Carta a los Corintios, y seguidamente plantea a los destinatarios de su Carta —y también a nosotros— la siguiente pregunta: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3, 16). Y añade todavía (son palabras fuertes e incluso en cierto sentido severas y amenazadoras): “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo aniquilará” (1 Cor 3, 16). Para concluir después: “Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1 Cor 3, 17).

He aquí el metro con el que conviene medir vuestra vida cristiana: cada uno de vosotros individualmente y todos juntos en el contexto de esta comunidad parroquial.

Es un metro que debe estimular el sentido de responsabilidad de cada uno, induciéndole a asumirse generosamente los deberes que derivan de su inserción, mediante el bautismo, en el Cuerpo místico de Cristo. El formar, pues, parte de esta parroquia, no grande pero especialmente significativa, a la vez que constituye para todos vosotros un título especial de honor, ofrece también a cada uno la justificación de especiales deberes. Vuestra vida cristiana se desarrolla a la sombra de la catedral del Papa, a la que vienen fieles de todas partes del mundo, para confirmar su adhesión a la Cátedra de Pedro y renovar, en el contiguo baptisterio, el compromiso de sus promesas bautismales.

¿Cómo no advertir el toque de atención que supone semejante contacto habitual y su consiguiente e inevitable parangón? Vosotros podéis recibir mucho de los testimonios de fe intensa y de fervorosa devoción que dan los peregrinos procedentes de regiones a veces lejanísimas, consintiéndoos experimentar cotidiana y directamente la dimensión católica de la Iglesia. A vosotros os corresponde ofrecerles una acogida que les agrade y les haga sentirse, aquí en el centro de la catolicidad, como “en su propia casa”. A vosotros os corresponde darles ejemplo de una comunidad dinámicamente tendente hacia los demás, en el deseo de hacer partícipes a todos del gozo que produce el haber descubierto el amor de Cristo. A vosotros os corresponde, sobre todo, manifestaros, en cualquier aspecto de vuestra conducta, dignos herederos de aquellos romanos, por los que San Pablo daba gracias a Dios “porque la fama de su fe se había extendido por todo el mundo” (cf. Rom 1, 8).

Al final de esta meditación, dirijamos una vez más la mirada de nuestra fe sobre este maravilloso templo, que hoy celebra el aniversario de su dedicación.

Y acompañen nuestro encuentro con la comunidad de la parroquia lateranense estas solemnes y gozosas palabras de la liturgia de hoy: “He elegido y consagrado esta casa para que mi nombre habite en ella perpetuamente (2 Cor 7, 16). Aleluya”.

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FRANCISCO – Audiencia (26 de junio de 2013) - Homilías (22 de noviembre de 2013 y 9 de noviembre de 2019)

AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 26 de junio de 2013

Iglesia como templo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quisiera hoy aludir brevemente a otra imagen que nos ayuda a ilustrar el misterio de la Iglesia: el templo (cf. Conc. Ecum. Vat. II, const. dogm. Lumen gentium, 6).

¿A qué pensamiento nos remite la palabra templo? Nos hace pensar en un edificio, en una construcción. De manera particular, la mente de muchos se dirige a la historia del Pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento. En Jerusalén, el gran Templo de Salomón era el lugar del encuentro con Dios en la oración; en el interior del Templo estaba el Arca de la alianza, signo de la presencia de Dios en medio del pueblo; y en el Arca se encontraban las Tablas de la Ley, el maná y la vara de Aarón: un recuerdo del hecho de que Dios había estado siempre dentro de la historia de su pueblo, había acompañado su camino, había guiado sus pasos. El templo recuerda esta historia: también nosotros, cuando vamos al templo, debemos recordar esta historia, cada uno de nosotros nuestra historia, cómo me encontró Jesús, cómo Jesús caminó conmigo, cómo Jesús me ama y me bendice.

Lo que estaba prefigurado en el antiguo Templo, está realizado, por el poder del Espíritu Santo, en la Iglesia: la Iglesia es la “casa de Dios”, el lugar de su presencia, donde podemos hallar y encontrar al Señor; la Iglesia es el Templo en el que habita el Espíritu Santo que la anima, la guía y la sostiene. Si nos preguntamos: ¿dónde podemos encontrar a Dios? ¿Dónde podemos entrar en comunión con Él a través de Cristo? ¿Dónde podemos encontrar la luz del Espíritu Santo que ilumine nuestra vida? La respuesta es: en el pueblo de Dios, entre nosotros, que somos Iglesia. Aquí encontraremos a Jesús, al Espíritu Santo y al Padre.

El antiguo Templo estaba edificado por las manos de los hombres: se quería “dar una casa” a Dios para tener un signo visible de su presencia en medio del pueblo. Con la Encarnación del Hijo de Dios, se cumple la profecía de Natán al rey David (cf. 2S 7, 1-29): no es el rey, no somos nosotros quienes “damos una casa a Dios”, sino que es Dios mismo quien “construye su casa” para venir a habitar entre nosotros, como escribe san Juan en su Evangelio (cf. Jn 1, 14). Cristo es el Templo viviente del Padre, y Cristo mismo edifica su “casa espiritual”, la Iglesia, hecha no de piedras materiales, sino de “piedras vivientes”, que somos nosotros. El Apóstol Pablo dice a los cristianos de Éfeso: “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantado hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu” (Ef 2, 20-22). ¡Esto es algo bello! Nosotros somos las piedras vivas del edificio de Dios, unidas profundamente a Cristo, que es la piedra de sustentación, y también de sustentación entre nosotros. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el templo somos nosotros, nosotros somos la Iglesia viviente, el templo viviente, y cuando estamos juntos entre nosotros está también el Espíritu Santo, que nos ayuda a crecer como Iglesia. Nosotros no estamos aislados, sino que somos pueblo de Dios: ¡ésta es la Iglesia!

Y es el Espíritu Santo, con sus dones, quien traza la variedad. Esto es importante: ¿qué hace el Espíritu Santo entre nosotros? Él traza la variedad que es la riqueza en la Iglesia y une todo y a todos, de forma que se construya un templo espiritual, en el que no ofrecemos sacrificios materiales, sino a nosotros mismos, nuestra vida (cf. 1P 2, 4-5). La Iglesia no es un entramado de cosas y de intereses, sino que es el Templo del Espíritu Santo, el Templo en el que Dios actúa, el Templo del Espíritu Santo, el Templo en el que Dios actúa, el Templo en el que cada uno de nosotros, con el don del Bautismo, es piedra viva. Esto nos dice que nadie es inútil en la Iglesia, y si alguien dice a veces a otro: “Vete a casa, eres inútil”, esto no es verdad, porque nadie es inútil en la Iglesia, ¡todos somos necesarios para construir este Templo! Nadie es secundario. Nadie es el más importante en la Iglesia; todos somos iguales a los ojos de Dios. Alguno de vosotros podría decir: “Oiga, señor Papa, usted no es igual a nosotros”. Sí: soy como uno de vosotros, todos somos iguales, ¡somos hermanos! Nadie es anónimo: todos formamos y construimos la Iglesia. Esto nos invita también a reflexionar sobre el hecho de que si falta la piedra de nuestra vida cristiana, falta algo a la belleza de la Iglesia. Hay quienes dicen: “Yo no tengo que ver con la Iglesia”, pero así se cae la piedra de una vida en este bello Templo. De él nadie puede irse, todos debemos llevar a la Iglesia nuestra vida, nuestro corazón, nuestro amor, nuestro pensamiento, nuestro trabajo: todos juntos.

Desearía entonces que nos preguntáramos: ¿cómo vivimos nuestro ser Iglesia? ¿Somos piedras vivas o somos, por así decirlo, piedras cansadas, aburridas, indiferentes? ¿Habéis visto qué feo es ver a un cristiano cansado, aburrido, indiferente? Un cristiano así no funciona; el cristiano debe ser vivo, alegre de ser cristiano; debe vivir esta belleza de formar parte del pueblo de Dios que es la Iglesia. ¿Nos abrimos nosotros a la acción del Espíritu Santo para ser parte activa en nuestras comunidades o nos cerramos en nosotros mismos, diciendo: “tengo mucho que hacer, no es tarea mía”?

Que el Señor nos dé a todos su gracia, su fuerza, para que podamos estar profundamente unidos a Cristo, que es la piedra angular, el pilar, la piedra de sustentación de nuestra vida y de toda la vida de la Iglesia. Oremos para que, animados por su Espíritu, seamos siempre piedras vivas de su Iglesia.

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Para qué se va al templo

Homilía del 22 de noviembre de 2013

El templo existe “para adorar a Dios”. Y precisamente por esto es “punto de referencia de la comunidad”, compuesta por personas que son ellas mismas “un templo espiritual donde habita el Espíritu Santo”. Una meditación sobre el “verdadero sentido del templo” propuesta por el Papa Francisco en la homilía de la misa que celebró el viernes 22 de noviembre, por la mañana, en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Como de costumbre la reflexión del Pontífice se inspiró en la liturgia de la Palabra, en particular, en el pasaje tomado del primer libro de los Macabeos (1M 4, 36-37. 52-59) −que habla de la nueva consagración del templo realizada por Judas− y del pasaje evangélico de Lucas que relata la expulsión de los vendedores del templo (Lc 19, 45-48).

La de Judas Macabeo −explicó− no fue la primera consagración y purificación del templo, que, en las vicisitudes de la historia, fue también “destruido” durante las guerras, tal es así que “recordamos cuando Neemías reconstruye el templo”. Y así Judas Macabeo, después de la victoria, piensa en el templo: “Nuestros enemigos están vencidos; subamos, pues, a purificar el santuario y a restaurarlo”. Una purificación y una nueva consagración necesarias “porque los paganos habían utilizado el santuario para su culto”. Por lo tanto “se debía purificar y volver a consagrar”.

Para el Papa Francisco el mensaje de fondo “es muy importante: el templo como un lugar de referencia de la comunidad, lugar de referencia del pueblo de Dios”. Y en esta perspectiva el Pontífice hizo también revivir “el itinerario del templo en la historia”, que “comienza con el arca; luego Salomón realiza su construcción; después llega a ser templo vivo: Jesucristo el templo. Y terminará en la gloria, en la Jerusalén celestial”.

“Consagrar de nuevo el templo para que se le dé gloria a Dios” es por consiguiente el sentido esencial del gesto de Judas Macabeo, precisamente porque “el templo es el lugar donde la comunidad va a orar, a alabar al Señor, a dar gracias, pero sobre todo a adorar”. En efecto, “en el templo se adora al Señor. Este es el punto más importante” ratificó el Papa. Y esta verdad es válida para todo templo y para toda ceremonia litúrgica, donde lo que “es más importante es la adoración” y no “los cantos y los ritos”, por bellos que sean. “Toda la comunidad reunida −explicó− mira al altar donde se celebra el sacrificio y adora. Pero creo, humildemente lo digo, que nosotros los cristianos tal vez hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Y pensamos: vamos al templo, nos reunimos como hermanos, y es bueno, es bello. Pero el centro está allí donde está Dios. Y nosotros adoramos a Dios”.

El Papa Francisco invitó, por eso, a aprovechar la ocasión para repensar en la actitud que hay que tener: “Nuestros templos −preguntó− ¿son lugares de adoración? ¿Favorecen la adoración? Nuestras celebraciones, ¿favorecen la adoración?”. Judas Macabeo y el pueblo “tenían el celo por el templo de Dios porque es la casa de Dios, la morada de Dios. E iban en comunidad a encontrar a Dios allí, a adorar”.

Como relata el evangelista Lucas, “también Jesús purifica el templo”. Pero lo hace con el “látigo en la mano”. Se pone a expulsar “las actitudes paganas, en este caso de los mercaderes que vendían y habían transformado el templo en pequeños negocios para vender, para cambiar las monedas, las divisas”. Jesús purifica el templo reprendiendo: “Está escrito: mi casa será casa de oración” y “no de otra cosa. El templo es un lugar sagrado. Y nosotros debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración. No hay otra cosa”.

Además, prosiguió el Pontífice, “san Pablo nos dice que somos templos del Espíritu Santo: yo soy un templo, el Espíritu de Dios está en mí. Y también nos dice: no entristescáis al espíritu del Señor que está dentro de vosotros”. En este caso, precisó, podemos hablar de “una especie de adoración, que es el corazón que busca al Espíritu del Señor dentro de sí. Y sabe que Dios está dentro de sí, que el Espíritu Santo está dentro de sí y escucha y le sigue. También nosotros −afirmó− debemos purificarnos continuamente porque somos pecadores: purificarnos con la oración, con la penitencia, con el sacramento de la reconciliación, con la Eucaristía”.

Y así, explicó el Santo Padre, “en estos dos templos −el templo material lugar de adoración y el templo espiritual dentro de mí, donde mora el Espíritu Santo− nuestra actitud debe de ser la piedad que adora y escucha; que ora y pide perdón; que alaba al Señor”. Y “cuando se habla de la alegría del templo, se habla de esto: toda la comunidad en adoración, en oración, en acción de gracias, en alabanza. En oración con el Señor que está dentro de mí, porque soy templo; en escucha; en disponibilidad”.

El Papa concluyó la homilía invitando a orar para que “el Señor nos conceda este sentido auténtico del templo para poder ir adelante en nuestra vida de adoración y de escucha de la Palabra de Dios”.

Ángelus 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia recuerda la Dedicación de la basílica lateranense, que es la catedral de Roma y que la tradición define «madre de todas las iglesias de la ciudad y del mundo». Con el término «madre» nos referimos no tanto al edificio sagrado de la basílica, sino a la obra del Espíritu Santo que se manifiesta en este edificio, fructificando mediante el ministerio del obispo de Roma en todas las comunidades que permanecen en la unidad con la Iglesia que él preside.

Cada vez que celebramos la dedicación de una iglesia, se nos recuerda una verdad esencial: el templo material hecho de ladrillos es un signo de la Iglesia viva y operante en la historia, esto es, de ese «templo espiritual», como dice el apóstol Pedro, del cual Cristo mismo es «piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 P 2, 4-8). Jesús, en el Evangelio de la liturgia de hoy, al hablar del templo revela una verdad sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas. En virtud del Bautismo, cada cristiano forma parte del «edificio de Dios» (1 Cor 3, 9), es más, se convierte en la Iglesia de Dios. El edificio espiritual, la Iglesia comunidad de los hombres santificados por la sangre de Cristo y por el Espíritu del Señor resucitado, pide a cada uno de nosotros ser coherentes con el don de la fe y realizar un camino de testimonio cristiano. Y no es fácil, lo sabemos todos, la coherencia en la vida, entre la fe y el testimonio; pero nosotros debemos seguir adelante y buscar cada día en nuestra vida esta coherencia. «¡Esto es un cristiano!», no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo en que se comporta. Esta coherencia que nos da vida es una gracia del Espíritu Santo que debemos pedir. La Iglesia, en el origen de su vida y de su misión en el mundo, no ha sido más que una comunidad constituida para confesar la fe en Jesucristo Hijo de Dios y Redentor del hombre, una fe que obra por medio de la caridad. ¡Van juntas! También hoy la Iglesia está llamada a ser en el mundo la comunidad que, arraigada en Cristo por medio del bautismo, profesa con humildad y valentía la fe en Él, testimoniándola en la caridad.

A esta finalidad esencial deben orientarse también los elementos institucionales, las estructuras y los organismos pastorales; a esta finalidad esencial: testimoniar la fe en la caridad. La caridad es precisamente la expresión de la fe y también la fe es la explicación y el fundamento de la caridad. La fiesta de hoy nos invita a meditar sobre la comunión de todas las Iglesias, es decir, de esta comunidad cristiana. Por analogía nos estimula a comprometernos para que la humanidad pueda superar las fronteras de la enemistad y de la indiferencia, para construir puentes de comprensión y de diálogo, para hacer de todo el mundo una familia de pueblos reconciliados entre sí, fraternos y solidarios. De esta nueva humanidad la Iglesia misma es signo y anticipación cuando vive y difunde con su testimonio el Evangelio, mensaje de esperanza y reconciliación para todos los hombres.

Invoquemos la intercesión de María santísima, a fin de que nos ayude a llegar a ser, como ella, «casa de Dios», templo vivo de su amor.

 

Redescubrir la propia vocación

Homilía del 9 de noviembre de 2019

Esta tarde, en esta celebración de la Dedicación, me gustaría tomar de la Palabra de Dios tres versículos para daros, para que los hagáis objeto de meditación y oración.

El primero está dirigido a todos, a toda la comunidad diocesana de Roma. Es el versículo del Salmo Responsorial: «Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios» (46, 5). Los cristianos que viven en esta ciudad son como el río que fluye del templo: traen una Palabra de vida y esperanza capaz de fecundar los desiertos de los corazones, como el arroyo descrito en la visión de Ezequiel (cf. cap. 47) fecunda el desierto de Arabá y sanea las aguas saladas y sin vida del Mar Muerto. Lo importante es que la corriente de agua salga del templo y se dirija a tierras de aspecto hostil. La ciudad no puede por menos que alegrarse cuando ve a los cristianos convertirse en anunciadores alegres, decididos a compartir con los demás los tesoros de la Palabra de Dios y a trabajar por el bien común. La tierra, que parecía destinada para siempre a la sequía, revela un potencial extraordinario: se convierte en un jardín con árboles siempre verdes y hojas y frutos de poder medicinal. Ezequiel explica por qué es tan fecunda: «Esta agua viene del santuario» (47, 12). ¡Dios es el secreto de esta nueva fuerza de vida!

¡Ojalá el Señor se regocije al vernos en movimiento, dispuestos a escuchar con el corazón a sus pobres que claman a Él! ¡Qué la Madre Iglesia de Roma experimente el consuelo de ver una vez más la obediencia y el coraje de sus hijos, llenos de entusiasmo por este nuevo tiempo de evangelización! Encontrar a los demás, dialogar con ellos, escucharlos con humildad, gratuidad y pobreza de corazón... Os invito a vivir todo esto no como un esfuerzo pesado, sino con ligereza espiritual: en lugar de dejarse atrapar por el ansia de actuar es más importante que ampliéis vuestra percepción para captar la presencia y la acción de Dios en la ciudad. Es una contemplación que nace del amor.

A vosotros, sacerdotes, quiero dedicar un versículo de la segunda lectura, de la Primera Carta a los Corintios: «Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (3, 11). Esta es vuestra tarea, el corazón de vuestro ministerio: ayudar a la comunidad a permanecer siempre a los pies del Señor para escuchar su palabra; mantenerla alejada de toda mundanidad, de los malos compromisos; custodiar el fundamento y la raíz santa del edificio espiritual; defenderla de los lobos rapaces, de aquellos que quieren desviarla del camino del Evangelio. Como Pablo, vosotros también sois “arquitectos sabios” (cf. 3, 10), sabios porque sabéis bien que cualquier otra idea o realidad que queramos poner en la base de la Iglesia en lugar del Evangelio, podría garantizarnos quizás un mayor éxito, quizás una gratificación inmediata, ¡pero implicaría inevitablemente el derrumbe, el derrumbe de todo el edificio espiritual!

Desde que soy obispo de Roma he conocido más de cerca a muchos de vosotros, queridos sacerdotes: he admirado la fe y el amor al Señor, la cercanía a las personas y la generosidad en el cuidado de los pobres. Conocéis los barrios de la ciudad como ningún otro y guardáis en vuestros corazones los rostros, las sonrisas y las lágrimas de tanta gente. Habéis dejado de lado los contrastes ideológicos y los protagonismos personales para dar cabida a lo que Dios os pide. El realismo de los que tienen los pies en la tierra y saben “cómo son las cosas en este mundo” no os ha impedido volar alto con el Señor y soñar en grande. ¡Que Dios os bendiga! ¡Qué la alegría de la intimidad con Él sea la recompensa más verdadera por todo el bien que hacéis cada día!

Y finalmente un versículo para vosotros, miembros de los equipos pastorales, que estáis aquí para recibir un mandato especial del Obispo. No podía por menos que escogerlo del Evangelio (Jn 2, 13-22), donde Jesús se comporta de forma divinamente provocativa. Para poder sacudir la estupidez de los hombres y conducirlos a cambios radicales, a veces Dios opta por actuar con fuerza, para romper una situación. Jesús, con su acción, quiere producir un cambio de ritmo, una inversión de ruta. Muchos santos han tenido el mismo estilo: algunos de sus comportamientos, incomprensibles para la lógica humana, fueron el resultado de intuiciones suscitadas por el Espíritu y pretendían provocar a sus contemporáneos y ayudarles a comprender que «mis pensamientos no son vuestros pensamientos», dice Dios a través del profeta Isaías» (55, 8).

Para comprender bien el episodio evangélico de hoy, debemos subrayar un detalle importante. Los cambistas estaban en el patio de los paganos, el lugar accesible a los no judíos. Este mismo patio se había transformado en un mercado. Pero Dios quiere que su templo sea una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7). De ahí la decisión de Jesús de derribar las mesas de cambio de moneda y expulsar a los animales. Esta purificación del santuario era necesaria para que Israel redescubriera su vocación: ser una luz para todos los pueblos, un pequeño pueblo elegido para servir a la salvación que Dios quiere dar a todos. Jesús sabe que esta provocación le costará cara... Y cuando le preguntan: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?» (v. 18), el Señor responde diciendo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (v. 19).

Y este es precisamente el versículo que quiero daros esta noche, equipo pastoral. Se os ha confiado la tarea de ayudar a vuestras comunidades y a los agentes de pastoral a llegar a todos los habitantes de la ciudad, descubriendo nuevos caminos para encontrar a los que están lejos de la fe y de la Iglesia. Pero, al hacer este servicio, lleváis con vosotros esta conciencia, esta confianza: no hay corazón humano en el que Cristo no quiera y no pueda renacer. En nuestras existencias de pecadores a menudo nos distanciamos del Señor y apagamos el Espíritu. Destruimos el templo de Dios que es cada uno de nosotros. Sin embargo, esta no es nunca una situación definitiva: ¡al Señor le bastan tres días reconstruir su templo dentro de nosotros!

Nadie, no importa cuán herido por el mal, es condenado en esta tierra a estar separado para siempre de Dios. De una manera a menudo misteriosa pero real, el Señor abre nuevos destellos en nuestros corazones, deseos de verdad, bondad y belleza, que dan cabida a la evangelización. A veces se puede encontrar desconfianza y hostilidad: no hay que dejarse bloquear, sino mantener la convicción de que Dios tarda tres días en resucitar a su Hijo en el corazón del hombre. Es también la historia de algunos de nosotros: ¡conversiones profundas, fruto de la acción imprevisible de la gracia! Pienso en el Concilio Vaticano II: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (Constitución pastoral Gaudium et spes, 22).

¡Qué el Señor nos dé a experimentar todo esto en nuestra acción evangelizadora! ¡Qué crezcamos en la fe en el misterio pascual y nos asociemos a su “celo” por nuestra casa! ¡Buen camino!

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BENEDICTO XVI – Ángelus del 9 de noviembre de 2008

El templo de ladrillos es símbolo de la Iglesia viva

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia nos invita a celebrar hoy la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, llamada “madre y cabeza de todas las Iglesias de la urbe y del orbe”. En efecto, esta basílica fue la primera en ser construida después del edicto del emperador Constantino, el cual, en el año 313, concedió a los cristianos la libertad de practicar su religión. Ese mismo emperador donó al Papa Melquíades la antigua propiedad de la familia de los Laterani, y allí hizo construir la basílica, el baptisterio y patriarquio, es decir, la residencia del Obispo de Roma, donde habitaron los Papas hasta el período aviñonés. El Papa Silvestre celebró la dedicación de la basílica hacia el año 324, y el templo fue consagrado al Santísimo Salvador; sólo después del siglo VI se le añadieron los nombres de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, de donde deriva su denominación más conocida. Esta fiesta al inicio sólo se celebraba en la ciudad de Roma; después, a partir de 1565, se extendió a todas las Iglesias de rito romano. De este modo, honrando el edificio sagrado, se quiere expresar amor y veneración a la Iglesia romana que, como afirma san Ignacio de Antioquía, “preside en la caridad” a toda la comunión católica (Carta a los Romanos, 1, 1).

En esta solemnidad, la Palabra de Dios recuerda una verdad esencial: el templo de ladrillos es símbolo de la Iglesia viva, la comunidad cristiana, que ya los apóstoles san Pedro y san Pablo, en sus cartas, consideraban como “edificio espiritual”, construido por Dios con las “piedras vivas” que son los cristianos, sobre el único fundamento que es Jesucristo, comparado a su vez con la “piedra angular” (cf. 1Co 3, 9-11. 16-17; 1P 2, 4-8; Ef 2, 20-22). “Hermanos: sois edificio de Dios”, escribe san Pablo, y añade: “El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1Co 3, 9.17). La belleza y la armonía de las iglesias, destinadas a dar gloria a Dios, nos invitan también a nosotros, seres humanos limitados y pecadores, a convertirnos para formar un “cosmos”, una construcción bien ordenada, en estrecha comunión con Jesús, que es el verdadero Santo de los Santos.

Esto sucede de modo culminante en la liturgia eucarística, en la que la ecclesia, es decir, la comunidad de los bautizados se reúne para escuchar la Palabra de Dios y alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En torno a esta doble mesa la Iglesia de piedras vivas se edifica en la verdad y en la caridad, y es plasmada interiormente por el Espíritu Santo, transformándose en lo que recibe, conformándose cada vez más a su Señor Jesucristo. Ella misma, si vive en la unidad sincera y fraterna, se convierte así en sacrificio espiritual agradable a Dios.

Queridos amigos, la fiesta de hoy celebra un misterio siempre actual: Dios quiere edificarse en el mundo un templo espiritual, una comunidad que lo adore en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23-24). Pero esta celebración también nos recuerda la importancia de los edificios materiales, en los que las comunidades se reúnen para alabar al Señor. Por tanto, toda comunidad tiene el deber de conservar con esmero sus edificios sagrados, que constituyen un valioso patrimonio religioso e histórico. Por eso, invoquemos la intercesión de María santísima, para que nos ayude a convertirnos, como ella, en “casa de Dios”, templo vivo de su amor.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO – Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Todos los hombres estamos llamados a entrar en el Reino de Dios

543 Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

«La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega» (LG 5).

544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4, 18; cf. Lc 7, 22). Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).

545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están “fuera” (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).

La Iglesia, sacramento universal de la salvación

774 La palabra griega mysterion ha sido traducida en latín por dos términos: mysterium y sacramentum. En la interpretación posterior, el término sacramentum expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada por el término mysterium. En este sentido, Cristo es Él mismo el Misterio de la salvación: Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus (“No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo”; san Agustín, Epistula 187, 11, 34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también “los santos Misterios”). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene, por tanto, y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico ella es llamada “sacramento”.

775 “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano “(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres “de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es “signo e instrumento” de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.

776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo “como instrumento de redención universal” (LG 9), “sacramento universal de salvación” (LG 48), por medio del cual Cristo “manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” (GS 45, 1). Ella “es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” (Pablo VI, Discurso a los Padres del Sacro Colegio Cardenalicio, 22 junio 1973) que quiere “que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (AG 7; cf. LG 17).

La oración de la dedicación del Templo de Salomón

2580 El Templo de Jerusalén, la casa de oración que David quería construir, será la obra de su hijo, Salomón. La oración de la Dedicación del Templo (cf 1 R 8, 10-61) se apoya en la Promesa de Dios y su Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su Pueblo y el recuerdo de los grandes hechos del Éxodo. El rey eleva entonces las manos al cielo y ruega al Señor por él, por todo el pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus necesidades diarias, para que todas las naciones sepan que Dios es el único Dios y que el corazón del pueblo le pertenece por entero a Él.

Jesús y el Templo

583 Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).

584 Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: ‘El celo por tu Casa me devorará’ (Sal 69, 10)” (Jn 2, 16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21).

585 Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc13, 35). Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40).

586 Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre”(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51;Hb 9, 11; Ap 21, 22).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

¡Esta es la casa de Dios!

Hoy celebramos la fiesta de la dedicación de la iglesia-madre de Roma, la basílica Lateranense, dedicada inicialmente al divino Salvador y, después, a san Juan Bautista. Ésta surge en el siglo IV junto al palacio de Letrán llegado a ser, después de la paz constan­tiniana, la vivienda del Papa. Fue, por lo tanto, la primera catedral de Roma; en ella, tuvieron lugar numerosos e importantes conci­lios Ecuménicos. La dedicación de aquella basílica señaló el paso y la salida de la asamblea cristiana desde el encierro de las cata­cumbas al esplendor de las basílicas romanas.

Nuestra atención no se agota, sin embargo, con el recuerdo de este hecho. En la dedicación de la basílica Lateranense, cada co­munidad local de rito latino, más que para expresar la propia co­munión con la sede de Pedro, recuerda y celebra la dedicación de la propia iglesia, pequeña o grande que sea. Además, se nos ofrece hoy la ocasión para interrogarnos sobre el significado mismo de la iglesia, entendida como edificio sagrado.

¿Qué representa la dedicación de una iglesia y la existencia misma de la iglesia, entendida como lugar de culto, para la liturgia y para la espiritualidad cristiana? Debemos partir desde las pala­bras del Evangelio de hoy:

«Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad».

En tiempo de Cristo era convicción común que Dios había puesto su morada entre nosotros en el templo de Jerusalén («la mo­rada de su gloria») de un modo tan exclusivo que no se podían ofrecer sacrificios y celebrar fiestas fuera de él. De ahí, las peregrinaciones obligatorias durante la Pascua y otras fiestas y las periódicas «subidas al templo» para orar. Jesús, con aquellas pala­bras, quiere romper esta especie de cerco estrecho en tomo a Dios, que terminaba con casi secuestrarlo para el resto del mundo. Salo­món mismo, por lo demás (se escucha hoy en la primera lectura), en el acto de dedicar el primer templo, había declarado:

«¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cie­lo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido!».

Jesús enseña que el templo de Dios es primordialmente el cora­zón del hombre, que ha acogido su palabra. Hablando de sí y del Padre dice: «Vendremos a él, y haremos morada en él» (Juan 14, 23) Y Pablo escribe a los cristianos: «¿No sabéis que sois templo de Dios?» (1 Corintios 3,16).

Templo nuevo de Dios es, por lo tanto, el creyente. Pero, lugar de la presencia de Dios y de Cristo es, asimismo, allí «donde dos o tres se reúnen en su nombre» (Mateo 18,20). El concilio Vatica­no II llega a llamar a la familia cristiana una «iglesia doméstica» (constitución Lumen gentium, 11), esto es, un pequeño templo de Dios, precisamente porque; gracias al sacramento del matrimo­nio, ella es, por excelencia, el lugar en el que «dos o más» se reú­nen en su nombre.

Entonces, ¿por razón de qué, nosotros, los cristianos, damos tanta importancia a la iglesia, si cada uno de nosotros puede adorar al Padre en espíritu y verdad en el propio corazón o en su casa? ¿Por qué esta obligación de acercarse cada domingo a la iglesia? La respuesta es que Jesucristo no nos salva separadamente a los unos de los otros; él ha venido a formarse un pueblo, una comuni­dad de personas, en comunión con él y entre sí. Vale, también, so­bre la presencia de Dios en la tierra aquello que Juan dice de la Je­rusalén celeste:

«Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su mora­da entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Apocalipsis 21, 3).

Esta morada de Dios en medio de su pueblo tiene un exacto nombre: se llama «Iglesia». Es ella el lugar de su presencia en la tierra. Cierto, la Iglesia, entendida así, no se identifica con el lugar o el edificio, aunque fuese la más espléndida catedral gótica o la basílica misma de san Juan de Letrán. Es, ante todo, el pueblo de los redimidos, en tanto en cuanto unido a Dios por la fe y los sacra­mentos. Pero, de esta realidad universal e invisible, el edificio sa­grado es el signo visible. Es el lugar privilegiado de nuestro en­cuentro con Dios, porque es el lugar en donde se realiza y se hace visible la comunidad cristiana. El nombre latino ecclesia (del grie­go ek-kaleo, que significa convocatoria) le viene precisamente de este hecho: de ser el lugar en donde se reúnen en Jesucristo los «llamados» o convocados por Dios, el lugar de la convocatoria y de la asamblea. Pero, es el lugar privilegiado del encuentro con Dios, también y sobre todo, porque es el lugar en donde resonar la palabra de Cristo y en donde se celebra su memorial, que es la Eu­caristía.

San Pedro, en la segunda lectura, nos ha desvelado, además, un profundo significado simbólico de la iglesia, entendida como edi­ficio: ella, con sus piedras puestas una junto a la otra y distribuidas en paredes en tomo al altar, es la imagen poderosa del templo invi­sible, formado por piedras vivas, que son los bautizados, edifica­dos sobre la piedra angular, escogida, preciosa, que es Jesucristo:

«Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hom­bres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Es­píritu, formando un sacerdocio sagrado».

San Agustín ha desarrollado esta metáfora: «Mediante la fe los hombres llegan a ser material disponible para la construcción; me­diante el bautismo y la predicación son como alisados y pulidos; pero, sólo cuando están unidos y juntos por la caridad llegan a ser en verdad la casa de Dios. Si las piedras no se juntan entre sí, si no se amasan, nadie entraría en esta casa» (Sermón 336). La Iglesia debe ser, por lo tanto, el signo del amor mutuo entre los que parten un mismo pan.

Aquí tenemos la ocasión de reflexionar, también, sobre un pro­blema particular, que afecta a nuestras iglesias. Se ha dicho que «la espantosa escasez e indigencia del sentido de lo sagrado es el mar­co profundo del mundo moderno» (Ch. Péguy). Pero, si ha caído el sentido de lo sagrado en el hombre moderno, ha permanecido la nostalgia, porque el hombre no puede pasar sin Dios, tiene necesi­dad de algo «totalmente otro». Ahora bien, un medio y un lugar, en el que debiera ser posible hacer experiencia de lo sagrado, es pre­cisamente la iglesia, entendida como edificio sagrado. En la tradi­ción católica, el texto clásico de la liturgia de la consagración de una iglesia, es la exclamación de Jacob cuando vio en sueños una escalera, que unía el cielo y la tierra, ya los ángeles, que subían y bajaban por ella:

 

«¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!» (Génesis 28,17).

«Temible» no tiene aquí un significado negativo, sino positivo; significa que exige respeto, silencio y veneración. La iglesia es un lugar temible, en el sentido de que es un lugar distinto de todos los demás, puesto, al mismo tiempo, dentro y fuera del mundo. Lo que está dentro de su recinto es sagrado y lo que está fuera es profano, esto es, al pie de la letra, está «fuera del templo». Las iglesias cris­tianas son, es verdad, templo de Dios encarnado, hecho hombre como nosotros; pero, son siempre templo de Dios. Precisamente, es más, porque se trata del templo de Dios hecho carne y que habi­ta realmente en la Eucaristía en medio de nosotros, es un lugar san­to. j Cuántas personas en el pasado han encontrado a Dios, escueta­mente entrando en una iglesia! Una de ellas ha sido el poeta Paul Claudel, que volvió a encontrar la fe, entrando un día en la catedral de Notre Dame de París. «Toda la fe de la Iglesia, dijo más tarde, entró en aquel momento dentro de mí».

Por esto, es necesario preservar o restituirles a nuestras iglesias el clima de silencio, de respeto y de compostura que se conecta con ello. Lo que Jesús decía del templo de Jerusalén vale, todavía, para los templos cristianos: «Mi casa será casa de oración» (Lucas 19, 14). Es necesario estar atentos a no «profanar» la iglesia, a no ha­cerla algo banal. Cada palabra inútil, dicha en alta voz, como si fuese en la plaza pública, especialmente durante las funciones li­túrgicas, es una ofensa a la santidad del lugar, disminuye la capaci­dad que ella tiene para favorecer el encuentro con Dios. Un pro­fundo silencio en el momento de la consagración habla, a veces, más elocuentemente que no todas las palabras.

Hay un bonito salmo, escrito para celebrar la alegría de reen­contrarse en la casa del Señor, como huéspedes en su templo. Con él concluyamos nuestra reflexión de hoy:

«¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!... Di­chosos los que viven en tu casa: alabándote siempre... Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa» (Salmo 84).

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PREGONES – La Compañía de María, Madre de los Sacerdotes

Defender a la Santa Iglesia

«El cuerpo de Cristo crucificado es el Templo de Dios, que ha sido por los hombres profanado, pero que ha sido reconstruido por el mismo Dios resucitado, Hombre y Dios vivo, para dar nueva vida a los hombres, transformándolos en templos vivos de Dios, en donde habita el Espíritu Santo; y en piedras vivas de un solo Templo Santo: la Santa Iglesia, institución divina fundada por Cristo para ser su cuerpo místico, destruido por el pecado de los hombres y reconstruido por el mismo Cristo, para dar vida a los hombres y encenderlos de celo divino, con la llama del fuego del amor del Sagrado Corazón de Jesús, abierto y expuesto en la cruz, porque amó tanto a su Iglesia, que dio la vida por ella.

Enciende tu corazón en el fuego del amor de Cristo, y deja que el celo por la casa de su Padre te devore, para que cuides y protejas el templo, que es tu propio cuerpo, de las tentaciones y las concupiscencias de la carne; y, viviendo en el amor puro y perfecto de Dios, defiendas lo que es suyo, porque todo lo de Dios es tuyo, y lo tuyo es de Dios.

Y con ese celo y con ese amor, defiende a la Santa Iglesia, amándola y respetándola por los que no la aman y no la respetan, adorando el corazón de la Iglesia, que es la sagrada Eucaristía, por los que no la adoran; pidiendo perdón por los que la profanan, encendiendo con la luz de tu fe a las piedras vivas que forman parte del Templo Santo de Dios, que es la Iglesia.

Ten paciencia de los errores de los demás, pero, con la ira santa de Cristo, corrige a los que se equivocan queriendo convertir en un mercado la casa de Dios».

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FLUVIUM (www.fluvium.org)

La Casa de Dios

Narra san Juan un momento de la vida de Cristo que podemos calificar de fuerte. El Señor se impone por la fuerza. Hace uso en esta ocasión de su poderío físico y de un látigo para que se cumpla la Ley de Dios.

 No nos detendremos en disquisiciones sobre el empleo de la violencia en aquella ocasión, o sobre la facultad que tendría el Señor para obrar así. Ya respondió en su momento el propio Cristo a los que se escandalizaron de su actitud y, por otra parte, en este caso como en todos, la disposición nuestra será de aceptación de las palabras y actitudes del Señor, aunque algunas veces no acertemos a comprenderlas.

 Como siempre, intentaremos aprender la lección –esta vez de intransigencia– ante unos abusos que se habían hecho habituales y, tal vez por eso, ya no llamaban la atención: es ciertamente un peligro convivir con conductas desviadas del bien y la verdad. Acostumbrarse a esos modos de hacer resulta fácil, de modo especial si son muchos los que así actúan y lo vienen haciendo de mucho tiempo atrás. Se requiere fortaleza y santa intransigencia para no ser otro cómplice más de la conducta torcida. Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo una cueva de ladrones, protestó Jesús, según recoge san Mateo, al contemplar el lamentable espectáculo del Templo convertido en un mercado.

 También cada uno hemos de permanecer personalmente vigilantes con nosotros mismos y con el ambiente en que vivimos, para que no nos parezcan normales, por frecuentes que sean, modos de pensar y de hacer contrarios al querer de Dios. Nos resultará fácil si nos mantenemos en un clima de oración. Ese trato habitual con el Señor, que invade nuestra vida cuando reservamos momentos de nuestra jornada para rezar, hace que no nos acostumbremos con el ambiente cuando no es conforme con la Ley de Dios. Por el contrario, será nuestra vida en Dios la que acabe por conformar el ambiente y la vida de nuestros semejantes.

 Pero no olvidemos esta llamativa lección del Señor, este modo de reaccionar violento de quien es la misma mansedumbre y humildad: aprended de que soy manso y humilde de corazón, manifestaba en cierta ocasión. Y es que la mansedumbre, la serenidad, la paciencia y la humildad son compatibles con la recia intransigencia frente a lo que se opone al amor de Dios. Así lo comprendieron los Apóstoles, quizá extrañados en un primer momento, al recordar que estaba profetizado de Él un gran amor por las cosas del Templo: El celo de tu casa me consume.

 También nosotros nos comportaremos con la mayor dignidad en la casa de Dios: con naturalidad en los gestos y con toda corrección en nuestras genuflexiones e inclinaciones de cabeza. Así adoramos al Señor en la Eucaristía y saludamos a Cristo, a la Santísima Virgen y a los santos representados en sus imágenes.

 Se tratará también de tener con Nuestro Señor detalles de enamorados, presentándonos en la Casa de Dios con el máximo decoro en lo exterior y en lo interior: con esa elegancia externa que procuramos cuando deseamos agradar a quien nos espera y con esa limpieza interior del alma que hace posible la oración sencilla de hijos con su Padre.

 No queramos vivir atropelladamente las ceremonias litúrgicas, con prisas quizá porque nos ocupan muchos otros quehaceres. En lugar de estar con el tiempo justo, arriesgándonos a llegar tarde, trataremos de anticiparnos un poco, como hacemos en la vida corriente al acudir a los acontecimientos importantes. Podremos así disponernos con recogimiento, en la presencia de Dios, a recibir los dones abundantes que Nuestro Padre distribuye siempre en los encuentros con sus hijos.

 Calladamente, pero con toda su eficacia de Madre, María siempre se encuentra presente en el templo. La Casa de Dios es su propia casa y nos la imaginamos organizando todo, facilitando el encuentro personal de sus hijos con su Hijo. Podemos traerla a nuestra memoria y a nuestro corazón mientras vamos a la iglesia y mientras esperamos que comience la liturgia. Nuestra Madre sabrá disponernos..., y comprenderemos cada vez mejor, que su casa es casa de oración: la Casa de Dios, donde está el mismo Cristo sacramentalmente por nosotros.

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PALABRA Y VIDA (www.palabrayvida.com.ar)

Dedicación de la Basílica de Letrán

Hoy festejamos la fiesta de la dedicación de la iglesia-madre de Roma. La basílica lateranense, dedicada al divino Salvador, surgió en el siglo IV junto al palacio de Letrán, que luego de la paz constantiniana se convirtió en morada del papa. Fue, entonces, la primera catedral de Roma y del papa; allí se desarrollaron numerosos e importantes concilios ecuménicos. La dedicación de esa basílica signó el pasaje y la salida de la asamblea cristiana desde el encierro de las catacumbas al esplendor de las basílicas.

Nuestra atención no se agota con el recuerdo de este hecho; en la dedicación de la basílica lateranense, toda comunidad cristiana de la Iglesia latina recuerda y celebra la dedicación de la propia iglesia, por pequeña o grande que sea. Más aún: hoy tenemos ocasión de interrogarnos sobre el significado mismo de la iglesia-edificio donde nos reunimos todos los domingos; en fin, nos elevamos para considerar “el misterio del templo”.

¿Qué representa para la liturgia y para la espiritualidad cristiana la dedicación de una iglesia y la existencia misma de la iglesia, entendida como lugar de culto?

Debemos partir de aquellas palabras del Evangelio de hoy: Pero la hora se acerca y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Por lo tanto, no los que adoran sólo en esta montaña o en Jerusalén. Los hebreos tenían la convicción de que Dios había fijado su morada en el templo de Jerusalén (“la morada de su gloria”) en forma tan exclusiva que no se podía rezarle o encontrarlo si no se iba a la Ciudad santa. De ahí los peregrinajes obligatorios para Pascua y otras fiestas, y las periódicas “subidas al templo” para rezar.

Con aquellas palabras, Jesús quiso romper esta especie de cerco restringido alrededor de Dios, que terminaba con secuestrarlo con respecto al resto del mundo. Les recordó a sus compatriotas lo que ya sabían y que el mismo Salomón había dicho al dedicar el primer templo: Pero, ¿es posible que Dios habite realmente en la tierra? Si el cielo y lo más alto del cielo no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo he construido! (primera lectura). Además, a sus discípulos les iba enseñando otra cosa: que el templo de Dios es, en primer lugar, el corazón del hombre que ha acogido su palabra: Iremos a él −el Padre y yo− y habitaremos en él (Jn. 14, 23); El Espíritu de la Verdad permanece con ustedes y estará en ustedes (Jn. 14, 17); y por fin, Pablo: ¿No saben que ustedes son templo de Dios? (1 Coro 3, 16).

Por lo tanto, un templo nuevo de Dios es el creyente. Pero lugar para la presencia de Dios y de Cristo es también allí donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre (Mt. 18, 20). El Concilio Vaticano II llega a llamar a la familia cristiana una “iglesia doméstica” (LG, n. 11), es decir, un pequeño templo de Dios, justamente porque, gracias al sacramento del matrimonio, ella es por excelencia el lugar donde “dos o más” están reunidos en su nombre.

Por lo tanto, ¿por qué razón los cristianos le damos tanta importancia a la iglesia, si cada uno de nosotros puede adorar al Padre en espíritu y verdad en el propio corazón o en su casa? ¿Por qué esta obligación de ir a la iglesia todos los domingos?

La respuesta es que Jesucristo no vino a la tierra a realizar muchos pequeños pactos bilaterales entre él y cada individuo en particular; al contrario, vino a formarse un pueblo, una comunidad en comunión recíproca, además de en comunión con él. Es válido también con respecto a la presencia de Dios en la tierra lo que Juan dice de la Jerusalén celestial: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos (Apoc. 21, 3). Esta morada de Dios entre su pueblo tiene un nombre preciso: se llama “la Iglesia”: es ella el lugar de su manifestación y de la presencia en la tierra.

Claro, esta Ecclesia así entendida no se identifica con el lugar o el edificio, aun cuando sea la más espléndida catedral gótica o la misma basílica de san Pedro. Ella es, antes que nada, el pueblo de los redimidos en tanto unido a Dios por la fe y los sacramentos. Pero de esta realidad universal e invisible, el edificio sagrado −este lugar donde ahora nos hallamos reunidos− es un signo visible. Es el lugar privilegiado de nuestro encuentro con Dios porque es el lugar donde se realiza y se hace visible la comunidad cristiana. El nombre de “iglesia” (ek-kaleo en griego significa convoco) le viene precisamente de esto: de ser el lugar donde se reúnen “los llamados” por Dios en Jesucristo, el lugar de la convocatoria y de la asamblea. Pero es el lugar privilegiado del encuentro con Dios también porque es el lugar donde resuena la palabra de Cristo y donde se celebra “su memoria” que es la Eucaristía.

En la segunda lectura, san Pedro nos reveló también un profundo significado simbólico de la iglesia-edificio: con sus piedras puestas una sobre otra y ‘distribuidas en paredes alrededor del altar, es la imagen de otro templo, aquel invisible formado por las piedras vivas que son los bautizados, edificados sobre la piedra angular, elegida, preciosa, que es Jesucristo. En él (es decir, en Jesucristo) −escribe san Pablo− todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu (Ef. 2, 21 sq.).

San Agustín desarrolló esta metáfora: “Mediante la fe los hombres se convierten en material disponible para la construcción; mediante el bautismo y la predicación son como estilizados y desbastados; pero sólo cuando son unidos por la caridad se convierten verdaderamente en casa de Dios. Si las piedras no se unieran entre ellas, si no se amaran, nadie entraría en esta casa” (Ser. 336). Por lo tanto, la iglesia debe ser el signo del amor recíproco de quienes parten un único pan. Para quien todavía no cree, esto debería ser el “llamado” más fuerte para entrar en la iglesia.

No es obligatorio que el lugar sagrado siempre esté concebido como lo está ahora. No era así al principio, cuando como iglesia servía a menudo la casa privada de un cristiano o una pequeña sala de las catacumbas. Las majestuosas catedrales y basílicas, con los campanarios que se proyectan hacia el cielo entre los techos de las ciudades, son imágenes tan familiares para nosotros que no nos damos cuenta de la gran vinculación que tienen con una cierta fase de la vida de la Iglesia y de la cultura, hoy tal vez desaparecida para siempre. Por lo tanto, bienvenidas sean las nuevas iglesias de los suburbios, pequeñas, bajas, a menudo de madera, o incluso los sótanos de grandes barrios populares llenos de gente. Lo importante es que haya una iglesia para todos, un lugar donde cada parte de la Iglesia pueda reencontrarse en la intimidad para expresar la propia fe y la propia alegría, para sentirse ya en la casa del Padre. Volver a encontrare, sobre todo, para rezar, puesto que mi Casa será llamada Casa de oración (Mc. 11, 17).

Hay un hermoso salmo, escrito justamente para celebrar la alegría de volver a encontrarse en la casa del Señor, huésped en su época:

¡Qué amable es tu Morada,

Señor del Universo!...

¡Felices los que habitan en tu Casa

y te alaban sin cesar...!

Vale más un día en tus atrios

que mil en otra parte (Sal. 84).

Ojalá la celebración de hoy vuelva a despertar en nosotros este impulso hacia la casa del Señor y que nos haga entender su profundo significado; hacernos desear estar dentro de ella al finalizar una semana de trabajo pasada en las oficinas o en las escuelas.

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HABLAR CON DIOS (www.hablarcondios.org)

Dedicación de la Basílica de Letrán

– Los templos, símbolo de la presencia de Dios entre los hombres.

I. Los judíos celebraban cada año la fiesta de la Dedicación[2] en recuerdo de la purificación y restablecimiento del culto en el Templo de Jerusalén después de la victoria de Judas Macabeo sobre el rey Antíoco[3]. Durante una semana se celebraba en toda Judea este aniversario. Se llamaba también Fiesta de las luces, porque era costumbre encender lámparas, símbolo de la Ley, y ponerlas en las ventanas de las casas, en número creciente con los días de la fiesta[4]. Esta celebración fue recogida por la Iglesia para conmemorar el aniversario en que los templos fueron convertidos en lugares destinados al culto. De modo particular, “cada año se celebra en el conjunto del rito romano la dedicación de la Basílica de Letrán, la más antigua y la primera en dignidad de las iglesias de occidente”. Además, “en cada diócesis se celebra la dedicación de la catedral, y cada iglesia conmemora el recuerdo de su propia dedicación”[5].

La fiesta que hoy celebramos tiene una especial importancia, pues la Basílica de Letrán fue la primera iglesia bajo la advocación del Salvador, levantada en Roma por el emperador Constantino. Sigue siendo en la actualidad la catedral del Romano Pontífice. La fiesta se celebra en toda la Iglesia como muestra de unidad con el Papa.

El templo siempre fue considerado entre los judíos como lugar de una particular presencia de Yahvé. Ya en el desierto se manifestaba en la Tienda del encuentro: allí hablaba Moisés con el Señor, como se habla con un amigo; la columna de nube −signo de Su presencia− descendía entonces y se detenía a la entrada de la Tienda[6]. Era el ámbito donde estará presente su Nombre, su Ser infinito e inefable, para escuchar y atender a sus fieles. Cuando Salomón hubo construido el Templo de Jerusalén, en la fiesta de su dedicación pronunció estas palabras: ¿En verdad morará Dios sobre la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no son capaces de contenerte; ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado! Pero, con todo, atiende a la plegaria de tu siervo, Yahvé, Dios mío, y oye la oración que hoy hace tu siervo ante Ti. Que estén abiertos tus ojos noche y día sobre este lugar, del que has dicho: “En él estará mi Nombre”; y oye, pues, la oración de tu siervo y la de tu pueblo, Israel; cuando oren en este lugar, óyela Tú también desde el lugar de tu morada de los cielos...[7].

A nuestras iglesias vamos al encuentro con nuestro Dios, que nos espera, con una presencia real, en la Eucaristía custodiada en el Sagrario.

El templo, enseña el Papa Juan Pablo II, “es casa de Dios y casa vuestra. Apreciadlo, pues, como lugar de encuentro con el Padre común”[8]. La iglesia-edificio representa y significa la Iglesia-asamblea, formada por piedras vivas, que son los cristianos, consagrados a Dios por su Bautismo[9]. “El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, es imagen peculiar de la Iglesia, templo de Dios, edificado con piedras vivas; también el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete celeste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacrificio”[10]. Vamos con toda reverencia, pues nada más respetable que la casa del Señor; “¿qué respeto no deben inspirar nuestras iglesias, donde se ofrece el sacrificio del Cielo y de la tierra, la Sangre de un Dios hecho Hombre?”[11]. Vamos también con la confianza de quien sabe bien que encuentra a Jesucristo, su Amigo, que dio la vida por amor a él; allí nos aguarda cada día. Es también la casa común donde encontramos a nuestros hermanos.

– Jesucristo, realmente presente en nuestras iglesias.

II. Las iglesias son el lugar de reunión de los miembros del nuevo Pueblo de Dios, que se congregan para rezar juntos. En ellas encontramos a Jesús, pues donde dos o más se reúnen en su nombre, allí está Él en medio de ellos[12]; allí oímos su voz. Pero, sobre todo, allí encontramos a Jesús, real y sustancialmente presente en la Sagrada Eucaristía. Está presente con su Divinidad y con su Humanidad santísima, con su Cuerpo y con su Alma. Allí nos ve y nos oye, y nos atiende como socorría a aquellos que llegaban, necesitados, de todas las ciudades y aldeas[13]. A Jesús presente en el Sagrario podemos manifestarle nuestros anhelos y preocupaciones, las dificultades, las flaquezas, y los deseos de amarle cada día más. El mundo sería bien distinto si Jesús no se hubiera quedado con nosotros. ¿Cómo no vamos a amar nuestros templos y oratorios, donde Jesús nos espera? ¡Tantas alegrías hemos recibido junto al Sagrario! ¡Tantas penas que nos atormentaban las hemos dejado allí! ¡En tantas ocasiones hemos vuelto al ajetreo de la vida ordinaria fortalecidos y esperanzados! Tampoco podemos olvidar que en el templo se encuentra el altar sobre el que se renueva cada día el Sacrificio de valor infinito que el Señor realizó en el Calvario. Cada día, en estos lugares dedicados al culto y a la oración, nos llegan incontables gracias de la misericordia divina.

Cuando un huésped ilustre se queda en una casa, sería una gran descortesía no atenderlo bien, o hacer caso omiso de él. ¿Somos siempre conscientes de que Jesús es nuestro Huésped aquí en la tierra, de que necesita de nuestras atenciones? Examinemos hoy si al entrar en una iglesia nos dirigimos enseguida a saludar a Jesús en el Sagrario, si nos comportamos siempre como corresponde a un lugar donde Dios habita de una manera particular, si las genuflexiones ante Jesús Sacramentado son un verdadero acto de fe, si nos alegramos siempre que pasamos cerca de un templo, donde Cristo se halla realmente presente. ¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?[14]. Y seguimos nuestros quehaceres con más alegría y con más paz.

– La gracia divina nos hace templos vivos de Dios.

III. En la Nueva Alianza, el verdadero templo ya no está hecho por manos de hombres: es la santa Humanidad de Jesús la que en adelante es el Templo de Dios por excelencia. Él mismo había dicho: Destruid este Templo y en tres días lo levantaré. Y explica el Evangelista: Él hablaba del Templo de su Cuerpo[15]. Y si el Cuerpo físico de Jesús es el nuevo Templo de Dios, también lo es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que el mismo Jesucristo es la piedra angular, sobre la que está cimentada la nueva edificación. “Rechazado, desechado, dejado a un lado, dado por muerto −entonces como ahora−, el Padre lo hizo y lo hace siempre la base sólida e inconmovible de la nueva construcción. Y lo hace tal por su resurrección gloriosa (...).

“El nuevo templo, Cuerpo de Cristo, espiritual, invisible, está construido por todos y cada uno de los bautizados sobre la viva piedra angular, Cristo, en la medida en que a Él se adhieren y en Él crecen hasta la plenitud de Cristo. En este templo y por él, morada de Dios en el Espíritu, Él es glorificado, en virtud del sacerdocio santo que ofrece sacrificios espirituales (1P 2, 5), y su Reino se establece en este mundo”[16]. San Pablo lo recordaba frecuentemente a los primeros cristianos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?[17].

Hemos de considerar frecuentemente que la Santísima Trinidad “por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular”[18]. La meditación de esta realidad maravillosa nos ayuda a ser más conscientes de la transcendencia que tiene vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que hemos de tener al pecado, “que destruye el templo de Dios”, privando al alma de la gracia y de la amistad divinas. Mediante esta inhabitación, podemos gozar de un anticipo de lo que será la visión beatífica en el Cielo, ya que “esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos”[19].

La presencia de Dios en nuestra alma nos invita a procurar un trato más personal y directo con el Señor, al que en todo momento buscamos en el fondo de nuestras almas.

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Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Barcelona, España) (www.evangeli.net)

Destruid este templo y en tres días lo levantaré

Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma.

San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral.

Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio.

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UNA CITA CON DIOS – Pablo Cardona

El respeto por lo que pertenece a Dios

1º. Jesús, cuando entras en el templo te enojas al ver el mercado que se había organizado con los animales que debían sacrificarse según la ley.

Lo que debía ser un lugar de encuentro con Dios, se ha convertido en un negocio económico.

La misma caridad perfecta que ayer te hacía llorar sobre la cuidad de Jerusalén, te mueve hoy a enfadarte santamente con aquellos mercaderes: «derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas»

Jesús, ¡cómo reaccionarían los que estaban en el templo!

Aquellos pobres cambistas estarían aterrados.

Los sacerdotes, escribas y jefes del pueblo no pueden aguantar más y quieren acabar contigo.

¿No hubiera sido más prudente no decir nada y dejar las cosas tal como estaban?

Eso no hubiera sido prudencia, sino cobardía.

Las cosas no se pueden dejar como están, cuando están mal.

Y menos, cuando ofenden seriamente a Dios.

«Mi casa será casa de oración.»

Jesús, con este acto de celo divino me muestras la importancia de tratar santamente las cosas santas.

Debo tratar con respeto todos los templos, pues son un lugar de encuentro con Dios.

En especial, he de tratar con veneración las iglesias católicas, donde Tú mismo estás realmente presente en la Sagrada Eucaristía.

Allí, junto al Sagrario, es el mejor lugar para hacer oración.

«La iglesia, casa de Dios, es el lugar propio de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar privilegiado para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para la verdad de la oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.2691).

2º. Detente a considerar la ira santa del Maestro, cuando ve que, en el Templo de Jerusalén, maltratan las cosas de su Padre.

¡Qué lección, para que nunca te quedes indiferente, ni seas cobarde, cuando no tratan respetuosamente lo que es de Dios! (San Josemaría Escrivá, Forja, n.546).

Jesús, no me puedo quedar indiferente cuando a mi alrededor no tratan respetuosamente lo que es de Dios.

Protestar ante esos abusos no es soberbia o intransigencia, sino caridad, que significa amor delicado a mi Padre Dios y a todo lo que le pertenece.

En especial, no puedo callarme ante faltas de respeto en lo que se refiere al culto de Dios y a la Santa Misa.

Con paciencia, pero también con entereza, he de tratar de que no se convierta en otra cosa lo que es el Santo Sacrifico de la Misa.

Jesús, tampoco me puedo callar ante el abuso de los recursos naturales, pues toda la creación te pertenece.

Es una actitud cristiana −de buen hijo de Dios− defender la naturaleza, sabiendo que la has creado para el uso −pero no el abuso− del hombre.

De manera especial, he de defender los derechos de la persona, elemento central de la creación.

Y el primer derecho de la persona es el derecho a la vida: desde la concepción hasta la muerte.

Por ello, no me puedo callar −si soy cristiano− ante estructuras y sociedades que promueven el aborto o la eutanasia.

Finalmente, Jesús, no me puedo quedar indiferente ante mi propia vida espiritual.

Mi alma en gracia es templo del Espíritu Santo, casa especial de Dios; y no puedo convertirla en «cueva de ladrones».

Ayúdame a tratar con delicadeza al Espíritu Santo, sin permitir que mi alma se enturbie con cualquier pecado aunque sea pequeño.

Y si, a pesar de todo, se me meten en el alma sentimientos y pasiones que no se corresponden con mi condición de templo de Dios, que sepa purificarme con la penitencia, con decisión, como hiciste Tú en la casa de tu Padre.

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EXAMEN DE CONCIENCIA PARA EL SACERDOTE – Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

Cuidar y mantener digno el templo

«Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré».

Eso dijo Jesús.

Y eso hizo Jesús, porque Él siempre cumple sus promesas.

Y tú, sacerdote, ¿cumples tus promesas?

¿Haces lo que dices, por más difícil que parezca?

¿Crees en la Palabra de tu Señor, y en que se cumplirá hasta la última letra?

¿Permites que esa Palabra se cumpla en ti?

¿Eres dócil a las mociones del Espíritu, y lo dejas obrar en ti, y a través de ti?

¿Mantienes tu morada digna y dispuesta para que Dios viva en ti?

¿Cuidas y proteges esa morada con tu vida, y la defiendes hasta de ti mismo, de tus miserias, y de la debilidad de tu carne, porque el celo de la casa de tu Padre te devora?

Tú eres un templo de Dios, sacerdote. No eres tú, sino es Cristo quien vive en ti. Por tanto, reconoce tu riqueza, sacerdote, en medio de tu miseria, y pídele a Dios la gracia de agradecer este don inmerecido y la misericordia que ha tenido contigo por haberte elegido para llevar un tesoro en una vasija de barro.

Tu Señor, siendo Dios, se hizo hombre, y ha padecido y ha muerto por ti, sacerdote, y ha resucitado al tercer día para darte vida, para que vivas en Él como Él vive en ti, para que creas en Él y en su Palabra, para que, haciendo lo que Él dice, hagas sus obras y aun mayores.

Tu Señor ha hecho nuevas todas las cosas, sacerdote. Su sacrificio es único y eterno, y renueva y reconstruye constantemente el templo que tú destruyes con tu pecado, cuando te acercas a Él con el corazón contrito y humillado, y pidiendo perdón vuelves a la reconciliación con aquel que tanto te ha amado que no se ha ido, sino que se ha quedado a vivir en ti, contigo, a pesar de haberlo crucificado, de haberlo abandonado, porque caíste cuando fuiste tentado.

Tú eres el templo de Dios, sacerdote, y Dios no se muda, nunca abandona, no te deja solo, es paciente y todo te perdona.

Tu Señor ha renunciado a todo por ti, ha dejado la gloria que tenía con su Padre antes de que el mundo existiera, para vivir en ti, para hacer de ti su morada, un templo vivo en el que habita su Santo Espíritu, que te une a Él, y es a Él a quien perteneces.

Cuida, respeta, protege, defiende y custodia tu cuerpo, sacerdote, con el celo apostólico de quien cuida lo sagrado para que no sea profanado, porque tú, sacerdote, ya no te perteneces, tu cuerpo es el cuerpo de Cristo, y el que lo ofende es a Él a quien ofende; el que lo maltrata, es a Él a quien maltrata; el que lo pone en ocasión de pecado y comete pecado, es a Él a quien crucifica. Pero quien mantiene digno el templo, lo santifica, y quien en él construye las obras de Dios, lo glorifica.

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[1] Esta Basílica es uno de los primeros templos que los cristianos pudieron erigir después de la época de las persecuciones. Fue consagrada por el Papa Silvestre el 9 de noviembre del año 324. Esta fiesta, que al principio sólo se celebraba en Roma, pasó a ser fiesta universal en el rito romano, en honor de esta iglesia, llamada “Madre y Cabeza de todas las iglesias de Roma y de todo el mundo (Urbis et orbis)”, como signo de amor y de unidad para con la Cátedra de San Pedro. La historia de esta Basílica evoca la llegada a la fe de millares y millares de personas que allí recibieron el Bautismo.

[2] Jn 10, 22.

[3] Cfr. 1M 4, 36-59; 2M 1, 1 ss.; 2M 10, 1-8.

[4] Cfr. 2M 1, 18.

[5] A. G. MARTIMORT, La Iglesia en oración, Herder, 3ª ed., Madrid 1987, pp. 991-992.

[6] Ex 33, 7-11.

[7] 1R8, 27-30.

[8] SAN JUAN PABLO II, Homilía en Orcasitas (Madrid), 3-XI-1982.

[9] Cfr. Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, Presentación, 26-X-1978.

[10] Cfr. Decreto 29-V-1977, en el que se publica el Ritual citado.

[11] ANONIMO, La Santa Misa, Rialp, Madrid 1975, p. 133.

[12] Mt 18, 20.

[13] Cfr. Mc 6, 32.

[14] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 270.

[15] Jn 2, 20-21.

[16] SAN JUAN PABLO II, loc. cit.

[17] 1Co 3, 16.

[18] LEON XIII, Enc. Divinum illud munus, 9-V -1897, 10.

[19] Ibidem, 11.