Mc 3, 13-19 - Llamados al apostolado
Mc 3, 13-19 - Llamados al apostolado
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LLAMADOS AL APOSTOLADO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Para reflexionar en el silencio interior

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles» (Lc 6, 12-13)

Madre nuestra: cuando meditamos en los textos del Evangelio que hablan de la llamada que hace Jesús es normal pensar en aquellas personas que reciben una especial vocación de entrega a Dios, ya sea en el sacerdocio o en la vida religiosa.

Sin embargo, la Iglesia nos enseña que el sacramento del Bautismo hace a todos los que lo reciben participar en el sacerdocio común de los fieles, además de que, por su nuevo nacimiento como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.

Qué importante es estar bien preparados para poder cumplir con esa misión, porque nadie da lo que no tiene. Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios antes de elegir a sus apóstoles. Me queda claro que primero es la oración y después la acción.

¿Qué debemos hacer, Madre, para cumplir con plenitud esa llamada que hemos recibido, como bautizados, para hacer apostolado en el medio en que vivimos?

 

 

Hijo mío: tú eres un elegido de Dios.

Todos los miembros de la Santa Iglesia deben considerarse elegidos de Dios, porque han sido llamados por Él para ser verdaderos hijos.

A cada uno le da una particular vocación y misión, para que se santifique y trascienda del mundo terrenal a la vida eterna, y así lo glorifiquen.

Debes saber, hijo mío, que el Señor no elige al azar. Él ora en sí mismo, y en su infinita sabiduría, elige lo mejor.

Debes de sentirte agradecido, orgulloso de ti mismo, por ser un hijo de Dios.

¡Tienes al todopoderoso como Padre! ¿Podrías acaso tener algo mejor?

No hay nadie más grande, más santo, más poderoso, más bondadoso que Dios en su Santísima Trinidad, a la que, por Cristo, unido estás.

Esfuérzate por ser un buen discípulo, para que llegues a ser un gran apóstol de Cristo.

Domina al mundo. El Señor te ha dado dominio sobre el mundo, sobre tierras, mares, plantas y animales, pero siempre respetando a tu prójimo, quien tiene los mismos derechos sobre el mundo que tú.

Cuida los bienes que el Señor te ha dado. No destruyas lo que para ti ha creado. Transforma un bien en otro bien, porque para eso te los ha dado.

Obra la caridad con tus hermanos, especialmente los más necesitados.

Ora y pide luz al Espíritu Santo para saber diferenciar el bien del mal, hacer siempre el bien y rechazar el mal.

Entrega tu vida al apostolado, ofreciendo con tu trabajo y tu vida ordinaria todo aquello que posees, en favor del bien que, a través de tu apostolado, has sido enviado a hacer.

Recuerda que no tienes dos ni tres vidas, tienes una sola vida. Debes vivir, en unidad de vida, de modo extraordinario, tu trabajo, tu oración, tu apostolado, tu vida ordinaria, dando buen ejemplo a otras almas, para que encuentren el camino a la libertad, que es vivir en la verdad.

El Señor eligió doce apóstoles. Tú sigue a Pedro, obedece al Papa y haz lo que él te diga, porque tu elección viene de esa línea.

Si sigues sus enseñanzas y su doctrina, jamás te perderás, al cielo llegarás, apóstol de Pedro serás.

Y si a Pedro, el Señor, que en este mundo lo conoció, y personalmente lo enseñó, lo perdonó cuando se equivocó, ¡cuánto más no hará contigo, teniendo al gran Pedro como intercesor!

Valora, respeta y ora por todos los sacerdotes. Permanece cerca de ellos. Te conviene, porque configurados con Cristo están, y una fuerza sanadora sale de ellos para beneficio de tu alma.

Y si quieres saber cuál es para mí el más dulce apostolado, te diré: permanece junto a mí, acompáñame al pie de la cruz, orando y llevando misericordia a los apóstoles de Cristo, mis amados hijos predilectos sacerdotes.

Te aseguro que será de gran provecho para tu alma.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 38)