ALIMENTARSE DE DIOS
EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN
Para reflexionar en el sillencio interior
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos» (Mc 8, 2-3).
Madre nuestra: esta escena del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces nos deja muchas lecciones. Quizá la primera es la que se desprende de las palabras de Jesús cuando comienza el relato. Él dice: “me da lástima esta gente”, “siento compasión”. Son palabras de un Corazón enamorado de la humanidad, que no solo lo llevan a utilizar su poder divino para proporcionar el alimento para el cuerpo, sino que explican la razón de ser de su Encarnación: alimentarnos de Dios, conseguir para todos el alimento del alma, que tanto necesitamos.
El Hijo de Dios, conociendo nuestra debilidad, vino a la tierra para dejarnos todo lo que necesitábamos para irnos al cielo. Él es el camino, la verdad y la vida. Es el Maestro, que nos deja enseñanzas con su ejemplo y con su doctrina, que es la verdad de Dios. Nos dejó el alimento de su Palabra y de la Sagrada Eucaristía, para que nuestra alma se mantenga fuerte, y pueda también desbordarse de amor por los demás.
Enséñanos, Madre, a aprender y practicar con generosidad las lecciones que nos da Jesús.
Hijo mío: el Señor es compasivo y misericordioso, Dios todopoderoso, Padre amoroso, que ha enviado a su Hijo Jesucristo, su primogénito, a salvar a su pueblo. El pueblo de Dios es la humanidad entera.
El Hijo obediente, dejando la gloria que tenía con su Padre antes de que el mundo existiera, vino al mundo. Y, haciéndose hombre, sin dejar de ser Dios, viviendo en medio del mundo entre pecadores, sintió compasión.
Conoció las debilidades y miserias de la humanidad, de la que su Corazón se enamoró, y tanto los amó, que su vida entregó para derramar, a través de su sangre en la cruz, su misericordia.
Es bueno que conozcas a Jesús. Él te invita a entrar en su Corazón para que descubras por ti mismo, en una experiencia de encuentro con el amor, la verdad que se reveló a la humanidad.
No conocerás a un hombre más bueno que Él jamás.
No hay sabiduría más grande que la suya.
No ha habido ni habrá jamás un hombre tan recto y puro, santo desde siempre y para siempre.
Sus ojos expresan confianza, seguridad, paz, verdadera amistad, protección, firmeza y poder.
Su fuerte voz te alimenta con su Palabra, que es Él mismo, que es Palabra de Dios, que es como una espada de dos filos que penetra en tu corazón.
Él es dulzura y bondad. Quien lo conoce lo ama, lo sigue; a renunciar a todo, hasta a sí mismo, se decide, porque su fuerza lo atrae y es irresistible, porque todos hemos sido creados para Dios.
Él es uno con su Padre, y los hace verdaderos hijos. Su divina providencia está sobre todo aquel que se acerca a Él y escucha su Palabra.
Quien lo conoce de verdad, nada teme, porque confía en aquel que ha sido capaz de dar su vida por Él. No hay amor más grande.
Acércate a Él, confíale tu vida. No tienes nada que perder. Todo es una ganancia para el que está con Él. Él saciará tu hambre, te alimentará con su propio Cuerpo y su propia Sangre. No permitirá que desfallezcas. Comerás hasta quedar satisfecho, porque participarás de su banquete eterno.
Él ha venido a llenar de amor y de la misericordia de Dios a su pueblo. Confía en Él. No solo ha alimentado a multitudes, multiplicando el alimento, sino que han sobrado siete canastos, porque pensó también en ti en ese momento.
Acércate a Él. Aliméntate de su Palabra y de la Eucaristía. Él es el pan vivo bajado del cielo, tu padre, tu hermano, tu amigo, tu alimento, para que tengas vida eterna.
Y si no encontraras el camino para acercarte a Él, ven conmigo, toma mi mano, te llevaré hasta Él. Te acompañaré, me quedaré contigo, y tú con Él.
¡Muéstrate Madre, María!
(En el Monte Alto de la Oración, n. 59)
