Mc 10, 28-31 - DESPOJARSE DE TODO
Mc 10, 28-31 - DESPOJARSE DE TODO
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DESPOJARSE DE TODO

EN EL MONTE ALTO DE LA ORACIÓN

Reflexión desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”» (Mc 10, 28-30).

Madre nuestra: Pedro le dice esas palabras a Jesús después de haber contemplado la escena de aquel joven rico, que busca el consejo del Señor para saber cómo alcanzar la vida eterna, pero que se marcha triste cuando se entera que, para ser perfecto, para ser santo, para irse al cielo, debe despojarse de todas sus riquezas y seguir a Jesús.

Debería más bien de haberse llenado de una inmensa alegría, porque Jesús lo estaba llamando para ser apóstol, para ganarse el cielo sirviendo a Dios a su lado. Pero el cargo de conciencia que le dio al negarse a desprenderse de aquellas cosas que le daban una felicidad pasajera, lo puso triste, porque lo que él quería era la felicidad eterna y no estaba dispuesto a cumplir con la condición señalada por el Maestro.

No tomaba en cuenta que también iba a tener mucha felicidad ya en la tierra, no solo por la dicha del amor de predilección que supone la llamada al servicio de Dios, sino por tener el corazón libre, desasido de las cosas de la tierra, que le permite tenerlo fuertemente abrazado a las que duran para siempre.

Sabemos, Madre, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, una de las heridas del pecado original, que heredamos todos -excepto tú-, es la inclinación al mal, la concupiscencia, que nos lleva a estar apegados desordenadamente a personas u objetos que nos alejan del amor de Dios.

¿Qué debemos hacer, Madre, para poder despojarnos de todo aquello que nos tiene atados, de esas cosas que nos alejan del Corazón de Dios.

Hijo mío: ¡qué difícil es para los ricos entrar en el Reino de Dios!

¡Qué difícil es desprenderse de sus posesiones, dejarlo todo, para entregar la vida a Dios!

Ven conmigo, hijo mío, a meditar estas cosas en tu corazón, subiendo al Monte Alto de la oración.

Ten la humildad de reconocer que tú eres uno de esos ricos de los que habla el Evangelio.

La riqueza de la que deben despojarse no es solo dinero, joyas, tierras, posesiones materiales, sino también se refiere a aquellas riquezas que el mundo les da, las falsas seguridades, los apegos, los amores desordenados, los vicios, las cosas a las que cada uno les da un alto valor.

Las cosas que cada uno estima y que, aunque para otros no valgan nada, puedan causarle un apego tan grande, que estén dispuestos a protegerlo incluso con su vida, y que, en riesgo de perderlo, despiertan malos sentimientos, rencor, egoísmo, ira, y los lleve a cometer faltas de caridad, y hasta los más graves pecados, arriesgando su alma, vulnerable a la tentación del pecado mortal.

Revisa en tu interior y descubre cuáles son esas cosas a las que tú les das tan grande valor, que pudieran alejarte, por temor a perderlas, del Corazón de Dios.

Decídete y despójate de todo apego a objetos y personas a quienes hayas puesto por encima del amor a Dios.

Cumple el primer mandamiento de la ley de Dios para que puedas cumplir los demás y ser digno de entrar al Reino de Dios.

Ama a Dios por sobre todas las cosas, incluso sobre ti mismo.

Ama al prójimo como a ti mismo, pero ama por sobre tu prójimo a Dios y cumple su voluntad.

Obedece a Dios antes que a los hombres y encontrarás la riqueza de la verdad, que es la libertad.

Pídele al Señor que te ayude a romper todas esas cadenas con las que has permitido ser atado al mundo.

Libérate de la opresión de los juicios de los demás, de las reglas de la sociedad, y de todo aquello que te ensalza, y te glorifica, y te exige ponerte en primer lugar, olvidándote de dar prioridad a aquel que te creó, que te amó primero, que te llamó y que dio la vida por ti, haciéndose camino para que lo sigas, y vayas por camino seguro de mi mano, y salgas de tu oscuridad, y vayas a su admirable luz.

Es imposible, para un hombre atado por sus apegos al mundo, alcanzar la salvación. Pero ten paz en tu corazón, déjate llenar del amor de Dios y pide su ayuda, para que hagas su voluntad.

El Señor, que conoce las intenciones de tu corazón, te salvará, porque no hay nada imposible para Dios. Para los hombres muchas cosas no son posibles, pero, para Dios, todo es posible.

Aquí estoy yo, que soy tu Madre, para ayudarte a despojarte de ti mismo y entregarte en los brazos del Hijo de Dios, que, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecerte con su pobreza, llenándote y desbordándote de LA ABUNDANCIA DE SU MISERICORDIA.

¡Muéstrate Madre, María!

(En el Monte Alto de la Oración, n. 191)